martes, 26 de julio de 2011

capitulo cuarenta y tres

Es una mujer, tiene entre 30 y 35 años, y la lente de mi imaginación hace un zoom lento pero seguro, cuando la ve venir caminando con un maletín de cuero negro en la mano izquierda por el Parque Nacional, frente a la biblioteca, una cuadra antes de lo que alguna vez, hace ya demasiado tiempo, o tal vez no tanto, fue la fábrica nacional de licores.
Es una chica decidida y camina con paso firme, es muy atractiva, tal vez demasiado, o sea que provoca los bocinazos de los conductores, tal vez una frenada abrupta, por que no un pequeño choque, los tipos le dicen cosas al pasar, a veces hermosas y tiernas, a veces no tanto. Ella hace caso omiso, los ticos son demasiado babosos. Es negra, alta, tal vez un metro ochenta y dos, delgada pero macisa, muy elegante al estilo ejecutivo, medias negras, tacos, en fin, etc. Es de apellido Dixon, o Campbell, o alguno por el estilo (es ficción), se llama Winona, empezemos de nuevo.
Una tarde de finales de verano, como cualquiera de esas hermosas tardes de finales de verano en San José (aqui debo informar al lector, que en Costa Rica verano e invierno se definen, no por calor y frío, sino por temporada seca y lluviosa, respectivamente) Winona Campbell (o Dixon, o como sea) camina con paso firme por el Parque Nacional rumbo a la biblioteca. Está exultante, a punto de rendir su tesis de criminología en la universidad, y hace poco entró a trabajar en el organismo de investigación judicial, el O.I.J.
Después de sacar unos libros de la biblioteca, al pasar por el paredón del Museo de Arte Costarricense, recuerda su niñez y el olor a guaro dulce que se desprendía de lo que antes era la fábrica de licores. Al llegar al puente, delibera por un instante si cruzarlo y dar la vuelta en la esquina, o bajar por las escaleras, se inclina por lo último, dirigiendose a la avenida central, y una vez allí, da vuelta hacia la derecha y se encamina al bar Chelles, donde se sienta frente a la ventana abierta que mira a la avenida y pide una birra, helada en lo posible, y por favor que sea una Bavaria. Y prende un cigarrillo Delta, o Ticos, jamás un Rex. Recién entonces saca unos papeles del maletín y se dispone a revisarlos.
Son unas fotocopias de periódicos de hace veinticinco años atrás, y algunas páginas que bajó de internet, y que se refieren a la masacre de Alajuelita. Ella se pasó ocho años de su vida quemándose las pestañas en la universidad, casi exclusivamente para investigar este crimen, ya veremos porqué.
Luego del tercer cigarrillo y la segunda birra pide la cuenta, toma el celular del maletín y llama a su novio, César, un argentino que trabaja cerca de allí en una agencia de viajes, más precisamente a dos cuadras del Chelles, como quien va para el centro comercial Ovni, si acaso todavía exíste...
-¡¡idiay papitoo, ¿que hubo?, lo estoy esperando aquí solita!!
-hola mi amor, perdón mucho trabajo, pero yá terminé, en 15 minutos estoy allá.
-okey, pero zóquele, apúrese, que este lugar se está llenando de zopilotes (buitres).
Efectivamente, un par de mesas se han ido llenando, y todas con hombres, turístas y marines yankis, o locales, pero de cualquier manera todos clavan las miradas en ella, como lo haríamos ustedes o yo si estuviesemos allí, para que mentirnos.
Winona pide un café negro pequeño para minimizar el efécto de la birra y el aliento a tabaco, ya que Cesar es deportísta y no le gusta que ella beba o fume, pero que remedio, con semejante hembra tiene que hacer algunas concesiones, de todas maneras ella pide el café.
Cesar además toca el bajo en un cuarteto de free jazz. Eso por ahora.
Viene Cesar, mide dos metros y tiene más físico que cualquiera de los turistas o marines que están en el Chelles, ojos color miel, es rubio y se le nota solamente por las cejas ya que está rapado, parece un skin head pero no lo es, nada más lejano, cualquiera se lo pensaría un poco antes de contradecirlo, aunque fuese un rudo marine acostumbrado a torturar en la guerra, sobre todo por el tamaño de sus manos y por su mirada, la tiene de asesino serial cuando no la está mirando a ella, y aveces cuando la mira a ella también, pero ella sabe que es tierno y dulce como un osito de peluche, los demás no lo saben.
Se dan un romántico y apasionado beso, el pide un licuado de mango en leche, lo bebe con fruición y disfrutándolo mucho, es de esa clase de persona que disfruta mucho cada cosa, es mi alter ego, uno de tantos que tengo.
Luego ella paga el licuado y salen de la mano, el no ha cobrado aún el sueldo y ayer pagó el alquiler. Los del Chelles se babean mirando ese culo moreno (como sin dudarlo un segundo, haríamos ustedes o yo de estar ahí) bambolearse a diestra y siniestra de manera salvaje, se imaginan cosas, Cesar se da vuelta amenazante, todos disimulan, algunos inclusive silvando una estúpida tonada, en fin, una hermosa postal josefina.
Más tarde van al cine, una de pedrito Almodovar, al salir toman otros dos refrescos, esta vez de cas, esta vez en Manolo´s, y se van caminando hasta el departamento que alquilan a unas pocas cuadras de allí, donde al llegar, se desnudan y hacen el amor como los dioses por dos horas, con algunos recesos, pero aquí no entraremos en detalles. Luego se duermen hasta el otro día, así todos los días, viven el paraíso en la tierra, aunque lamento informarles que no por demasiado tiempo...

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