domingo, 25 de julio de 2010

segunda parte - escuela de control mental - capítulo veinticinco

¿Y que hacía yo, un natural de San José de Costa Rica, un tico fana del Saprisa, el equipo de fútbol de mi niñez, que hacía en el barrio de La boca, en la calle Corrientes, en Palermo, en aquel remoto, exótico y estrafalario país, la república Argentina?
Pretendía aprender a escribir bien.
¿Y por que allí y no en otro sitio? Porque según las palábras del santo patrono de los escritores, el señor Roberto Bolaño, el escritor al que todos trataremos de copiar en vano en el próximo medio siglo, según sus palábras entonces, Argentina es el país donde hasta los malos escritores escriben bien.
Un piropo tal vez desmedido.
La obsesión de escribir bien es peór que la enfermedad de la lectura.
Por eso es mejor leer, o vivir, o hacer cualquier cosa que no te coma el higado, como le pasó a Bolaño.
Conocí a Keller Zorbich en San José allá por el año 1986, ni siquiera después en argentina, vería un porteño más porteño que ese, que había nacido en Alemania. Toda la pedantería, grandilocuencia y exeso de un perfecto hijo de puta, uno que se las sabe todas, lo cierto es que se instaló en el mítico barrio de Aranjuez, punto neurálgico de la bohemia josefina, y como obiarlo, polo espiritual y místico donde se nuclean las corrientes de la nueva era, los hare Krishna, la sociedad teosófica, y por donde deambulan los dementes con delirio mesiánico.
Ves por allí ese tipo de gente, sobre todo en las noches encendidas de la ciudad, llendo de Aranjuez y Barrio Amón hacia la zona de la universidad en San Pedro y visebersa, buscando drogas, putas y bares abiertos, cuando ya están todos cerrados.
El sujeto en cuestión, había captado la atención de de un grupo de personas, ni reducido ni demasiado amplio, mayormente damiselas y señoras de la sociedad, aburridas sin remedio en busca de emociones.
También logró captar la mía, y así lo escuché pregonar hacerca de su escuela, sita en los bajos de la galería de Jacobo Carpio en la calle en desnivel que corre por debajo de la avenida Nuñez en esa cuadra, que va después del parque nacional. Una calle que no tiene nada que envidiarle a las ciudades más hermosas, como toda mi ciudad.
El lugar se llenó de aprendices de Gurúes, de yupis aburridos tratando de aumentar su magnetismo personal, de tipos peligrosos.
Pronto el maéstro me tomó confianza y me adoptó como monaguillo.
Al principio todo era muy armónico, con meditaciones y saumerios, frases convincentes y ejercicios de destreza, después fué subiendo de tono, cuando nos conectamos con nuestro yo interior, pues este no siempre era lo agradable que uno hubiese querido, y si a veces, todo lo contrario.
Pero eso fué después, antes hubo inclusive sexo grupal y otras cosas del estilo, dizque para demostrar amor de manera tangible y real, y no solo con palabras vacuas.
No podría yo precisar, con total exactitud, cuando fué la primera vez que ví a Keller Zorbich, pero casi, pues hay solamente dos opciones firmes: la primera, en ocasión de la cena que él mismo brindara, a un selécto grupo de aristócratas, intelectuales y artistas, para presentar en sociedad su, a partir de entonces muy mentada, "escuela de control mental", alrededor de la cual luego se tejieron mitos y rumores, algunos con fundamento, otros infundados.
Fuí un testigo privilegiado de esa escuela.
En esa cena Zorbich, que habiendo nacido en Alemania, venía de vivir muchos años aquí, en argentina, donde había estudiado la psicología social de pichón Riviere, y luego creado una nueva rama, basada en el despertar de la conciencia, la intuición, la percepción, y otras facultades dormidas del cerebro humano, según sus propias palabras, pero que siendo fieles a la verdad, nunca fué mas allá de crear ilusiones en sus seguidores, atiborrandolos de plegarias, mantras, y drogas alucinógenas, en esa cena entonces, Zorbich sirvió ranas, enharinadas y fritas, y también en estofado.
Lo sabía todo con respecto a ese horrible y delicioso animalejo, pues tenía un criadero de ranas.
Y aunque en Costa Rica no comemos ranas, y tenemos un fuerte rechazo por todo lo que no sea arroz y frijoles, acompañado de algún agragado clásico, de carne vacuna o pollo, a lo sumo pescado, ensalada de repollo, y algún picadillo de verdura, esa vez el anfitrión había elegido bien a sus comezales, que eran gente de una actitud abierta, posibles alumnos de su doctrina.
Ranas y vinito blanco, frío.

