sábado, 29 de enero de 2011

capítulo treinta y ocho

Nos dimos cita en la elegante cafetería de un hotel en La Recoleta. Mientras esperábamos, Timoteo no podía ocultar su nerviosismo, me pidió que lo acompañara al baño, allí me dijo: -La puta madre, a esta altura Zorbich debe estar tomando sol en las Bahamas, y con sus planos algún inescrupuloso comerciante, de seguro está fabricando Hitlers y chinos como chorizos, mientras nosotros pretendemos sacarle una moneda al pirata Morgan de la embajada de Inglaterra, ¿te das cuenta que no tiene mucho sentido?
Traté de tranquilizarlo diciendole que, si ésta nos salía bien, nos haríamos de algún billete para continuar la busqueda, que tuviera un poco de paciencia.Increíblemente nos salió de maravilla, cuando volvimos a la mesa, el pirata Morgan ya estaba allí revisando el mapa del tesoro con un experto, y al comprobar su autenticidad, les extendió a las chicas un cheque con varios ceros.Después de acompañarlas a buscar el cheque, las chicas nos invitaron a comer y escucharon nuestra historia, que juzgaron aún más increible que la suya, pero de todas maneras nos pagaron por lo que supuestamente había sido un servicio, no mucho, pero tampoco una suma despreciable, tanto como para tirar modéstamente un par de semanas.Nunca más volvimos a verlas.Ya no quedaba tiempo para buscar a Zorbich, el avión de Timoteo salía al otro día, la noche anterior a su partida comimos unos chorizos con vino y ensalada y caminamos por la costanera norte, mientras se hacía la digestión. Nos fuimos a acostar temprano.
Por la mañana lo acompañé al aeropuerto, y el me dijo a modo de despedida, las siguientes simbólicas palabras: -nene, cada vez que veas, o escuches croar una rana, recordá que Keller Zorbich está vivo y suelto en algún lugar, nuestra misión última en la vida es darle muerte.
Cuando más tarde quedé solo viendo despegar los aviones, recordé un entretenimiento que en mi infancia, ocupaba un lugar preferencial, patear ranas y sapos desde el jardín de mi casa a la calle, que terminaban siendo aplastados por los autos, y de los cuales quedaba solamente el cuero, dibujando sus siluetas contra el asfalto caliente por el sol tropical.
Y me juré a mi mismo, y a mi amigo Timoteo, que si acaso Zorbich, tenía alguna otra vez la osadez de cruzarse en mi camino, terminaría sus días como aquellos animalitos de mi infancia.
El ruido de las turbinas del avión de el padre tiempos me sacó de mis cavilaciones, y con un gesto mecánico dije adiós con la mano, con la vaga esperanza de que me viese.
Algún día, tal vez no muy lejano, tendría que volver yo mismo a San José, pues no se puede, dicen, vivir huyendo del pasado.

viernes, 28 de enero de 2011

capítulo treinta y siete

La situación en que nos encontramos nos desmoralizó un poco, para ser sincero.
A eso se sumaba el hecho de haber quedado desfinanciados casi por completo, no nos quedaba mucho tiempo de vida en nuestras respectivas billeteras, fue en ese dificil trance, que una noche conocimos a dos simpáticas chicas que decían poseer el mapa del tesoro de Sobremonte.

Carola y Fabiola, al principio nos miraban sonrientes desde una mesa alejada de la nuestra en La Continental, nos miraban y comentaban entre ellas. Ambas eran muy lindas chicas, con la diferencia de que Carola era mas bien estilizada, cinturita de avispa y un culo descomunal al parecer, pelo negro lago, muy lacio, poco busto, y Fabiola todo lo contrario, bastante gordita pero sin llegar a lo desagradable, rubia, con rulos y tetona. Esta última fué la que eligió el padre tiempos, dijo: -Yo la tetona pive, creo que me la merezco.
Así que allí estabamos los cuatro, compartiendo charla y unas birras.
Cuando llegamos a entrar en confianza, las chicas nos contaron un plan que tenían para venderle el mapa, que decían tener, a un acaudalado funcionario corrupto de la embajada de Inglaterra, pero que tenían un poco de miedo de ser estafadas, y que no les vendría nada mal la ayuda protectora de dos hombres "fuertes y valientes".
Accedimos, más que nada por amor a la aventura, ya que se caía de maduro que las estafadoras eran ellas. Pero antes de acceder, se nos ocurrió preguntarles , que si acaso el mapa era auténtico, por que no habían buscado ellas el tesoro.
Carola dijo que el motivo era que el propietario del terreno donde estaba el tesoro oculto, creía en la leyenda de los fantasmas que lo cuidaban, y que sacaba a los tiros a cualquiera que se atreva a entrar en sus dominios. Mientras tanto Fabiola movía la cabeza de forma afirmativa y con los ojos abiertos como platos, para darle un marco de verosimilitud a la sanata de su amiga.
Luego nos contaron que ellas se habían conocido hacía un año, y justamente fué ese mapa el motivo de que se hicieran amigas, fue así: Carola leía la borra del café a domicilio, se anunciaba en la prensa, Fabiola dió con ella y se hizo leer la borra de su café, en esta decía, entre otras cosas, que aparecería en su vida un documento muy valioso, de mucho valor económico.
Fabiloa recordó, y se lo dijo a Carola, que había recibido como herencia de su recién difunta abuela, una cantidad de cajas con papeles viejos que parecían no tener ningún valor, Carola le aseguró que allí encontraría lo prometido, Fabiola le pidió ayuda, ya que era una cantidad descomunal para buscar sola. Así apareció el papel, y nació su amistad.
Luego de una año de buscar un comprador a la altura de su oferta, hallaron en un bar a este tipo, lo visitaron en la embajada, y el les ofreció buen dinero si comprobaba la autenticidad del mapa.
Lo único que quedaba por resolver, era el hecho de que ¿por qué confiar en dos desconocidos, como lo eramos nosotros, para semejante misión?. La respuesta al parecer era sencila, Carola, al ser vidente, había detectado que eramos gente de fiar, y no corrian peligro, además de que ellas no tenán a nadie en quien confiar en este mundo, solo se tenían ellas dos.

