jueves, 28 de julio de 2011

capitulo cuarenta y cuatro

Sucede que la chica que acabamos de conocer, dió sus primeros pasos en la provincia de Limón, en la costa atlántica, y más precisamente en el mercado central de Limón, entre los cajones de fruta y los zopilotes que por allí pululan. Los buitres entonces, vemos, la acechan desde su niñez, pero definitivamente, aquellos pájaros de su infancia, tan domésticos ellos, como las palomas que ves en cualquier plaza aunque del tamaño de un perro de mediano a grande, eran mucho más simpaticos y atractivos, infinitamente más, que los buitres con los que tubo que lidiar de grande, pesados como usted o yó, digamos.
Winona se crió entonces allí en el mercado, lugar pintoresco si los hay, pues su abuelita tenía un puesto de patis, pan boom y plantintá, exquisitas y tipicas comidas de aquella zona. (Llegado este punto, es preciso alclarar que el pati limonense es muy superior, y nada tiene que ver, con el paty argentino).
Paso a relatar ahora, una brebe historia de la provincia de limón, fiel reflejo de nuestra América mestiza y multicolor: trabajadores jamaiquinos fueron traídos para trabajar en la contrucción del camino del ferrocarril, ferrocarril que comunicaría este importante y empobrecido puerto con la rica capital, pero he aquí, que cuando llegaron a la mitad del camino, más o menos a la altura de Siquirres, se decidió dejar el trabajo en manos de orientales, que fueron traídos también para tal fin, ya que los gobernantes y la sociedad pujante de aquella época no querían a los negros en San José.
No fué sino hasta que un querido y por siempre recordado por los más humildes, presidente progresista, que también concedió el voto a las mujeres, no recuerdo con exatitud cuando, pero puede que principios de los años 50 (la historia no es mi fuerte), que finalmente pudieron hacer lo que se les daba la gana, ir y venir por doquier como cualquier mortal. O sea que los beneficios de que ahora gozaba nuestra protagonista, como mujer y afro descendiente, el natural derecho a estudiar y abrirse camino, etc...se los debía en gran medida a aquel ex presidente ya muerto, uno de los últimos caudillos latinoamericanos a la vieja usanza.
Aquella niña entonces, sumó a su natural piel de ébano, el color que le dieron las tardes de sol en Playa Portete, y la mezcla fue letal, podría haber sido miss Costa Rica y miss mundo si la hubiesen criado para tontuela, pero no.
Porque sumada también a su natural perspicacia, una dieta rica en hierro y fósforo (arroz, frijoles, pescado fresco y plátano, giuneos, guanabanas de tres quilos que se comía sola, en fin, etc...bla, bla, bla...), toda aquella mezcla hizo de aquel retoñito, la bomba de tiempo nuclear, lista a detonarse en cualquier momento, en que se convirtió.
Completando un poco el panorama que devemos tener para hacernos una idea de la provincia de Limón, observamos que además de su mayoría afro descendiente, hay también un porcentaje de población blanca, mestiza, algunos emigrantes de países limítrofes, sobre todo de Nicaragua, y también yankis y europeos que se enamoran del paisaje y su gente y se instalan aquí, luego de haber venido a conocer como turistas y no poder soportar la idea de tener que volver a sus miserabler rutinas, habiendo conocido el paraíso en la tierra. Además hay una pequeña y pujante comunidad china, y creanlo o no, bastantes argentinos, que remedio. Todos conviven en una relativa armonia, con excepción del narcotráfico que siempre jode (miren quien habla) y los políticos y policías corruptos que nunca faltan.
El abuelo de Winona es un viejo pescador alemán, marino en su juventud, que se quedó a vivir en Limón cuando se enamoró de su abuelita, que romantico.
El viejo incentivó la imaginación de aquella criatura, a la que llenó la cabeza con relatos de intrépidas aventuras en las que no faltaban pulpos gigantes, ballenas blancas, y sirenas de cantos hipnóticos, pero en los que, de cualquier manera, el bien y la justicia siempre triunfaban, lo cual la convirtió en una luchadora idealista.
La madre de Winona se fué un día a probar suerte como cantante a la ciudad de New York, y cuentan las malas lenguas, que terminó vendiendo sus encantos al mejor postor y murió víctima del crack, el frío y la soledad, pero otros dicen que se casó con un acaudalado texano y se hizo la cirujía para no ser reconocida por nadie, lo cierto es que nunca, pero nunca más, se tuvieron noticias ciertas de su destino... algunos dicen que era tan hermosa como la niña, otros dicen que tal vez un poquitín menos, lo cual es más que probable.
