miércoles, 28 de abril de 2010

capítulo diez

A decir verdad, el monstruo no era muy amigo de acostarse con las putas, aunque si había tenido un par de etapas de su vida en las que salió con algunas, incluso con alguna en especial, más de lo aconsajable. Pero lo cierto es que no lo exitaba gran cosa la idea del comercio carnal sin más, no le gustaba la mujer que finge orgasmos, aunque sea su trabajo.
Si acaso se acostaba con una puta, pretendía al menos que esta gozara, para lo cual, decía él, tenía que haber algo prebio, como una atracción mutua, seducción, charla, acercamiento, piel, algo de acción...buena química. Entonces no tenía problema en pagar.
Esta vez era indudable que hubo acción, y la chica a su lado estaba toda mojada, por lo que la volvió a culear.
(Nota del escritor: puta no es una mala palabra, con perdón de los creyentes).
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Cuando el monsruo tenía la edad que ahora tenía Katia, años más o menos, Nelson Hoffmann, el famoso conductor televisivo, comenzaba su reinado de décadas en el programa de videoclips "Hola juventud", desde el cual se metía en todos los aparatos y las casas de los adolescentes ticos, ejerciendo su extraña influencia musical, un programa de formato bastánte audaz, y muy adelantado para su época, en cuanto a contenido.
Todavía no habían nacido las mega-cadenas del gran país del norte que luego acapararían el negocio de la música en clip.
Hoffmann no solamente tenía un muy buen criterio, sino que además interpretaba muy bien el gusto popular de la juventud tica, y de no haber sido por ese programa, jamás hubieran visto en movimieto a los Rolings stones interpretando "Undecover", u otros de la época, o a The police, con "Cada pequeña cosa que ella hace es magia", o a los Kiss, con la fabulosa y cosquillosa lengua de Gene Simons.
Aunque también es bueno reconocer, que de no haber estado Hoffmann con su programa se habrían evitado el mal trago de "Menudo", o "Los chicos", o "Los abejorros", grupos estos, de los que más tarde saldrían incontables clones. Pero bueno, la oferta del programa era amplia y democrática, y la industria discográfica nacional, por demás módica.
Bastante tiempo después, hizo su aparición Rupert Alvarado, en Radio uno, y fué allí, donde un grupo de valientes, "Café con leche y Los de a bordo", le ganaron al menos por una vez, a aquellas poderosas mega-cadenas del país del norte, cuando la canción "Los pollitos", le ganó a "La isla bonita" de la todopoderosa reina de la industria discográfica, ya no del norte sino de el mundo todo, Madonna, la cual, más que seguro, tal vez nunca se enteró de esto. O tal vez si, tal vez su impresionante cuenta bancaria sufrió un leve descenso esa semana, y a ella, pobrecita, se le atragantó el desayuno.
Esos eran los últimos días de la movida-vanguardia, el apocalípsis definitivo de toda esperanza de salvación para el arte por amor al arte, el advenimiento de un fantasma como no se había soñado jamás, el dios mercado.
Aquellos días en que los "Cafe con leche" desgranaban sus canciones y monólogos en una disco purete y pola de la avenida central que ya no exíste.
Ahora, mientras Katia dormía, el monstruo, que cada vez dormía menos menos, pensaba en que tal vez sería bueno volver a juntar a su grupo de rock, el regreso de "Los fármacos", con un remixado de grandes éxitos.
Cuando se lo comunicó a su primo, este fué bastante más pesimista, y le dijo así: -si claro mae, buenísimo, pero le podrías poner mejor "Las momias", o ¿que tal "Jurasic park segundas partes nunca fueron buenas"? por favor primito, no seas tán huvón, ¡el rock ha muerto, viva la música electrónica!
Y más tarde, ante la persistente tendencia de su primo Carlos a criticarlo y ver la parte negativa de todo, el monstruo sacaría la conclusión de que tal vez estaban pasando demasiado tiempo juntos, y que quien era él para aprovecharse del tiempo de los demás, solo por haberse decidido a ser artísta, lo que equivalía en esa familia y esa sociedad, al suicidio, pués los demás tenían vidas comunes y corrientes, y querían seguirlas teniendo, y estaban en su derecho.
El monstruo entendió todo esto, y decidió dejar de verlo por un tiempo. Pero también concluyó por pensar, que su primo tal vez tenía razón, y lo mejor era olvidarse de todo y dedicarse a aquel presente, al menos en lo que se refería a esos temas.
Todo era tal vez, y odió ponerse tan relativo.