jueves, 27 de enero de 2011

capítulo treinta y seis

Y alzando la pierna con aquella hermosa prótesis que tanto había acariciado, acercó el pie a su mano, se sacó el zapato y presionó un botón. Debajo del pantalón las lucesitas volvieron a centellar, y unos circuitos electrónicos se prendieron, con un sonido como de turbina pero contenido, disculpen, es lo más cerca que estoy con mi prosa de poder describirlo, tal vez ustedes puedan ayudarme un poco con su imaginación.
Un rayo rasgó la tela del pantalón de Timoteo, y como si fuese un telón, a través de él la pierna se desprendió para abajo y comenzó a caminar, del muslo salieron dos brazos y emergió una cabeza, que miró a su dueño y preguntó: -¿cual es la situación jefe?
Timoteo miró al cielo resignado diciendo como para sí: -que robot pelotudo, y luego al robot: -¿no escuchás el tic-tac? tenés 22 segundos para desconectár aquel artefácto a tu espalda.
-no hay problema señor.
Y mientras el robot hacía lo que le indicaron, el padre tiempos me dijo: -te presento a arturito, la prueba irrefutable de que los científicos latinoamericanos no comen pintura, como pueden creer los alemanes.
El bicho aquel tenía, dicho sea de paso, un diseño de líneas y formas ultramoderno, una soltura y elegancia al moverse, un control tan exquisito de sus articulaciones, que al verlo hacía recordar a un atleta africano.
Entonces se dió vuelta y dijo: -misión cumplida, ¿ahora que puedo hacer por usted?
-¿no ves que no me puedo mover? desatame y desatalo a mi amigo.
-como no, en el acto.
Con sus rayos quemó las sogas de Timoteo y después las mías, ambos estuvimos un buen rato masajeandonos los maltratados brazos y disfrutando el momento.
Al fin Timoteo ordenó al robot que se acoplara de nuevo, y este volvió a su sitio como un soldado.

Más tarde, de regreso en el hotel donde se alojaban Timoteo, y ahora debo decir arturito, me esperaba una carta de Tatiana:
"Ya no agunto más, siempre te vas sin decirme adonde, venís cuando querés para comer y cojerme, todavía no me escribiste ningún poéma, sos un mentiroso, con todas esas historias de robots y fantasmas, creo que estás medio loco pero no te tengo miedo, no se como pude darte pelota, cháu, no te quiero ver más, no me llames. ¡¡por mí te podés morir que dá lo mismo!!"

Bueno, finalmente había tomado coraje para decirmelo, aunque fuera de manera tan impersonal. Tal vez era mejor así, era hora de cerrar aquel capítulo.