La otra posible opción, fué aquella vez en que el prestigioso marchant Jacobo Carpio, trajo a su galería una muestra de Guillermo Kuitca, y al propio Kuitca, por aquel entonces en pleno ascenso vertiginoso, pero mucho antes aún, de que sus pinturas alcanzaran en Europa y New York, los exórbitantes precios de las pinturas de Van Gogh, ya más muerto que una tumba. En fin, lo ridículo y pretensioso del mercado del arte, mientras la mitad del mundo pasa hambre.
Carpio, que siendo costarricense había también vivido en Argentina, había conocido aquí a Zorbich.
Todo eso sucedió allá por el año 1985 en San José, y si bien, como ya dije, no puedo precisar ahora con exactitud, en cual de esas ocasiones lo ví por vez primera, si puedo decir, sin temor a equivocarme, sin margen posible de error alguno, una cosa: yo ví matar, a Keller Zorbich.
Si se pone un poco de atención, esta última frase puede ser interpretada de dos maneras, o sea que pude ver a Zorbich matar a alguien, o que ví como alguien le daba muerte a él. En este caso, ambas interpretaciones son correctas, ambas cosas sucedieron frente a mis narices, Zorbich mató a alguien, y luego otra persona lo mató a él.
Entonces, no podía explicarme, diez años después de verlo morir, como podía ser posible que me lo cruzara yo, caminando tan campante por la avenida Corrientes, aquí en Buenos Aires, un domingo por la noche a escasas dos cuadras del ovelisco.
¿Que como sucedió?, pues estaba yo ojeando algunos libros en una librería de esa calle, y en especial controlando que quedasen ejemplares, de un librito de poesía que me habían publicado hacía relativamente poco tiempo, ubicandolos en mejor lugar sin que se de cuenta el encargado, en fin, esas malas costumbres de ciertos movimientos poéticos. Cuando de repente se aparece él, así sin más, entre un nutrido grupo de transeuntes, de tal vez siete u ocho personas, hombres y mujeres que parecían estar entre los 50 y 60 y pico años de edad.
Mientras aquel grupo se paró en la puerta de la librería, para deliberar donde comer, yo dudé que fuera él y lo observé detenidamente, parecía no haberme visto, y todas mis dudas se despejaron dejando lugar al pavor, y una corriente eléctrica recorrió mi columna vertebral, cuando aquel fantásma alzó su voz por entre las demás diciendo: -¡bueno ,¿ranas o pizza?!
Maldito brujo, ¿ranas o pizza?, ¿era Zorbich?, ¿podía ser reál lo que me estaba pasando?
Luego, por un instante me pareció que nuestras miradas se cruzaron, pero él no me reconoció, o tal vez fingió. Cuando reanudaron la marcha decidí seguirlos desde lo que en ese momento juzgué, tal vez erroneamente, una distancia prudencial.

Debo aclarar, que nada de lo que yo había vivido anteriormente, y cuando digo nada es nada, o sea ninguna experiencia, me había preparado para esto, ver a un muerto caminar frente a mis propias narices. Ni haber estado entre peligrosos narcos, o pasar un año tras las rejas, ni siquiera las mismas experiencias psicotropicas en la escuela de control mental, nada de eso se comparaba con la fuerte conmoción que me produjo, ver a Zorbich con vida, después de haber presenciado su muerte.
Aquello tenía que tener una explicación racional, y yo iba a averiguarlo a cualquier precio.
Por supuesto que la primera reacción lógica, devería haber sido, pensar que tal vez su muerte no fue tal, sino solo una magnífica actuación, pero si yo me permitía poner en duda aquello que tan de cerca me tocó vivir, devía tambien poner en duda cada acontecimiento de mi vida toda, pues no habia manera de que aquel asesinato no se hubiese llevado a cabo, cuando la pistola con que se fraguó fue disparada, y sus sesos volaron por el aire intoxicándolo, y quedando luego pegados por doquier, mientras la sangre manaba a borbotones. ¿Van a decirme ustedes que lo soñé?, entonces lo soñamos varios.
Todo eso me decía a mi mismo, mientras seguía a aquel grupo a una cierta distancia que, entonces, consideré prudencial.