Decidió entonces continuar con su búsqueda y volver al mismo lugar, porque se le ocurrió que tal vez (maldición), las personas que había entrevistado recordarían ahora un dato que no túvieron antes en cuenta, que no tenían muy fresco y luego sí, o que alguien que acaso conocía a Estrella y no estaba esa vez, estaría esta otra, esas cosas que pasan...

miércoles, 14 de abril de 2010

capítulo nueve

Cuando el monstruo se fué veinte años atrás, pero en realidad bastante más, pues tengase en cuenta amable lector, que lo que ahora narro en realidad ya pasó, aunque está bien, puede ser que siga pasando ahora, cada vez que alguien lee esto, pero aquella vez entonces, cuando se fué decía, de su país, había decidido que no recibiría un solo centavo más de la fortuna familiar, que se independizaría como un hombrecito, porque a fin de cuentas, ya había comprobado que le iba a ser imposible gastar toda la fortuna, aunque viviera dos veces. O inclusive tres.

Pero tampoco estaba acostumbrado, ni dispuesto, a trabajar, pues había nacido para el arte y la vida bohemia.
En Colombia se instaló en Medellín, o Metrallo, que así le dicen por Medallo. En fin.

Y en Metrallo entonces, conoció gente de la alcurnia y la vida discipada y frívola. Y, como es sabido, en Medellín todos, o casi todos los de la alcurnia tienen algún pariente o amigo implicado en el negocio de la droga. O por lo menos el amigo de un amigo, o el pariente de un amigo o viseversa.
Eso, por supuesto, si es que acaso no están implicados ellos mismos directamente, sin ir tan lejos.
Y el monstruo, habiendose hecho amigo de un grupete, un buen día se metió en el negocio de la droga. Y valla si le fué bien.

No es que se haya forrado de billetes como su padre ni mucho menos, pero le fué bastante bien, le tomaron aprecio por su honradez para con las personas que le brindaban su confianza, por lo que, después de poco más de un año de ganar para sobrevivir holgadamente, un buen día lo mandaron a Europa con cuatro kilos, y los gastos pagos, más algo de efectivo.
Ocho mil dólares, con los que pasó allí tres meses, primero como un rey en buenos hoteles pagados por sus jefes, y luego no tan bien, pero tampoco tan mal.
Cuando volvió siguió haciendo entregas pequeñas y trabajitos de rutina, pero ya tenía otro prestigio.

Y un buen día le ofrecieron un trabajo más dificil.

Había que meter un cargamento grande en Argentina, tal vez ciento cincuenta quilitos o así, pero para eso, era necesario que atraparan a un tonto en el aeropuerto, con un quilo, para desviar la atención de las cámaras y los periodistas, y que el gran cargamento pasara sin problemas, y todos pudieran fotografiar y filmar el más pequeño e insignificante. Y fotografiar además, al tonto que lo trajo, mientras el otro cargamento pasaba por detrás, tal vez a solo unos metros de las molestas camaras. El tonto venía a ser el monstruo.

Le dijeron, que generalmente no le dicen nada al que va de punto, pero con él era diferente, pues había demostrado valor, y había ganado la confianza de ellos, por tener semejantes cojones, y por eso se lo informaban, y le ofrecían otra buena suma, esta vez diez mil, pasaría un tiempito tras las rejas, tiempo este, en el que no le faltaría nada, ni seguridad, pues ellos tenían gente adentro, saldría en un año o menos, y sin consecuencias futuras.
En realidad no era que le tuvieran tantísimo aprecio, sino que sabían lo que podía esperarles si el monstruo se sabía traicionado, tal vez una muerte lenta y cruel, o rápida pero muerte al fin.
Pidió quince mil, se los concedieron. Pidió permiso para retirarse después de la misión, se lo concedieron, no sin aclararle que se lo iba a extrañar y podía volver cuando le plazca.

Dió las gracias y se fué.

Así fué como el monstruo conoció el país de Borges y Roberto Arlt, de Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnick, entrando por la puerta grande de una carcel. De la que salió un hermoso día soleado de primavera, todas esas argentinitas solo para él, con quince mil en el bolsillo.