capítulo treinta y cinco

Era un lugar selvático con esa vegetación subtropical tan característica de la zona, y algunos sectores con playa, desde donde podía verse la ciudad a lo lejos.
Nos esperaba Zorbich, y no uno, sino varios chinos, todos igualitos.
-¡bueneo, bueno, ¿que tenemos aquí?, nada menos que al viejo padre tiempos, te felicito por tu pierna nueva, no vas a disfrutarla por mucho tiempo, y veo que viene con su aliado incondicional, que dicho sea de paso, como poéta no vale un cobre! ¿estaban buscando un poco de acción?, les presento a mi amigo Kato y sus hermanitos clonados, ellos se encargarán de proporcionarles toda la acción que necesiten, ya que no tuvieron suficiente con los túneles secretos de Buenos Aires, construidos por los españoles para escapar con el botín, llegado el caso de una revolución, nada boludos ¿no? ¡muchachos, a ellos!
Y, como en esas viejas películas de artes marciales, la escena se aceleró llenándose de zooms y chinos dando volteretas en el aire que se nos venían encima gritando al estilo Bruce Lee.
Como siempre, el primero en reaccionar fué Timoteo, que en un movimiento ultra rápido se había agachado a recoger un junco, con el que hizo las veces de beisbolista de las grandes ligas, reventando la cabeza del primero de los chinos que llegó hasta nosotros. lo cual reveló que de robots no tenían nada, pues este sangró y cayó al suelo desmayado como cualquier mortal.
Pero aún qudaban cinco.
Y he aquí, que a pesar de que detésto hablar de mi mismo, ha llegado el momento de confesar mi pasado como deportista destacado, pues en mi primera juventud, hasta los dieciseis años fuí campeón, nacional primero y centroamericano después, de tae won do, y a los diecisiete, de estilo libre en competencias clandestinas, y eso es como andar en bicicleta, una vez bien aprendido no se olvida más.
Por lo tanto no les fué fácil a aquellos pichones de pacotilla reducirme, me trencé con dos de ellos y les rompí las narices, antes de que finalmente pudieran conmigo, pues el tercero me superó.
A Timoteo no le había ido mejor, los otros lo tenían en el suelo amordazado.
Luego nos ataron y subimos a una lancha a los empujones.
A pesar de estar ahora en desventaja, una fé ciega se apoderó de mí, si el padre tiempos había logrado sacarnos con vida de aquel tenebroso lugar, tal vez esto era también, circunstancial.
Antes de aventurarnos en esta odisea, la noche anterior él me había mandado un mensaje de texto que decía: -tranquilo, me tiré las cartas y tiré las tuyas, todavía no nos toca la parca, hay cuerda y fortuna para rato. Y tengo un as debajo de la manga.
De repente nuestros captores nos inyectaron algo y nos desvanecimos.
Despertamos en un galpón, atados a dos postes de madera como en un ritual indio, y no pude creer lo que vieron mis ojos, aquel sitio era una especie de laboratorio invernadero, lleno de plantas exóticas, y del insoportable croar de miles de ranas encerradas en jaulas de vidrio con respiraderos, empañadas y mohosas, un espectáculo tropical y fantástico, a la vez que absurdo.
Por la puerta abierta del galpón se colaba la luz del crepúsculo y se veía la costa, tal vez las Islas del Tigre, o Isla Paulino, o algún punto impreciso entre esos dos, daba lo mismo.
Zorbich entró, y alzando un poco la voz, recitó un monólogo que quiso impresionarnos:
-¡Ranas, si señores, y botánica, he aquí mis pasiones. Además de estudiar la robótica y la genética, he dedicado mi vida a conocer este santuario, lo que ven aquí, es el resultado de 50 años de viajes e investigaciones, ranas y plantas de todas partes, algunas mortales, otras psicotrópicas, otras curativas. A ver, mi amigo Rubén, ¿sabías que Costa Rica es el país de mayor biodiversidad en el mundo? deverías saberlo. Padre tiempos, el brujo metafísico, ¿sabías que los indios del Amazonas bañan las agujas de sus dardos con la baba asesina de esas simpáticas y pequeñas ranitas de vivos colores? bueno, ahora eso puede verse en cualquier documental!.
¡Pues hoy junto con ustades, morirán estas salvajes e inhallables especies.
Cuanto daría la ciencia por tener estos documentos que me llevo conmigo, donde tal vez esté la cura de todos los males. Puede que los venda, quien sabe. Lo que si voy a vender ahora es otra fórmula, el plano para construir el prototipo perfecto de clon humano y robot, la super raza que poblará el universo luego de conquistar la tierra, así que ahora tengo que irme, unos amigos me esperan con una cuantiosa suma de dinero, que de seguro aliviará las penas, tantos años de desvelarme, quemando mis pestañas estudiando, investigando, no como los inéptos que se dedican a escribir mala poesía, o a la magia, que cosa tan ridícula!
En fin, padre tiempos, Rubén, "orvuá", "chivediamo dopo", "arrivederchi bambini", los dejo con mi querida amiga, LA BOMBA DE TIEMPO.
Y dicho esto, apretó el botón de un aparatejo que tenía unos buenos cartuchos de TNT, con un cronómetro que, mintras descendía a partir de 120, hacía un insoportable tic-tac, tic-tac...para dramatizar nuestro fin.
Ese fué su error.
Y he aquí, que sucedió lo imprevisible nuevamente, y van...
Yo, que me creía preparado para cualquier cosa, que creía tener un criterio amplio y pensaba que lo había visto todo, no contaba con esto. O sea, que mi imaginación no hubiese dado para tanto, y es más que seguro que a la mayoría de ustedes les costará creerlo. Yo mismo no lo creería, si no lo hubiese visto con mis propios ojos.
Porque de aquellos dos minutos que quedaban para que la bomba hiciera: ¡booom!, uno de ellos se fué mientras Zorbich y los chinos huían en la lancha, quedaba solo uno, que fué suficiente para que Timoteo me mirara con una sonrisa de oreja a oreja y me diga: -nene, bienvenido al futuro.

miércoles, 26 de enero de 2011

capítulo treinta y cuatro

Finalmente logramos descender toda la escalera, un pasillo muy estrecho y bajo se exendió ante nosotros, al parecer habíamos descendido al mismo infierno, ¿cuanto tiempo estuvimos allí? imposible decirlo con presición, yo calculé tres horas, pero pudo ser más, o tal vez solo una.
Poniendome un poco literario, podría decir: "Las paredes sudaban un hedor húmedo de siglos, que era la más fiel representación de la maldad y el tiempo, el alma de aquella gigantezca ciudad se materializaba en ese sudor, tan repulsivo y sutil, como inexplicable, por la imposibilidad de poder compararlo con algo conocido, o a través de vacuas metáforas"
O si no: "Tal vez sí había una forma de metaforizar o describir aquella perfidia, ese aroma malévolo, pues podría decirse que toda la sangre derramada por siglos, se había filtrado por las paredes, depurandose así a través de la tierra, para venir a concentrarse allí abajo, mezclandose con el inconsciente colectivo de las peóres conciencias, con esa fuerza psíquica, casi eléctrica, que emana de las mentes, un perfume concentrado, un extrácto con el cual se embadurnarían el mismo satanás, el conde Drácula, o Lucrecia Borgia y Cruella D´evill, para una fiesta de gala"
O si no de esta manera: "Asquerosas y gigantezcas ratas huían ante la visión del fuego de la antorcha, y alguna bandada de murciélagos sobrevoló nuestras cabezas, forzándonos a agacharnos, e inclusive pegar un manotazo a alguno, para evitar ser mordidos, además de tropezar de vez en cuando con cráneos humanos, todo lo cual no hizo más que inspirar, en el ánimo ya crispado de mi amigo, una tupida colección de improperios, por no decir puteadas, ya que al parecer, sus conjuros de guerrero brujo no tenían efécto en esa tumba".
Podría decirlo de ese modo si me pusiera literario, y a pesar de toda esa parafernalia barroca de la que me burlo, no encontraría mejor forma de describir aquel lugar, por donde perseguíamos a Keller y su guardaespaldas, confieso que en algunos momentos creí enloquecer, sobre todo cuando, después de un largo trecho en un tramo del camino, el tunel se bifurcaba, y de no haber sido porque, a lo lejos y a último momento, veíamos la antorcha de nuestros enemigos iluminarse o torcer por una curva, o por la confianza ciega de mi guía, en su razón e intuición, entonces no estaría contandoles esto, pues más que seguro sería yo uno de esos cráneos ahí abajo.
Con el último aliento logramos ver la luz del sol al final del túnel, más o menos a una cuadra de distancia, desesperados corrimos hacia aquel milagro, y para nuestra sorpresa, salimos a un paraje de la costa del río.

