domingo, 8 de agosto de 2010

capítulo veintiocho

Y así fué, que luego de unos brebes instantes se iluminaron los ventanucos bajos con la tenue luz de unas velas, nos asomamos con sumo sigilo y prudencia.
Se sentaron alrededor de una mesa redonda, sobre la cual pendía la lámpara con velas, y sobre la pared que daba justo frente a los ventanucos dos objetos siniestros provocaban desasosiego, un gran cuadro con una esvástica en la pared, y frente a este un ataúd con un candelabro en su costado izquierdo.
Nos miramos, yo un poco asustado, don Timoteo muy euforico, y entonces comenzo la seción, justo cuando un gran relampago, seguido de un tremendo trueno iluminó la noche, y la lluvia tan temida arreció.
He aqui que los cristales se mojaron, y además se empañaron un poco por dentro, se hacía dificil ver, así que eso nos dio la perfecta excusa para acercarnos lo suficiente, llegando incluso a ser estúpidamente temerarios.
Luego de un lapso de tiempo que ahora no podría precisar, y tal vez no importe, aunque tal vez si, en lo que sería sin duda el punto culminante de aquel ritual, una de las mujeres jovenes, la que tenía apariencia mas bien latina, dejo escapar un grito desgarrador, al que acompañó otro trueno, seguido de un rayo tan potente que pareció pleno día en medio de la noche, y en ese instante, alguien que estaba dentro del ataúd se irguió, quedando sentado dentro, y pudimos ver, don Timoteo y yo, y todos los que estaban adentro, el ridículo peinado a la gomina, como chupado de vaca, el estúpido bigotito, el uniforme nazi y el brazalete con la esvástica, características inconfundibles de aquel ser abyecto.
Y ese que se había incorporado gritó a su vez también, al parecer algo en alemán.
Don Timoteo se incorporó en el acto sin pensarlo mucho y dió una orden: - ¡nos vamos de acá ya mismo nene! Pero yo no atinaba a reaccionar, e ingenuamente le pregunté: ¿que fue lo que dijo?
-¡¡¡dijo ¡intrusos! pedazo de boludo, nos vamos ya!!!

En nuestra huida logramos alcanzar la maleza de la parte trasera del zoológico, que creo haber mencionado que queda justo enfrente de la casa, colandonos por un hueco en la malla metálica.
Algunos patrulleros acudieron al lugar, seguramente alertados por los vecinos, pues los invitados salieron haciendo gran barullo y huyeron en los autos. Las linternas de los policías y las luces de las sirenas de sus patrulleros sobrevolaron durante un buen rato por sobre nuestras cabezas, pero como suele ocurrir siempre en las películas, y algunas veces en la vida real, no dieron con nosotros, así que luego de dos horas de empaparnos como esponjas, volvimos a la Soda Palace hechos un asco y pedimos guarito, todas las miradas se dirigieron a nosotros, pero decidimos hacer caso omiso de ellas y nos dispusimos a beber, y tal vez aclarar los pensamientos.
Cuando pude esbozar una frase le pregunté: -¿quien era el que estaba en el ataúd?
Don Sarduy me clavó una mirada perspicaz y complice, y me contestó: -¿y a vos que te parece?, yo sé lo mismo que vos pive, o sea nada, solo conjeturo, tengo algunas sospechas que no puedo confesarte ahora.
-pero podrías decirme que conjeturas sacás, por lo menos una pista.
-nene, ¿vos sos un idiota importante no?, ¿que parte no entendés de la frase: no puedo confesarte ahora?
Hubo un brebe silencio que rompí:
-¿como fué que perdiste la pierna?
-esa es una historia larga, y vos hacés demasiadas preguntas, pero te la voy a contar: yo lo estaba siguiendo a Zorbich de cerquita, en el Africa, en las selvas del Congo, tenía datos concretos de lo que él iba a hacer allí, y que luego finalmente hizo, porque no pude impedirlo como era mi misión. Keller estaba buscando exraér el virus de una enfermedad para investigarla y eventualmente expandirla por el mundo para sembrar el terror, esta enfermedad se produce en ciertos monos y es completamente letal, actúa en el organismo anulando todas las defensas, y podés llegar a morir de una simple gripe. Cuando estaba a punto de acabar con él, y lo tenía bajo la mira de mi ametralladora, una serpiente pitón que no ví sino hasta ese momento debido a mi concentración, se me enroscó en el pie, y mientras se enroscaba me lo iba triturando, te juro que nunca había sentido nada que se parezca, olvidate del clásico dolor de muelas, que te trituren el pie no es para cualquiera. Desgarrandome de dolor le pedí al guía que estaba conmigo que por favor la mate, que le corte la cabeza, yo no podía disparar porque estaba a punto de desmayarme, había soltado mi arma, y el muy imbecil me dijo:-¡pero te voy a cortar el pie!
Mi respuesta lógica fué: -¡si imbecil, pero hacelo rápido porque me va a comer vivo!
Pero aquel tipo estaba alucinado con la visión y no atinaba a moverse, entonces recuperé el arma y le disparé a la pitón con la ametralladora a la cabeza, y por lo tanto me disparé a mi mismo la pierna, que de todas maneras ya estaba inservible, así que tenía de la rodilla para abajo, triturada y destrozada la pierna, y la pitón muerta enroscada. Entonces le grité que por favor me la corte y me haga un buen torniquete, antes de desangrarme, por suerte reaccionó rápido haciendo lo que le idiqué, pero yo ya no pude más y me desmayé.
Por supuesto cuando me desperté al otro día Keller ya no estaba, se había fugado con el virus aquel, al que luego producirían en un laboratorio de Estados Unidos, e infectarían a la comunidad homosexual de algunas ciudades de la costa Oeste, la enfermedad que provocó se conoció como Sida, el resto es historia sabida.