sábado, 24 de julio de 2010

capítulo veinticuatro

Alguna vez hubo, o tal vez aún hay, un cuadernillo fotocopiado, de la época en que el monstruo y Estrella eran muy jovenes, algunos memoriosos lo recordarán, y tal vez alguno atesore un ejemplar con cariño u horror, en cuya tapa podía, o puede leerse: "Escuela de control mental de Keller Zorbich".
Allá por los primeros años ochenta, ese folletín era repartido en círculos culturales y universitarios, por un personaje que, así como el monstruo, tampoco pasaba desapercibido, un gigante alemán de reluciente calva y ojos azules acuosos, de físico amenazante, y que rondaba por aquel entonces, muy probablemente, los sesenta y pico años de edad. Ese era Keller Zorbich.
Debe ya estar cansado el lector asiduo, de escuchar o leer, que toda ficción se compone de un alto contenido real, valla una novedad. En este caso, el libro que tienen en sus manos no es la excepción, entonces, el autor, y por lo tanto biógrafo del poéta Rubén Arrieta, declara: que todo lo que han leído, o están por leer, se compone en un cincuenta por ciento de ficción y otro cincuenta de realidad, y que los nombres propios han sido cambiados en su mayoría, para respetar la intimidad de los auténticos protagonistas, los cuales suponemos, se dividirán en partes iguales, entre los que disfruten verse aquí reflejados, y los que me odien por lo mismo.
Keller Zorbich se convirtió en una especie de mito, tanto o más que el monstruo, entre los integrantes de aquella generación, mas luego, en cierto momento, se le perdió el rastro público, y se llegó a dudar de que hubiese alguna vez existido.
Nuevamente el autor declara: Zorbich existió, vivió y tal vez murió, y podría citar una modesta pero muy fiable lista de testigos, todos gente respetable. Entiendase por esto último lo que se quiera.
Tal vez, cuando la realidad se torna dudosa, y las historias se mezclan con los mitos y los cuentos, y se pierden en el tiempo, tal vez lo mejor es recurrir a la ficción para esclarecer la verdad, pues la ficción alumbra.
Transcribo a continuación, un fragmento de la novela de arrieta , para que juzgen ustedes.

capítulo veintitres

Ajena a todo esto que le pasaba al monstruo, y al giro que daría su vida de un momento a otro, Estrella se debatía entre el miedo a los hermanos Ramirez, y las ansias por saber algo de su pequeña niña Karen, librada a su suerte por las calles josefinas.
Los únicos momentos de privacidad y una cierta libertad que experimentaba ahora, eran los que pasaba en un ciber del centro comercial de Hatillo, chateando con amigos y preguntando si alguien ha visto a la chica, nadie la ha visto.
Pero ella no lograba superar esa frontera autoimpuesta, el centro comercial, unico aliciente a su rutina en la casa, lavando, planchando y cocinando para los hermanos, y siendo además, depositaria de todo tipo de fantasías sexuales por parte de estos. La condición de la mujer no había mejorado gran cosa por entonces. Pero he aquí, que una de esas tardes, Estrella encontró que alguien nuevo en facebook quería ser su amigo, y al acceder al pedido, disculpen la frase, pero no hay otra manera de decirlo tan claro, una profunda emoción se apoderó de su alma, al leer en el buzón de chat: -Estrella, mi amor, soy yo, Rubén.
Pero luego, pensando fríamente preguntó: -¿que Rubén?
-¿como que Rubén? Arrieta, el monstruo, ¿que otro?
-no se quien serás, pero una persona de confianza me hizo saber que Rubén Arrieta murió en una carcel de Argentina hace como dieciocho años, no me gusta esta broma...
-no, no, nada de eso, soy yo y estoy vivito y culeando, prendéte la web cam y comprobalo vos misma.
Eso hizo ella, y casi se muere del susto, y luego inclusive lloró de la emoción, después gritó y rió, en fin, etc, bla bla bla...
El monstruo entonces tecleó la siguiente pregunta: -¿y quien te dijo a vos que yo había muerto?
Y la respuesta lo dejó más mudo que la noticia de que Giselle López encontrara a Estrella, pues el nombre que apareció en la pantalla, era el nombre que jamás hubiese querido volver a oír o ver en lo que le quedaba de vida, pero era evidentemente, aquel nombre que siempre volvía, y que presagiaba problemas en serio: -me lo dijo Keller Zorbich.
Y la sola mención de ese nombre le puso la piel de gallina, y le preguntó: -¿cuando te dijo eso, cuando lo viste?
-hace un mes me lo encontré en la calle, fué de casualidad pero me pareció raro, hacía ya mucho tiempo, tal vez más de quince años que no lo veía.
-¿y donde estás ahora? dame la dirección y voy a verte yá.
Anotó la dirección.