capítulo treinta y tres

El padre tiempos me llamó a las diez de la mañana, el maldito celular con su ring tone no dejaba dudas de la gravedad del asunto...
Todavá medio dormido atendí, Timoteo eufórico terminó de despertarme: -¡nene, es aí: tomate un taxi y venite para el centro, estoy en una confitería frente al ovelisco, bingo querido, bingo, Zorbich está acá en frenta tomando sol con una especie de guardaespaldas oriental con tremenda pinta de asesino, debe ser el que te pegó a vos, venite yá!
Me dí una ducha de dos minutos para refrescarme y bajé a la calle, Tatiana dormía.
Subía a un taxi le prometí al taxista el doble si volaba a través del tránsito, el pidió el triple, y antes de que me pronunciara yo a favor, el veículo se disparó como un torpedo por la avnida Santa Fé, esquivando todo a su paso y saltandose un par de semaforos rojos. Llegamos.
Timoteo estaba sentado en una mesa sobre la diagonal y disimulaba leyendo el diario, me senté junto a él. Me señaló a Zorbich y su guardaespalda que, si, tomaban sol.
Un sol espléndido por cierto.
- Que querés que te diga nene, para mi que el chino se lo mueve al viejo, jamás le conocí una hembra a ese hijo de puta.
- ¿te parece?
-¡pero si, mirá como se hacen los turistas!
Se me ocurrió pensar que no tenía nada que ver una cosa con la otra, pero era inutil discutir con Timoteo, que en ese sentido es tan argentino, o sea, dueño de algún tipo de verdad absoluta e inobjetable por mandato divino.
-¡ché parece que se van, vamos a seguirlos!
Y eso hicimos, un par de cuadras por Corrientes para el lado del bajo, donde dieron vueltaa la derecha y subieron a un auto.
Nosotros subimos a un taxi, indicando al taxista los siguiese con prudencia, el tipo se dió vuelta y dijo: -siempre soñé con esto.
El auto, que manejaba el chino, y del cual nos separaba otro auto, era un hermoso jaguar negro modelo 85, lustroso y de vidrios polarizados, uno de esos lujos caprichosos para pocos, la teoría del romance de sus ocupantes tomaba forma.
Se desplazaba despacio, como si fuera uan hermosa mañana de domingo, ya que precisamente, era uan hermosa mañana de domingo.
Se desplazaba, como si sus ocupantes no intuyeran que alguien los seguía, o no importandoles.
Luego de un rodeo de quince minutos, se detuvo en las inmediaciones de la manzana de las luces, Timoteo le dijo al taxista que siguiera de largo y doblara en la primera esquina, y al pasar frente a ellos, nos agachamos para no ser vistos, o al menos pretender no ser vistos, pues yo no quería decirlo, pero a esta altura de los acontecimientos, era más que evidente que ibamos de cabeza a una trampa.
Cuando pagamos el viaje y nos disponíamos a bajar, el taxista no pudo con su genio y preguntó: -¿se puede saber que está pasando?
Se me ocurrió hacerme el gracioso y contestar: -nada grave, estamos desbaratando una banda que quiere apoderarse del mundo resucitando el cadavaer de Hitler.
Al tipo no pareció causarle la menor gracia, Timoteo le acercó un billete de cien y le dijo: -esto es para vos, pero aquí no ha pasado nada, ¿de acuerdo?
-seré una tumba señor.
Y se fué.
Yo me asomé por la esquina siguiendo las indicaciones por señas de mi amigo, justo para ver como Zorbich y su presunta media naranja, entraban por una de las puertas del histórico y antiguo edificio de la manzana de las luces.
Zorbich cerró la puerta, no sin antes hacer un ademán, ya payasesco, de asegurarse que no los seguía nadie.
Apuramos el paso y llegamos a la puerta, que estaba cerrada, Keller insitía en dilatar el desenlace.
Timoteo sacó una llve maestra y abrió con facilidad, entramos y cerré la puerta a nuestras espaldas, nos encontramos en un pasillo largo y ancho de techo circular, casi oscuro por completo, a escepción de una luz natural que salía de otra puerta a unos 50 metros, y que iluminaba tenuemente la segunda mitad del pasillo. hacia allí nos dirigimos.
Al entrar, estábamos en un amplio salón iluminado por la luz del sol, que entraba de lleno por unos ventanales en lo alto, había varios muebles antiguos y una enorme biblioteca, en la que quise distraerme pero no podía, al lado de la cual, otra puerta estaba abierta, esta daba a una escalera que descendía a la oscuridad total, por lo que tomamos una antorcha que había a un costado pasando el umbral. La prendimos y bajamos.
Resultó ser más larga de lo que uno espera de cualquier escalera, a pesar de no conocerla, incluso llegó a parecer interminable, eso, sumado a que el aire se enrrarecía de humedad y encierro, logró tal vez asustarme un poco, pero enseguida mi amigo, que iba adelante con la antorcha, me recuperó de mi desidia con su característica y abasallante personalidad.
-dale Rubén, no te me vengas abajo justo ahora, eso es lo que quiere Keller, desmoralizarnos antes de llegar a la recta final.