Cuando don Timoteo hubo terminado quedé perplejo, aquello que me contaba me había sacado el aliento, y a pesar de que finalmente el mal había triunfado esa vez, no pude sinó admirar más profundamente a mi amigo. Pero él tenía otra sorpresa para mi, y detornillandose de risa ante la impresión que me había causado, me dijo:-¿nene, de verdad te creíste lo que te acabo de contar?
me parece que sos demasiado bueno, por no decir boludo.
La verdad es que pocas veces me sentí tan imbecil, pero algo en su sonrisa me hacía pensar que de todo ese cuento, algo de cierto había, de todas maneras ya no me animé a preguntar.

capítulo veintisiete

Hasta aqui, entiendo que pueda sonar un poco asombrosa la historia de don Timoteo sobre el muerto que camina, pero con lo que me tenía preparado para el final, directamente disparó a mi morbo y mi imaginación de una manera fulminante.
Resumiendo lo anterior, Zorbich usaba su disfraz de gurú del neo-hipismo, para sus actividades dizque clandestinas, pero lo que muy pocos, o casi nadie sabía, tal vez solo don Sarduy, y luego yo, y ahora ustedes, es que en realidad, la misión última de Keller, casi podría decirse el motivo principal de su existencia, era un plan mucho más macabro aún, pues al parecer, en una casa antigua ubicada en la parte trasera de los altos del zoologico, en el límite entre Barrio Aranjuez y Barrio Amón, donde vivía una pareja de viejos emigrantes alemanes casi centenarios, y donde se hacían reuniones espiritístas, pues allí Keller Zorbich se encargaba de custodiar un tesoro nazi, arcones con oro y reliquias arqueologicas de incalculable valor, pero también, el mismísimo cadaver embalsamado de Adolf Hitler.
Don Timotéo me confesó entonces, que hacía mucho tiempo que él se había propuesto comprobar esto con sus propios ojos, pero que esperaba la oportunidad de un aliado fiable, y que dada la confianza a la que habíamos llegado, ese aliado podía ser yo.
-¿y como vamos a entrar? (pregunté entre extasiado y alarmado, sintiendo la adrelnalina correr).
-por la puerta, pero si es necesario, por la ventana o el techo (me contestó decidido).
Fué imposible negarme a tal ofrecimiento, y acordamos para una semana después, fecha en la que habría en la casa un encuentro espiritísta. El padre tiempos decía tener un plan.