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Cuando se levantó de su siesta, después de catorce, o diecinueve horas, o tal vez más, fué al baño, donde cagó a gusto y meditó en las vueltas que dá la vida.
No había en su casa, nadie más que él y su madre, pues la criada había salido de compras.
El monstruo salió sin dar explicaciones y comenzó su búsqueda.

Día uno.

Caminó por La Pitaya, en las inmediaciones de la fábrica Colgate-Palmolive, en el límite con barrio México. Esrtella vivía en una calle de esa zona, pero él no estaba seguro de recordar exáctamente en cual, caminó casi dos horas ida y vuelta varias veces y alrededor, hasta que dió con el lugar, todo lo cual le hizo sospechar que el destino, o lo que fuera, no se lo estaba haciendo fácil.

Tocó la puerta, pero Estrella no fué quien atendió, y nadie sabía nada de ella ni de su familia, tampoco en la casa de al lado, tampoco en la de enfrente, ni mucho menos, en las otras trescientos cincuenta millones de casas donde preguntó.

¿Devemos aclarar que la situacción fué desmoralizante?

Tal vez, lo que si devemos aclarar, es que el monstruo, a pesar de su montaña rusa emocional, se propuso no desmoralizarse así de facil. Entonces aclaremos: no se desmoralizó tan facil.
Decidió hacer un recreo, luego de cinco horas de infructuosa búsqueda, tomando unos guaritos con birra, y unas boquitas de yuca frita (que por cierto, no se consiguen en ningún rincón de Buenos Aires, ni con quince mil dólares en la mano ni con nada) en un barsucho de barrio México, una cantina de mala muerte donde se desayunan los campeones.

Y hete aquí, que por su porte y estilo, ya se dijo, el monstruo era de los que no pasan desapercibidos, sino más bien, un tipo que atraía miradas, indistintamente de mujeres u hombres, lo cual a veces acarreaba problemas.
Pero el monstruo, nuestro héroe, no era de los que le esquivan a los problemas, aunque tampoco se los andaba buscando, si estaban los enfrentaba, y punto.

Entonces, si por ejemplo, en ese lugarsucho de repente se le ocurría aquella vez, hacer su aparición a un pelagatos, un pelafustrán, un energúmeno cualquiera, disfrazado de gran señor, y en companía de una hermosa damisela, tal vez una puta, tal vez en un buen vehículo.
Y así sucedió, que la señorita, para poner celoso al remedo de don Juan, que la traía bien agarrada, como si fuese un trofeo, y que de seguro se tomaba ese día vacaciones de sus obligaciones conyugales, y entonces ella, sutilmente, miró de reojo o tal vez abiertamente, al monstruo, y era mejor para ella, un tipo elegante y hermoso, etc..., pero peór para su acompañante, que entró en el juego de la putita (que dicho sea de paso, estaba más que rica, o sea, más que culeable), y entonces el pelagatos, que no pudo con su genio ni con la verguenza que le provocó la situación, quiso pelear, aunque no sabía en lo que se metía, con un sujeto peligroso que estuvo en cárceles de sudamerica y todo eso, bla bla bla, hijo chineado de un político pesado, en fin.

Porque el monstruo, después de advertirle que con él ni se le ocurra meterse, inclusive dos veces, lo que nunca, aunque esta vez por respeto a la dama si, pero decidió no advertírselo una tercera, y rompió una botella, quedándose con la mitad en la mano, mitad esta, con la que le abrió un tajo al tipo en la cara, que le surcaría el rostro para toda la vida, a menos, claro estaba, que tuviese la plata que quería aparentar tener, y fuese luego a hacerse una cirugía.
De repente el tipo gritaba como un cerdo.
Y el monstruo, que no era de los que esquivan problemas, pero tampoco era tonto, antes de que asomase las narices la guardia rural, y tener que escuchar luego a papá, que además no lo sacaría si caía preso, pagó y huyó ipso facto, acompañado por la tercera en discordia, con la que se subió a un taxi, para luego perderse por las intrincadas y laberínticas calles de un San José cada vez más violento e impersonal, lleno de robots y trenes voladores a punto de despegar.

Terminaron en un motelito en San Francisco de dos ríos, y el monstruo tomó conciencia entonces, de cuanto extrañaba culear con una tica, aunque fuese una putica.