lunes, 24 de enero de 2011

capítulo treinta y dos

Al otro día nos despertamos temprano y fuimos a desayunar a La Colonial, pedimos café con leche y medias lunas, Timoteo me confesó que, si bien él le era fiel al gallo pinto en la mañana, ultimamente se sentía un poco hastiado de aquel plato, y me hizo un repaso de los dos ó tres lugares en San José donde servían el mejor gallo pinto, lugares estos, que le había costado años detectar.
También me pasó el dato de media docena de lugares donde, ni por asomo, devería ocurrirseme pedir, ya no solo esa, sino ninguna comida. Le dije que no estaba en mis planes volver por un buen rato, pero llegado el caso, lo buscaría para refrescarme la memoria.
Después me habló de las tres o cuatro diferencias básicas, entre las empanadas ticas y las argentinas, que eso merecía un capítulo aparte, dijo.
- Para empezar nene, la empanada tica no es de harina de trigo, sino de maíz, eso ya lo sabés, y es estríctamente frita. Las diferencias más sutiles están en los rellenos, las ticas tienen cuatro sabores básicos, de papa con picadillo de carne, o de frijol, o de frijol con queso, o de pollo, muy pocas veces de carne, pero en ese caso es de carne en hebras, nunca carne picada. También está la opción de la empanada arreglada con repollo blanco, mejor si este está bien rallado, a la que además se le agregan salsa de tomate y mayonesa, salsa inglesa, tabasco, en fin...
Una cosa llevó a la otra, y siguió la charla hablando de mujeres.
-Escuchame lo que te digo nene, la mujer tica está cada vez más globalizada, vive a la moda, sobre todo en San José, se ha mimetizado con la mujer global, esa que es igual en todos lados. Pero a mi, ¿que querés que te diga?, a mi me gusta el proletariado, me gusta la mina popular ¿viste?, la tica bien tica.
Mientras el padre tiempos desgranaba sus soliloquios de erudito, yo miraba por la ventana las calles del centro de Buenos Aires, escenario del perrerío más infernal que cualquier hombre pueda soñar jamás.
Al medio día fuimos a Guerrín a comer pizza y tomar vino, Timoteo me hizo llevarlo cuando le dije que hasta allí había seguido a Zorbich la primera noche.
No sé si lo mencioné, pero la pizzería Guerrín es el reducto de la fauna más freeck de Buenos Aires, lo cual ya es mucho, pero mucho decir.
Mi amigo sugirió, y no pude sino estar de acuerdo, abocarnos al asunto que nos preocupaba, que no era menor, pues como ya sabemos, Keller Zorbich estaba vivo en algún lugar y tramaba el tan mentado, y nunca bien ponderado, fin del mundo.
Dijo que a partir de ese momento, lo mejor sería estar constantemente en contácto, entonces intercambiamos los numeros de celulares, y me propuso, dada la gravedad del asunto, ponerle al mío el mismo ring tone que tenía él para el suyo, le hize una llamada pedida para saber de que se trataba, y al sonar su celular, una voz urgente se hacía escuchar diciendo: -¡¡¡atendeme hijo de puta, ¿estás ahí?!!!
Nunca me llevé bien con todos estos adelantos tecnológicos, pero me hizo destornillar de la risa y adopté su ring tone.
Al pedir el segundo litro de tinto de la casa, nos habíamos olvidado de Zorbich y nos dedicabamos a divagar sobre poétas y pintores.
Timoteo insistía en defenestrar a Juan Gelman y Guillermo Kuitca, yo en defenderlos.
Después recitó de memoria un poéma de Jorge Bocanera, según dijo, del libro "sordomuda". El poéma no estaba nada mal.
Al anochecer salimos de Gerrín y nos fuimos de bar en bar recorriendo la ciudad hasta llegar a La Boca. El alba muy nublada nos encontró en el puerto, debajo del puente de hierro, cerca de la calle caminito.
Hicimos silencio por espacio de una media hora apróximadamente. De repente el padre tiempos rompió aquel silencio, y levantando los puños al cielo gritó: -¡Zorbich, hijo de puta, vengo a por tu alma!
Y de repente un trueno, seguido de un rayo, seguido a su vez de una tormenta que duró todo ese día, irrumpió en la ciudad de Buenos Aires, escenario involuntario de la batalla que decidiría, tal vez, el destino de la raza humana sobre la tierra.
Nos fuimos al hotel, cuando llegamos a la puerta de su habitación le pedí que me mostrara la pierna y accedió, lo que pude ver me dejó perplejo, de aquel aparato centellaban unas luces de colores brillantes y emitía un ruidito simpático, Timoteo sonreía complacido y la acariciaba diciendo: este es el secreto mejor guardado de la tecnología cubana nene, Fidel me encargó personalmente que lo pruebe.
Después nos fuimos a dormir.
Al otro día desayunamos tafirol y té con limón, por la tarde me fuí a verla a Tatiana, llovía y no se podía estar en la calle buscando a Zorbich ni a nadie.
Después de hacer el amor como pocas veces en la vida con ella, nos quedamos tendidos, ella se durmió y yo miraba el techo, me puse a pensar, si acaso Tatiana o cualquier otra persona, podría dormir con aquella paz si supiera del peligro que nos hacechaba. Después me dormí yo.