viernes, 23 de julio de 2010

capítulo veintidos

Ahora, completamente borracho en una cantina, pensando en que por lo menos lo había intentado, el monstruo levantaba la copa y brindaba diciendo: -mae, ¡regla numero once!, cuando tengan que decir mierdero digan mierdero, no se les ocurra decir otra cosa por favor, y si hay que decir hijueputa diganlo así, no hay mejor manera.
Entonces Edgar Allan, con esa mezcla de idealismo, ingenuidad y reveldía tan típica de los adolescentes, preguntó: -don Rubén, ¿y si tenemos que decir algo bonito, como lo decimos?
Y el monstruo fue tan terminante como pudo: -¿si tienen que decir algo bonito?... buena pregunta, pues si asi tiene que ser, entonces que sea lo más bello que jamás soñaron, pero en mi opinión, si tienen que decir algo bonito van a escribir basura, la vida no es bonita, solo la superficie, y los buenos escritores no se quedan en la superficie.

Cuando más tarde quedó solo, luego de que Edgar Allan y Katia se fueran alegando cansancio, pero en realidad hacía rato que se tenían ganas, el llegó a la conclusión después de sesudas reflexiones, de que ya no le hacía nada bien la bebida, o que tal vez nunca le había hecho bien, o que más que seguro que siempre le había hecho mal. Y que si no encontraba pronto a Estrella se iba a quedar solo en este mundo hostil y pernicioso, miren quien habla, pero si la encontraba y ella no lo amaba, o era indiferente y le daba lo mismo el monstruo que una cucaracha, o tal vez ni siquiera se acordaba de él, o peór aún, estaba demacrada y con hijos, o hermosa pero felizmente casada, o en fin... que si vamos a seguir los desvaríos de un borrachin esto se puede tornar aburridisimo.
La conclusión fué que se quedaría solo y borracho, debía dejar la bebida lo más pronto posible, encontrar algún grupo de autoayuda que le calzase como anillo al dedo.
De repente, en medio de estas sesudas reflexiones, sonó el celular, y se dijo sin saber por que:
-cuidado, puede ser el destino.
Y atendió: -¡sii! ¿quien habla?
-rubencito, mi amor, soy yo, Gisell López.
-diai, ¿que hubo mi amor, pura vida?
-si, si, te tengo una buena noticia, pero te la quiero dar personalmente para verte la cara.
-okey mae, pero mejor mañana temprano, ahora tuve un ataque de culpa en medio de una borrachera, algo que no le recomiendo a nadie, ¿que tal si almorzamos?
-me parece bien, ¿que tal a la una en el hotel Costa Rica?
-okey mae, twanis, la veo ahí, un besito.
-si, otro para vos, andate a dormir.
Se fué a dormir.

Y he aquí, ho lector, que Gisell López había hecho lo que cualquiera que no fuese el monstruo, y por lo tanto tuviese dos dedos de frente para usar en la vida real, hubiese hecho, buscó en internet, y en la recién inaugurada faceboock y, adivinen que, dió con Estrella.

En el encuentro que tuvieron al otro día para almorzar en el hotel Costa Rica, escenario de intrigas internacionales, donde las niñas ticas se ofrecen a los jubilados Yankis que vienen a descansar luego de haber bombardeado el mundo, o a los burguses y aristocratas locales, Giselle López trató de decirselo sin que lo afecte demasiado, pues había visto su reacción del día aquel, pero no encontrando un modo sutil, se lo descerrajó en la jeta sin aspavientos y sin vaselina:
-mae, encontré a tu Estrella.