Cuando llegó la noche señalada nos dimos cita en la Soda Palace, la idea era planear una estrategia mientras bebíamos un par de birras, que se hicieron varias más, por lo que salimos de allí con los sentidos tal vez un poco distorsionados, y no puedo asegurar que eso no me afactó más tarde cuando ví, o creí ver, lo que ví o creí ver. Tomamos un taxi en la avenida segunda, del cual nos bajamos un par de cuadres antes pare no despertar demasiadas sospechas.
Era increíble el equilibrio de que mi amigo hacía gala, aún sin una pierna y sumado a las birras que nos habíamos tomado, don Timoteo alrdeaba ante quien quisiera verlo, y asistir al espectáculo de un viejo con muleta, apurando la marcha y dando indicaciones precisas, era todo un lujo solo para mis ojos.
La noche presagiaba tormenta, y el aspécto verdaderamente maligno de aquella casa, era acorde con todo lo que podía asociarse al universo personal de keller, o sea ratas, cucarachas, arañas... inframundo.
La disposición de aquel lugar, era de un neto corte esotérico, pues estaba situada de manera estratégica. En una típica calle josefina en una un cuesta muy empinada, un muro comenzaba a ras del suelo muy bajito, y luego, a medida que la calle bajaba, el muro crecía con el devenir de la calle, y el terreno donde se asentaba la casa, crecía con el muro, por lo que al llegar a la esquina, el muro y el terreno median ya más de dos metros, sumados a una reja que nacía a partir de ahi, tal vez dos metros más, allí se encontraba la entrada a la sinuosa mansión, pero no había escaleras de acceso ni entrada por la reja, o sea que la parte de acceso a la casa era por la parte de atrás, la que estaba al nivel de la calle al comenzar la cuesta en la parte de arriba. Espero que se entienda.
El padre tiempos habría averiguado, que el verdadero motivo de construirla así, sería la intención de burlar las almas de las víctimas del holocausto que buscaran venganza.
Un poco fantasioso para mi gusto.
La casa estaba además, rodeada por un hermoso jardín o bosquecillo en el terreno, custodiado por una pareja de enormes perros pastor alemán, y contiguo a la entrada en la parte trasera, había un estrecho pasillo que daba al jardín, y que curiosamente, carecía de cualquier tipo de obstaculo. Cuando pareció que todos los invitados se encontraban ya adentro, salimos de las sombras y nos colamos por allí.
No tardaron en hacer su aparición los temibles perros pastores, pero el padre tiempos, con una voz gutural y en un idioma o dialécto por completo desconocido para mi, les dijo algo incomprensible pero muy efectivo, pues inmediatamente se mostraron amables y juguetones.
Había unos ventanales muy grandes que comenzaban a más de un metro y medio del suelo aproximadamente, y a raz del suelo unos ventanucos pequeños, estos al parecer daban a unos sótanos. La luz se prendió en los ventanales de arriba, y el padre tiempos se puso impaciente, pues dode estábamos no podíamos ver con claridad lo que pasaba, me pidió que buscase un lugar apropiado para ver y relatarle lo que nos estabamos yá perdiendo, y, a mi entender innecesariamente, me dijo que me había traído para ayudar, no para que me quedase parado como un tonto (aunque en realidad dijo boludo, pero yo traduzco).
Me dirigí presto a un árbol, al que me trepé por una parte donde no podían verme desde el interior de la vivienda.
Estaban bebiendo y fumando en una inmensa bibliteca antigua, los casi centenarios habitantes, un hombre y una mujer, ambos muy canosos y pálidos, con la piel casi transparente y de ojos muy claros tal vez azules, que parecían irrediar cierta energía poco común para su edad, el interior estaba muy iluminado y podía verlo todo muy bien desde donde me hallaba, habían además seis personas más, cuatro mujeres y dos hombres de entre 40 y 60 años, además de Zorbich, algunos con aspecto latino, otros europeo, unos muy bien vestidos, otros más humildes, todos habían llegado en dos automóbiles negros lustrosos.
La mayoría conversaban, y un hombre y una mujer ojeaban libros y de vez en cuando intercambiaban comentarios con los demás.
De repente comenzaron a levantarse y salir de la biblioteca, cuando se lo comenté a don Timoteo casi me gritó: -¡bajá, van al sótano a empezar la seción de espiritísmo!