Tuve un sueño, no se si calificarlo de extraño, o de sumamente extraño, me inclino por lo último.
Soñe que Paul Mc carney aparecía en una propaganda de televisión, hablando sobre su campaña en contra de la industria vacuna y el consumo irrestricto de carne, decía que la mejor manera de mantener vivo el recuerdo de su difunta Linda era concientizandonos a todos sobre estos temas, sobre la toxicidad de aquella industria y sus nefastas consecuencias.
Según pude entender, el secreto está en los gases que emiten las vacas, ya que sus pedos en proporciones industriales, son incluso más malignos que los automóviles o los desodorantes, para la salud de nuestra atmósfera, valla, pensé dormido, seguro que no faltará el idiota que se ría con algo tan serio.
Desperté con la amarga sensación, de que si acaso las revelaciones de mi sueño fueran ciertas, las pobres vacas y sus pedos serían tal vez más peligrosas que Zorbich y su ejército clonado y robótico, en tal caso, todo lo que aquí se cuenta no sería más que un oportunista relato, en busca de lectores ingenuos, y que utilizando el recurso tan en boga de la caza de nazis, pasa por alto problemas ecológicos profundos.
Luego pensé en lo ridículo de la post-modernidad.
En el advenimiento de la Hipermodernidad.
En como se confunden tanto las cosas llegado cierto punto.
En Timoteo Sarduy.
En Keller Zorbich.
En la pobre y difunta Linda Mc carney.
En Estrella.
En Tatiana, con ese hermoso culo a mi lado, reposando ajena a todo esto.
En el futuro.
En otros planetas.
Pensé incluso, en no pensar, en que tal vez lo único que necesitaba era caminar por la ciudad oscura y fría para apaciguar mi mente.
Luego tomé a Tatiana por la cintura y le descerrajé el culo y la concha a pijazos, ella se despertó y se regó incontables veces.

sábado, 22 de enero de 2011

capítulo treinta y uno

Cuando salí no había nadie, ni en el hall de entrtada, ni en el baño, ni en la calle, ni una sola alma, para colma llovía.
Caminé bajo los techos mientras pude, lo mismo que nada, un par de cuadras antes de llgar a la Avenida de Mayo, en una callejuela oscura, alguien chistó, torcí el cuello en esa dirección y me estremecí, bajo un umbral estaba Zorbich, que con una mirada penetrante y vos profunda me preguntó: -¿me buscabas a mi pive?
La visión duró un par de segundos, pues un fuerte golpe que me asestaron en la nuca me hizo desmayar.

Cuando me desperté el sol me daba fuerte en la cara, me dolía la nuca y la cabeza, y al parecer me habían golpeado más que eso, pero pude incorporarme y vi que me habían tirado en un basural, un terreno baldío cerca de donde encontré a zorbich, y a quien quiera que fuera que lo acompañase
Salí de allí llamando la atención de los transeúntes, consulté mi reloj: las dos de la tarde, no fui a buscar a Timoteo al aeropuerto.
Pero cuando llegué al hotel él me esperaba a mí.
- ¿Que te pasó che? pensé que me ibas a estar esperando, ¡como te dieron!, ya sé, no me digas nada: Keller te cagó a palos y huyó.
- Casi, fué alguien que estaba con él pero no lo pude ver.
- bueno, no te preocupes, el ya te encontró a vos, y cuando se entere de que yo vine, si acaso ya no lo sabe, va a volver a atacar, se va a armar una buena y tenemos que estar preparados. ¿por que mejor no te vas a descansar?, no te ves nada bien.

El padre tiempos estaba igual o mejor que hacía diez años, la única diferencia notoria, a su favor también, era una prótesis en la pierna que le faltaba, la cual acariciaba con placer mientras me decía: -mirá, ¿te gusta mi bebé?.
Me fuí a duchar y a dormir, dejé a Timoteo en La Colonial tomando un aperitivo con ingredientes.
Pasadas las doce de la noche me desperté de mi siesta, fuimos a cenar al mismo lugar y me puso más o menos al tanto de los devenires de mi lejano país, en el que, según sus palabras, siempre pasan cosas interesantes, y no es que yo no le creyera, era solo que no opinaba igual.
Finalizó su exposición diciendo: -espero terminar pronto con el trámite Zorbich, no quiero estar acá cuando venga el infierno, digo, el invierno, ¿como hacés para aguantarte el frío nene?
No sabiendo muy bien que responder, acudí a mi manual de frases hechas diciendo algo así como: -bueno, nadie es profeta en su tierra, o: peór es el invierno del alma, o alguna estupidez por el estilo.
Luego de un silencio me preguntó: -¿y estás escribiendo algo?
- No, me publicaron un par de libros y después me trabé, estoy entrevistando escritores para una revista.
Después de la comida, que consistió en sendos pasteles de papa y vino de la casa, fuimos al grano, Timoteo me contó las andanzas de Zorbich, durante más de dos horas me relató una historia que, en cualquier otra circunstancia hubiese sonado increíble, pero a aquella altura del partido, mi mente yá había creado todo tipo de anticuerpos contra el escepticísmo: nada me resultaba imposible. Empezó así: -nene, esto que te voy a contar es; LA VERDAD DE LA MILANESA.
¿sabés algo sobre los últimos adelantos de la ciencia en cuanto a clonación y robótica?
- Algo, lo que sale en los diarios.
- Te pregunto porque el grueso de la gente, cuando se habla de estos temas se piensan que uno está un poco tocado. ¿Vos como lo ves?
- bueno..., medianamente infomado etoy, como te dije, sé lo que está pasando hasta cierto punto.
- La cosa es así: con Hitler en el poder, los alemanes avanzaron mucho en esos campos, si bien ellos filtraron mucha información sobre teorías ridículas con las que decían estar experimentando, se guardaron muy bien la información valiosa, porque eran cualquier cosa menos boludos, y los que sobrevivieron a la guerra y lograron escapar de la justicia, como Keller, siguieron en esa línea de inverstigación.
Pidió mas vino al corroborar que no quedaba una gota y siguió: - si decís que algo sabés, suopongo que no te digo nada nuevo si te digo que en general, los científicos, no siempre le dicen a los diarios o los noticieros todo lo que han avanzado, solamente tiran alguna punta, a ver: si vimos en la tele a la oveja Dolly, podemos apostar dinero con los ojos cerrados, a que ya hay entre nosotros experimentos de clonación humana, si nos enteramos de que la Sony presentó en sociedad, en la última exposición de robótica en Tokyo, su prototipo de robot para este siglo que viene, tenemos que dar por hecho que el año que viene los empiezan a fabricar en serie, Terminator ya no es solo una ingenua película...