El monstruo se puso verde.
Luego de los minutos en que le costó recobrar el habla y su pulso normal, pudo decir: -okey mae, ya vengo, voy al baño. Allí se miró al espejo preguntándose: -¿y ahora que te pasa hijueputa?
Y se sentó pues le había dado diarrea.
En todo ese tiempo, Giselle López pudo corroborar que, como siempre había supuesto, el monstruo lejos de ser el maldito que aparentaba ser, era en el fondo un tonto romantico, como tal vez lo son en el fondo todos los auténticos malditos.
Después de todo eso, el monsruo volvió del baño, se sentó con sigilo, y preguntó en voz mesurada: -okey mae, ¿y donde está?
Entonces ella le tiró sobre la mesa una página recién impresa cuya tinta estaba fresca, y que contenía los datos de su amada, luego le hizo las indicaciones pertinentes sobre como abrir una nueva cuenta de Faceboock.
Y el monstruo se quedó mudo otra vez.
Pasó una semana entera dandose valor para tomar contacto con ella, semana esta en que andubo algo aturdido y teniendo algunos traumas existenciales, con muchas preguntas, sintiendose nuevamente un cobarde, así que tal vez lo era.
Lo que había soñado durante veinte años de huír, finalmente había tocado a su puerta, y ahora le faltaba valor para enfrentar ese destino. Valla una frase de mierda, pensó, iba a incluírla en los ejemplos de frases que jamás deben escribirse, y sin embargo no había otra manera mejor de decirlo, VALOR PARA ENFRENTAR EL DESTINO.

domingo, 18 de julio de 2010

capítulo veintiuno

Cuando el monstruo, después de vivir en Colombia viajó a la Argentina con una buena cantidad de droga en el equipaje y fué descubierto, pasó poco más de un año tras las rejas, tiempo que aprovechó para leer y escribir, y hacer mucho ejercicio, no teniendo en ese tiempo nada digno de contarse, más allá de un par de episodios violentos.
Al salir de allí, se dedicó a buscar trabajo como escritor, periodista literario ó traductor, pues le debía al hecho, circunstancial por cierto, de haber nacido en cuna de oro, el saber leer y escribir en inglés, además de hablarlo a la perfección. Y he aquí que la suerte jugó de su lado en todas sus aspiraciones, porque la suerte juega del lado de las mentes preparadas, entonces logró que le publicaran un libro de poémas y una novela, titulados "vacuidad" y "escuela de control mental" respectivamente, además de algunos relatos en revistas. También consiguió entrevistar para una revista que recién se iniciaba, a dos de sus escritores favoritos, y asistió a algúnos talleres literarios de escritores de segundo orden, o tal vez del tercero, pero en todo caso, muy buenos para dar consejos sobre lo que debe y no debe hacerse a la hora de escribir, por supuesto que el monstruo sacó sus propias conclusiones.
Pero más allá de todo esto, que dicho sea de paso lo hizo tocar su cielo con las manos, el monstruo hubiera considerado insuficiente su experiencia vital, en aquel remoto país, de no ser porque una tarde, en la ciudad de La Plata, a la que acudiera a un recital de poesía, aburrido como pocos por cierto, conoció a la artísta plastica Graciela Franccini, de la cual luego fué pareja varios años.
Fué así: el recital transcurría en el complejo cultural Dardo Rocha, la tarde en que le tocó leer al monstruo fué particularmente gris y depresiva, y varios de los poétas más aburridos del mundo compartían la fecha con él, por lo que nuestro amigo Rubén Arrieta, el poéta venido de Centroamérica, en fin, etc... que describe la realidad de nuestra América de modo visceral, bla bla..., y que yá había leído, se escabulló de aquel salón atestado de freeks y copetudos en corbata, y con la excusa de buscar el baño se fué a recorrer aquel gigantezco e imponente edificio, de una manzana de diametro y varios pisos de alto, con sinuosas escaleras y pasillos, y que según alguien le dijo databa de la época de la fundación de la ciudad que yá cumplía cientodiesiseis años, y que además había sido la primera estación de trenes en la época de vacas gordas y manteca al techo.
Tan grande era, y tan laberíntico, o tal vez no tanto pero así le pareció, que se perdió.
Luego recordaría para toda su vida aquel momento de confusión, pues buscando una puerta o un pasillo reconocible, dio con el salón donde Graciela Franccini inauguraba una exposición con sus últimas obras, primero le llamó la atención al monstruo él gentío, y de este una hembra en particular, y las copitas que se ofrecían, luego los monumentales cuadros, y finalmente, cuando se enteró de que aquella a la que no le había sacado los ojos de encima, y que tampoco se los sacaba a él, la portadora de semejante monumento al culo, pues dicho sea de paso fue lo primero que le vió, resulto ser la pintora, entonces todo el arsenal de su potencial seductor, que no es poco, un tipo fino y elegante, etc...fue teledirigido a conquistarla.
Y cuando al acercarse por atrás y tomarla del brazo para, sutil pero firmemente, darla vuelta hacia él, le dijo: -disculpáme pero te quiero felicitar, quedé muy impresionado con tus pinturas. Aunque, de la manera que la miró y se lo dijo, ella y todos los presentes, y tal vez tu, lector, se dieron cuenta de que en realidad le estaba queriendo decir, más o menos, esto: -te la quiero meter una hora sin parar y después bañarnos juntos.
Desde ese momento no dejaronde mirarse y hablar de arte todo el tiempo que duró el evento, el abandonó definitivamente el recital, y ella dejó de lado a sus invitados.
Los que, eventualmente, pasaban cerca de ellos y escuchaban algo de esa charla privada, lograban entender que cuando ella le decía: -yo hago arte con desechos urbanos para hablar de el tiempo y la destrucción. Lo que en verdad estaba queriendo decirle era: -papito que ganas de chupartela y tragarme toda la leche.
Y cuando el monstruo le propuso: - me encantaría escribir una nota de tu muestra en la revista, ella entonces entendió el metamensaje, que no vamos a traducir aquí para que no me tilden de pornográfico y erotómano irremediable, y ambos escaparon del mundanal ruido a una luna de miel que duró, en principio, varios días.
Aquella perra infernal de pelo lacio negro por la cintura, y ojos delineados a lo vamp, que parecía salida de una comedia de Olmedo y Porcel, era el mejor ejemplo de morocha argentina que hubiera visto el monstruo jamás.