Su padre puede ser cualquiera. De hecho, cuando se empezó a convertir en una terrible hembra, aparecieron varios postulantes, algunos a padre y otros a novio, todos querían revolotearle de cerca, pero todos fueron repelidos por los viejitos, que la cuidaron como lo que era, un tesoro de incalculable valor, que tierno.
De todas maneras, como siempre pasa, al cumplir los quince se escapó un poquito y provó el sexo y la mota en playa Cahuita, ¿adivinen con quien?, si! con uno al que apodaban el monstruo, y que decía ser poéta, tenía delirios mesianicos y mucho rock en la sangre. Pero no mucho más que eso.
Al cumplir la chica los dieciseis, su tía que había amasado una pequeña fortuna en la capital, ya que tenía una peluquería de barrio y un marido taxísta, la mandó llamar para quie termine el secundario y estudie lo que quiera. Lo demás ya lo sabemos.
¡Hey!, se me olvida mencionar que recién llegada a San José, dentro del circulo de amiguitas que tenía, había dos niñas que luego serían víctimas en la masacre de Alajuelita, y eso caló muy hondo en su conciencia y su pequeño y justiciero corazoncito.
La historia de César es harto diferente, ya que este se crió en las aristocráticas calles del barrio de La Recoleta en la ciudad de Buenos Aires, estudió en las mejores instituciones ingés y francés, aprendió a esquiar en los inviernos en Bariloche, hizo rudby y natación, y estaba todo preparado para que su mamá y papá, festejaran por haber traído al mundo un energúmeno más, que se encargara de administrar los negocios de la familia y de explotar a sus empleados...pero les salió el tiro popr la culata, pues el pive creció demasiado, hasta parecer un gigante y poder desafiar a papá. Fué así que escuchó esa horripilante música de negros, el jazz, y miró películas hasta quedar catatónico, y en ese lamentable estado, escuchó que un día alguien le habló de un paisito en centroamérica, la Suiza centroamericana, el país de las ranas, y hacia allá hizó sus banderas, cargando el bajo Fender y la tabla de surf.
Volvería muchos años después, con hijos mulatitos y una mujer negra, pero esa es otra historia, pues les aviso anticipadamente que nadie comerá perdices en mi novela.
Después de hacer el amor, los domingos por la mañana desayunan juntos y hablan de sus respectivos trabajos, se apoyan mutuamente en sus proyectos. Podríamos decir, lector, que son un ejemplo de amor y convivencia, en un mundo y una novela ultra violentos y sin paz.
No faltará el aguafiestas, que quiera ver en esto algún tipo de corrección política de parte del autor, ya saben, una pareja multiétnica que se ama, convive en perfecta armonía como en la canción, etc..., además de un personaje femenino fuerte y valiente, bla, bla, bla. Puede ser que así sea, que haya una búsqueda de correción, pero trayendola al conciente, pretendo desarticular cualquier crítica, que tanto joder, en definitiva digo lo que se me canta.
Más tarde César se va a correr y hacer pesas, luego tocará el bajo y escuchará como un poseso a Marcus Miller, queriendo tocar como él alguna vez en su vida, pero sabiendo que es prácticamente imposible. Aún es domingo.
Winona entonces vuelve a su investigación, que solo puede encarar en sus tiempos libres pues nadie le paga por eso.
La apasionan las posibilidades que puede darle su actual trabajo como investigadora judicial, pero no sin un pequeño desencanto, que no llega a ser total puesto que algo ya intuía, se percata de que varios de sus superiores la ningunean, le ocultan la verdadera información. Ella está pasando por el típico colador, la máquina de picar carne fresca, en la que debe adaptarse a como son las cosas en la vida real, mucha corrupción y poca justicia.
En su escritorio acumula varias carpetas que poseen, la no poca pero ambigua información, que ha bajado de internet, y algunas cosas que logró sustraer de los archivos en las oficinas del O.I.J.
Algunos profesores y amigos de confianza, le han recomendado no meterse en esa camisa de once varas que es la masacre de Alajuelita, pero que remedio, ¿sobre que si no va a escribir su tésis?
Ahora ella, aprovechando que no está su novio, fuma un Delta y se agarra la cabeza, pensando en como atar los cabos sueltos.