Después de más vino continuó con una pequeña historia de la genética y la robótica, el descubrimiento del A.D.N, y confieso que bostezé un poco, a pesar del entendible entusiasmo de Timoteo, pero aún dormido como estaba, llegué a escuchr cosas sueltas: el aterrizaje en La Luna, Stanley Kubric, grandes mentiras... cuando me recuperé, ya Timoteo parecía estar terminando.
- En definitiva, mi querido Rubén Arrieta, los únicos tipos que reálmente avanzaron fusionando ambos campos han sido los nazis, y no me extrañarían tres cosas: 1. que no sea uno, sino varios Keller Zorbich los que nos hacechan, 2. que estos no séan solamente clones, sino también robots...
Luego se quedó pensando, buscando provocar en mí un efécto de ansiedad, lo cual no le costó mucho, y le pregunté: -¿y la tercera cosa?
-la tercera cosa, Rubén, es la más nefásta de todas, pues mucho me temo que en algún lugar de este país, hay un ejército de pequeños retoños de Adolf Hitler, mitad robots, mitad quien sabe qué, esperando para conquistar el mundo, no sé si me explico: ¡Huston, tenemos un problema!
La cara de loco que puso cuando dijo esto último, logró asustar al mozo, que en ese momento nos dejaba la cuenta en la mesa, haciendonos entender que yá cerraban.
Estabamos cansados, pagamos y nos fuimos a dormir.
En el camino al hotel lo felicité por su nueva pierna, a decir verdad no había reparado mucho en ella, era un artefacto asombroso.

viernes, 21 de enero de 2011

capítulo treinta

Salí del edificio y me metí en un locutorio para hablar con Timoteo, pero me dió ocupado en el primer intento y nadie atendió en el segundo, lo intenté otra vez pero tampoco nada.
Caminé varias cuadras y volví a insistir, pasó lo mismo, o sea: primero ocupado y luego nada, nadie. Todas las veces que llamé esa tarde pasó lo mismo, con una ligera variante, la primera vez nadie y la segunda ocupado. Pasé varias horas así hasta que al caér la tarde le mandé un mail, estaba ansioso por ver la cara que pondría al enterarse: -¡¡¡urgente para el Padre Tiempos!!!, Keller Zorbich está vivo en Buenos Aires, o eso me temo, por favor espero instrucciones lo más rápido posible.
Luego deambulé como un zombi tratando de dar con el aparecido, pero no.
Al otro día por la mañana aún no había respuesta, volví a llamar y me atendió al primer intento, no había leído mi mail, nunca revisa los correos, le dije la noticia y el me contestó que ya lo sospechaba.
Las instrucciones fueron buscarlo sin descanso y esperar la llegada suya, trataría de conseguir pasaje para ese mismo día ó el siguiente. Cuando lo llamé al día siguiente no atendió, me había dejado un mail diciendo que seguramente ya estaría de viaje cuando lo leyera y que llegaba en treinta y seis horas en un vuelo de Taca vía Lima.
Era miercoles, me sentí aliviado, pero no me imaginaba ni por asomo la guerra que se acababa de desatar, lo que podría ser, pero no, la batalla final entre Zorbich y Timoteo Sarduy, un fin de época con bombos y platillos si los hay.
Aquella noche Zorbich se me había escapado, es decir, tuve que dejarlo ir, la maldición de la picha dura y todo eso. Como todavía faltaba la noche del miercoles y todo el jueves para la llegada del padre tiempos, decidí dedicarme a hacer un rastrillaje por la ciudad, tal vez el microcentro y la zona del bajo, ya que no sabía donde empezar me dejé guiar por mi intuición, aquel recurso que el mismo Keller me había enseñado a contemplar.
La busqueda de esa primera noche fué exaustiva pero estéril.
Caminé el bajo desde Parque Lezama hasta el Museo de Bellas Artes, volví por recoleta hasta Corrientes y Callao, luego al obelisco, la noche estaba espléndida.
Recorrí también algunas calles aledañas, pasé por Congreso, tomé la Avenida de Mayo, era otoño, a mi parecer la estación más bella en esa ciudad, de los árboles cáen las hojas secas y corre un viento frío pero gentil, hay una cierta garúa, es el escenario perfecto para una buena trama de suspenso, con esa tenue luz amarillenta que se refleja en los adoquines del barrio de San Telmo.
Y el escenario perfecto también para el amor. De nuevo en el bajo me había subido inconscientemente, o no, en un colectivo de la linea 152, y casi sin darme cuenta me había bajado a dos cuadras de la casa de Tatiana, me sentía rendido, necesitaba una cama y una mujer para relajarme, enseguida estuve frente a su edificio, eran las tres de la mañana cuando toqué el timbre, y su calida voz sonó por el frío portero eléctrico.
Pasamos una hermosa velada romántica.
Me levanté a la una de la tarde, ella estaba hablando por teléfono con alguno de los productores del teatro de revistas, un viejo verde que además era dueño y señor de varios programas telvisivos desde hacía varias décadas, y de cuyo nombre no quisiera acordarme, cuando colgó fornicamos a gusto en el sillón.
Después nos enjabonamos en el baño bajo la ducha.
- ¿Me estás escribiendo un poema?
- Si, es un soneto largísimo, te va a encantar.
La di vuelta y la penetré por atrás.
Luego de comer una pizza que encargamos, la mayoría ella, salí a la calle y reanudé la búsqueda.
Esta vez rrecorrí gran parte de Buenos Aires pero debajo de la tierra, en el subterraneo, también Caminé por Belgrano, luego Constitución, más tarde Almagro, nada de Zorbich.
Ya cansado al anochecer entré al cine arteplex, en diagonal norte frente al ovelisco, y me quedé dormido, solo recuerdo que daban una película de David Lynch que ya había visto, las vi todas, pero no recuerdo cual era.
Soñe con el padre tiempos que me decía: -¿lo encontráste a Keller nene, o te quedaste dormido?, entonces desperté sobresaltado y sentí una presencia en la sala casi vacía, alguien me estaba obsevando, me dí vuelta y ví que una sombra salía, ¿Zorbich?.
Me levanté y fuí tras él.