capítulo veinte

En su primera lección, los aspirantes a escritores aprendieron, que si a pesar de lo que había dicho Roberto Bolaño, que mejor que escribir es leer, ellos no se daban por vencidos e insistían en querer pasarla peór, entonces deberían, como bien dijo Ciorán, escribir solamente lo que jamás le confesarían a nadie.

Su nuevo e improvisado profe, comodamente instalado en un departamentico de barrio San Pedro les dijo así: no quiero engañarlos, nadie puede enseñarles a escribir, puedo si, enseñarles técnicas, métodos, trucos para que se estimulen, hacer críticas certeras de lo que ustedes van produciendo, pues desde el primer día van a tener que producir. Entonces, para empezar, van a escribir una espécie de decálogo, con las reglas que a mi parecer, son de oro:

Regla numero uno: no hay temas menores, hay escritores buenos, medianos y mediocres, que escriben sobre cualquier cosa que se les plazca. El resultado no depende del tema sino de quien lo escriba.

Regla numero dos: por cada cosa interesante que puedan llegar a escribir, van a escibir cien cosas estúpidas, traten de minimizar ese efécto, el efécto estupidez, tan en boga entre los escritores actuales.

Regla numero tres: cualquier cosa que escriban y les parezca buena debe pasar, antes de considerarse realmente buena, la prueba del tiempo, que va de seis meses a un año, si después de ese tiempo aún les parece buen material, probablemente lo sea.

Regla numero cuatro: mejor es escribir poco y bien, que escribir mucha mierda. Muchos escritores rompen esta regla porque no pueden con su ego, el ego es el peór enemigo de cualquier persona, pero para un escritor es un enemigo mortal.

Regla numero cinco: escribir bien es, también, saber mentir muy bien.

Regla numero seis: escribir bien es, también, decir la verdad.

Regla numero siete: el que nació para escribir, se va a pudrir escribiendo, el que no pues no.

Regla numero ocho: los que dicen que mejor que escribir es vivir, están completamente
equivocados, los que dicen lo contrario también.

Regla numero nueve: jamás sean complacientes con el público y con el mercado.

Regla numero diez: traten de no ser insoportables, el público y el mercado se los agradecerán.

-Entonces, esas son las reglas básicas, más alguna que se me escapa ahora, espero que hayan anotado todo o que tengan memoria de elefante, porque no megusta repetir las cosas, así que de ahora en adelante anoten todo lo que digo.
-¿Y ahora que hacemos profe? (preguntó Katia)
-Ahora cierren los cuadernos, y como tarea traigan un relato de una sola página para la próxima lección, y vamos a beber guaro, o a fumar motica, o a culear, que para saber escribir, primero hay que saber morir.