domingo, 1 de agosto de 2010

capítulo veintiseis

Las versiones de la que ahora me veo obligado a decir, "posible" muerte de Zorbich en san José, fueron casi infinitas. La más verosímil, según el criterio de los más verosímiles, me fue referida de primera mano, es decir en persona, por Timoteo Sarduy, un abogado penalista argentino, ya retirado, además de escritor, que vivía de leer el tárot a las damas de la sociedad josefina, oficio en el cual se hacía llamar "padre tiempos".
El padre tiempos tenía sus oficinas en una de las tantas partes de la ciudad, a las que los arquitectos, los políticos y los inversionistas de las nuevas generaciones, habían decidido cambiar la fisonomía abruptamente, con pésimo gusto y nada de nostalgia, de hecho, el edificio que albergaba las oficinas de Timoteo "padre tiempos" Sarduy, donde además vivía, una pensión de mala muerte y un bar contiguo, estaba a punto de demolerse. Este conjunto se ubicaba junto a las vías de la estación de trenes al Atlántico, detrás de la Biblioteca Nacional.
El bar que allí se albergaba, no era otro que el mítico "Lobo púrpura", anteriormente llamado "El rincón gitano", cuna de poétas, pintores y místicos, además de una fauna por demás variopinta y extrabagante.
La tarde que visité a don Timoteo, era una típica tarde de mediados de mayo en san José, el cielo amenazando con venirse encima, negro y apocalíptico, y a medida que la charla se desarrolló, botella de guaro y limón de por medio, cumpliendo finalmente su promesa.
Según me dijo el padre tiempos, y le creí pues era más que probable, la pierna que le faltaba, la derecha, la había perdido investigando alrededor del mundo las correrías de Zorbich. Para empezar, Keller Zorbich había huído de Alemania, donde había tenido activa participación en las SS, pocos días antes del comienzo del Juicio de Nuremberg, allí arranca la pista más antigua que el padre tiempos pudo comprobar fehacientemente, en los registros de su salida de Alemania y entrada en Argentina a los que tuvo acceso.
Don Timoteo Sarduy había sido, además, colaborador de la comisión que investigó y juzgó a los militares argentinos después de la dictadura durante el gobierno de Alfonsín, investigación esta en la que también se vió implicado Zorbich.
Recién llegado a la Argentina, Zorbich se había convertido en uno de los protegidos del por entonces presidente Perón, que pagaron con oro nazi para poder vivir en paz, y se les fué asignada cierta cantidad de tierra en el sur del país, donde fundaron colonias como ingenuos campesinos.
Pero poco antes de la muerte del general Perón, Zorbich fué convocado para acesorar grupos de taréas del ejercito argentino, enseñando y aplicando sus conocimientos de medicina y psicología, para interrogar y torturar detenidos desaparecidos. Además, participó de partos y de la expropiación de hijos de algunos de estos detenidos. También estuvo infiltrado en grupos de psicología social, como ya se dijo, donde un sector de la militancia montonera trabajaba captando cuadros para pelear en la guerrilla revolucionaria.
Y algunos años antes del fin de la dictadura argentina, ya había conocido Costa Rica, enviado por el ejército para perpetuar un atentado con explosivos, contra las torres de transmisión de Radio Noticias del Continente, la radio que tenían los montoneros en san José.
Resultó que poco antes del juicio a las juntas militares en argentina, Zorbich logró huír nuevamente, para cuando don Timoteo dió con él en San José, ya el presidente Menem los había indultado a todos.
De todas maneras, el padre tiempos pretendía darle alcanze por sus presuntos crímenes en Alemanía, pero el otro practicaba muy bien el arte de la invisibilidad, pues cuando estaban por atraparlo siempre se hacía humo, y cuando se habían olvidado de él, reaparecía de nuevo, siempre fugazmente.
Pero todavía no les he dicho nada, pues parece ser que esa escuela de control mental que Keller había ido a fundar a Costa Rica, más como un disfraz para sus actividades de espía parapolicial que otra cosa, ya tenía antecedentes en una secta que estos nazis habían creado anteriormente en sus colonias en la Patagonia, el padre tiempos había investigado con esmero aquel antecedente, en esa secta se encargaban de continuar los experimentos del tercer reich con el cerebro humano, haciendo trepanaciones de craneo a los indiecitos patagones, a los que perseguían como animales con la absoluta aprobación del ejército, e inclusive con ayuda económica y logística.
Mantenían además, una comunidad de niños genios, que llegaron a ser, tal vez, unos 70, y que elegían entre los propios hijos y nietos de los colonos, pero también de las poblaciones cercanas, si algún bribonzuelo sobresalía notoriamente en inteligencia de sus compañeritos de escuela. En estos casos, ofrecían una jugosa beca a los padres o encargados, que en la mayoría de los casos era dificil rechazar, pues era grande la tentación, y muchos los apremios, sumado a la posibilidad de una "buena educación" para sus hijos.
En esa comunidad se hacían prácticas de percepción extrasensorial, comunicación mental, ayunos y vigilias, meditación trascerndental, en fin, toda una serie de artilugios, que algunos de estos alemanes habían aprendido en ocultos monasterios del Tíbet, donde monjes de la oscuridad enseñan la magia negra, y que no son tan conocidos por el gran público como si lo son los otros, en los que se enseña la luz. La única referencia, además de la de don Timoteo, que tengo de esto último, la encontré en un libro que por entonces consideraba, y aún hoy, de cabecera, "El retorno de los brujos", de Pauls y Bergés.
Don timoteo había recogido personalmente, algunos testimonios de estos alumnos ya siendo grandes.