capítulo veintinueve

Volviendo ahora a la calle Corrientes, recordemos que yo me había propuesto un seguimiento del grupo aquel donde había descubierto a Zorbich, a una distancia que creí, erroneamente, prudencial,hasta que entraron en la pizzería Guerrín y se acomodaron en la barra a comer pizza con fainá de parado y tomar moscato, creo. El viejo brujo aventajó a todos pues se zampó varios vasos y porciones, poniendose enseguida dicharachero y jodón.
Cuando pasado poco más de una hora ellos salieron, y yo pretendia seguir con mi espionaje, ocurrió un imprevisto, una infartante rubia de esas que solo se ven en Buenos Aires, salía de algún teatro banboleando su monumental culo a diestra y siniestra, parecía bailarina, con aquellas increíbles piernas, para colmo de males, al decirle yo un piropo ocurrió lo imprevisible, la muy zorra me sonrió, captando así mi completa atención, que antes estaba concentrada en el grupo que salía de la pizzería.
La maldición de la verga dura ejercía su poder en mí, los que la conocen saben de lo que hablo, no te deja razonar ni pensar en otra cosa.
Me hacerqué a la rubia y ella seguía sonriendo, en mi cara se había dibujado el equilibrio perfecto entre hombre de mundo experimentado, y tonto romántico tomado por asalto, mi verga acompañaba cada latido de mi corazón, latía también, y entonces le pregunté: -perdón, ¿te conozco?
A lo que ella contestó con apariencia sumisa: -no, pero yo a vos si.
- ¿Y de donde me conocés?
-¿no sos poeta?, el otro día te ví en un recital de poesía en el teatro San Martín, tengo tu libro.
-Así que te gusta la poesía.
-si, mucho, ¿me firmás el libro porfa?
Dijo, sacándolo de su cartera, se lo firmé.
La invité a tomar algo y aceptó, y en aquel momento volví a escuchar la voz del brujo a mis espaldas: -¡bueno, pero la próxima vez comemos ranas!.
Me dí vuelta, esta vez nuestras miradas se enfrentaron desafiantes, como diciendo yo, o más bien pensando: -te conozco y vos a mi, esto no se va a quedar acá, nazi de mierda.
Y como diciendo, o pensando él: -esta vez te mato en serio, negrito culo roto.
Pero ambos seguimos con lo nuestro, él con su grupo, yo con la bailarina tetona que después dijo llamarse Tatiana, pero que le podía decir tati, y que en ese momento me preguntó asustada:
-¿que te pasa, viste un fantasma?
A lo que contesté: -si, veo fantásmas hasta en la sopa, es un problema intimamente relacionado con el acto de la escritura, "veo gente muerta", ¿a donde vamos?.
- Donde te parezca, pero rápido porque tengo hambre.
Entramos en Guerrín y pedimos lo mismo que Keller y su tropa, ella comió con avidez,
pudiendo haber competido con aquel en eso, incluso cuando después se puso dicharachera y jodona, valla si gozó como una loquita.
Aquel perfume francés y su pelo rubio taladraron mi cerebro toda la noche, y arremetí contra sus nalgas a los cahetazos mientas ella se venía una y otra vez, y otra más...
Tener mis libros en calle Corrientes y dar recitales no me deparaba dinero, pero si otros placeres.
Luego de un intenso y sostenido ultimo round ambos quedamos dormidos en su cama, pues habíamos ido a su departamento, un lugar a todo trapo en avenida Santa Fé al que, que según me dijo después, se había ganado trabajando con su cuerpo, o más bien con una parte específica de este.
Cuando desperté a la mañana siguinte, lo primero que ví fué el hermoso culo de tati desfilando en baby doll y tacos altos por la habitación, mientras abría las persianas y se dirigía a la ducha invitandome a enjabonarla. No la hice esperar demasiado.
Luego preparó jugo de naranja, y mientras lo bebimos preguntó: -¿café o mate?
-Mi condición de nacido en Costa Rica me impide empezar el día con otro brebaje o líquido que no sean café, jugo de fruta o guaro, nuestra bebida nacional (le respondí).
Pero cuando me dispuse a saborar el humeante yodo que me había preparado, los acontecimientos de la noche anterior acudieron en tropel a mi memoria, Zorbich estaba vivo, y suelto, en algún lugar de Buenos Aires, tenía que comunicarme a Costa Rica con Timoteo de manera urgente, así que le pedí disculpas a la niña, le dí un beso y me despedí.
Antes de llegar al ascensor, oí su quejumbrosa voz por el pasillo que clamaba: -¡te perdono si me escribís un poéma!
Volví sobre mis pasos y le juré todo un libro para ella sola, juramento que sabía ya de antemano falso, pues entonces solo una mujer merecía mi inspiración, y luego dos, pero ninguna era ella.