martes, 26 de julio de 2011

capitulo cuarenta y tres

Es una mujer, tiene entre 30 y 35 años, y la lente de mi imaginación hace un zoom lento pero seguro, cuando la ve venir caminando con un maletín de cuero negro en la mano izquierda por el Parque Nacional, frente a la biblioteca, una cuadra antes de lo que alguna vez, hace ya demasiado tiempo, o tal vez no tanto, fue la fábrica nacional de licores.
Es una chica decidida y camina con paso firme, es muy atractiva, tal vez demasiado, o sea que provoca los bocinazos de los conductores, tal vez una frenada abrupta, por que no un pequeño choque, los tipos le dicen cosas al pasar, a veces hermosas y tiernas, a veces no tanto. Ella hace caso omiso, los ticos son demasiado babosos. Es negra, alta, tal vez un metro ochenta y dos, delgada pero macisa, muy elegante al estilo ejecutivo, medias negras, tacos, en fin, etc. Es de apellido Dixon, o Campbell, o alguno por el estilo (es ficción), se llama Winona, empezemos de nuevo.
Una tarde de finales de verano, como cualquiera de esas hermosas tardes de finales de verano en San José (aqui debo informar al lector, que en Costa Rica verano e invierno se definen, no por calor y frío, sino por temporada seca y lluviosa, respectivamente) Winona Campbell (o Dixon, o como sea) camina con paso firme por el Parque Nacional rumbo a la biblioteca. Está exultante, a punto de rendir su tesis de criminología en la universidad, y hace poco entró a trabajar en el organismo de investigación judicial, el O.I.J.
Después de sacar unos libros de la biblioteca, al pasar por el paredón del Museo de Arte Costarricense, recuerda su niñez y el olor a guaro dulce que se desprendía de lo que antes era la fábrica de licores. Al llegar al puente, delibera por un instante si cruzarlo y dar la vuelta en la esquina, o bajar por las escaleras, se inclina por lo último, dirigiendose a la avenida central, y una vez allí, da vuelta hacia la derecha y se encamina al bar Chelles, donde se sienta frente a la ventana abierta que mira a la avenida y pide una birra, helada en lo posible, y por favor que sea una Bavaria. Y prende un cigarrillo Delta, o Ticos, jamás un Rex. Recién entonces saca unos papeles del maletín y se dispone a revisarlos.
Son unas fotocopias de periódicos de hace veinticinco años atrás, y algunas páginas que bajó de internet, y que se refieren a la masacre de Alajuelita. Ella se pasó ocho años de su vida quemándose las pestañas en la universidad, casi exclusivamente para investigar este crimen, ya veremos porqué.
Luego del tercer cigarrillo y la segunda birra pide la cuenta, toma el celular del maletín y llama a su novio, César, un argentino que trabaja cerca de allí en una agencia de viajes, más precisamente a dos cuadras del Chelles, como quien va para el centro comercial Ovni, si acaso todavía exíste...
-¡¡idiay papitoo, ¿que hubo?, lo estoy esperando aquí solita!!
-hola mi amor, perdón mucho trabajo, pero yá terminé, en 15 minutos estoy allá.
-okey, pero zóquele, apúrese, que este lugar se está llenando de zopilotes (buitres).
Efectivamente, un par de mesas se han ido llenando, y todas con hombres, turístas y marines yankis, o locales, pero de cualquier manera todos clavan las miradas en ella, como lo haríamos ustedes o yo si estuviesemos allí, para que mentirnos.
Winona pide un café negro pequeño para minimizar el efécto de la birra y el aliento a tabaco, ya que Cesar es deportísta y no le gusta que ella beba o fume, pero que remedio, con semejante hembra tiene que hacer algunas concesiones, de todas maneras ella pide el café.
Cesar además toca el bajo en un cuarteto de free jazz. Eso por ahora.
Viene Cesar, mide dos metros y tiene más físico que cualquiera de los turistas o marines que están en el Chelles, ojos color miel, es rubio y se le nota solamente por las cejas ya que está rapado, parece un skin head pero no lo es, nada más lejano, cualquiera se lo pensaría un poco antes de contradecirlo, aunque fuese un rudo marine acostumbrado a torturar en la guerra, sobre todo por el tamaño de sus manos y por su mirada, la tiene de asesino serial cuando no la está mirando a ella, y aveces cuando la mira a ella también, pero ella sabe que es tierno y dulce como un osito de peluche, los demás no lo saben.
Se dan un romántico y apasionado beso, el pide un licuado de mango en leche, lo bebe con fruición y disfrutándolo mucho, es de esa clase de persona que disfruta mucho cada cosa, es mi alter ego, uno de tantos que tengo.
Luego ella paga el licuado y salen de la mano, el no ha cobrado aún el sueldo y ayer pagó el alquiler. Los del Chelles se babean mirando ese culo moreno (como sin dudarlo un segundo, haríamos ustedes o yo de estar ahí) bambolearse a diestra y siniestra de manera salvaje, se imaginan cosas, Cesar se da vuelta amenazante, todos disimulan, algunos inclusive silvando una estúpida tonada, en fin, una hermosa postal josefina.
Más tarde van al cine, una de pedrito Almodovar, al salir toman otros dos refrescos, esta vez de cas, esta vez en Manolo´s, y se van caminando hasta el departamento que alquilan a unas pocas cuadras de allí, donde al llegar, se desnudan y hacen el amor como los dioses por dos horas, con algunos recesos, pero aquí no entraremos en detalles. Luego se duermen hasta el otro día, así todos los días, viven el paraíso en la tierra, aunque lamento informarles que no por demasiado tiempo...