Después de un buen par de horas de darle gusto al cuerpo, quedaron tendidos boca arriba y en silencio, disfrutando de la calma que les proporcionó aquella descarga sexual sostenida e intensa.
-¿como te llamás?
-Katia
-que bonito nombre.
-gracias ¿y vos?
-Rubén.
-también es muy bonito.
-no, es un nombre de monstruo.
Ella se rió.
-¿y como es que una chiquilla tan linda termina de puta?
-porque tengo que ayudar a mi familia y es lo único que conseguí, y porque me gusta culear.
-¿cuantos años tenés?
-17, pero mejor no me hagás más preguntas, parecés un detective.

Se dió vuelta y quedó de espaldas a él.
El monstruo le pidió perdón y le acarició el pelo, ella se sentó en la cama y buscó en su cartera un cigarrillo, fumó con ansiedad.

El pensó que era hermosa, porque era muy hermosa, trigueña, de mediana estatura o alta, tal vez un metro setenta, o tal vez fueran los zapatos, lo cierto es que su pelo castaño y levemente ondulado le llegaba a la cintura, sus ojos almendrados color miel, sus pechos firmes y de buen tamaño diría Bucowsky (pensó el monstruo), y sus caderas anchas, su cintura de avispa, sus muslos bien torneados, en fin, no hermosa, sino perfecta.

Entonces decidió que, al menos por ese día, daría por terminada la búsqueda.

martes, 6 de abril de 2010

capitulo ocho

Cuando el monstruo se fué de San José, no solamente no existían los shoping malls, sino que, además, el escenario era muy otro, por ejémplo: Jóse Capmany y Enrique Ramirez aún estaban con vida , y competían con Madonna, e incluso llegaron a ganarle el primer puesto de los charts en radio uno, con la canción "los pollitos" contra "la isla bonita". Ellos eran "Café con leche y los de abordo"
¿Que quienes eran los de abordo?, pues Marquitos Elizondo en la guitarra, Marcelo Gali en la batería y Calilo en el bajo.
En esa época en que aún la globalización era solo un engendro posible y casi experimental, entre analístas y soñadores de Wall street, y los soplapollas de turno atrincherados en puestos claves de los gobiernos mundiales, un engendro que de repente, si, mostraba sus fauces a las poblaciones indefensas, en esa época entonces, la moda en San José siempre atrasaba un poco.
Pero no para el monstruo, que era un vanguardista por donde se lo mirase. En todos los aspéctos.
Y bien sabía, que un verdadero artísta, o sea, alguien que hace de su propia vida una obra de arte, no puede bajo ningún punto de vista, darse el lujo de tener mal gusto. Menos aún, en el vestir.
Entonces siempre fué un espécimen notorio, donde quiera que paseara su osamenta, así anduviese de gira por Los hatillos, o en Paso ancho, o comprando a los travestis motica de la buena en el cine Líbano, no descuidaba su indumentaria jamás, y aparecía siempre como un lord inglés, con un toque de ciber punck, pareciendose a Sting en "Quadropenia" o en "Duna", aquella peli de David Lynch.
Inclusive en Buenos aires, se las arreglaba para no pasar desapercibido, lo cual es mucho decir, pues los porteños son insoportables a la hora de ponerse competitivos.
Y eso no había cambiado nada con los años, su elegancia seguía incorregible, y de no ser por el porte viril que siempre lo caracterizó, hubiera dado para dudar de su hombría.


En fin, que de repente había vuelto, y estaba ahora frente a la fachada de su casa, que no le generaba tantas emociones gratas como la de sus tíos, así que tal vez era esta casa, entonces, el verdadero ley motiv de su huída, y ahora la tenía frente a frente, como desafiándose ambos, el y la casa, a un duelo de vida o muerte. Pero se armó de valor, cuando su primo tocó el timbre y dijo a quien atendía el contestador: -¡¡adivinen quien ha vuelto a casa!!

La que había atendido era su hermana Carolina, que salió a los gritos y a los saltos cuando lo vió, y se le tiró encima, abrazándolo y besándolo. Y detrás de ella su padre, que salió a saludar también a su hijo, con un fuerte abrazo, pero sin los saltos y los gritos de la chica, sino más ceremonial, como corresponde a uno de su calaña, y al abrazarlo, le dijo estas palabras: -Para un costarricense, nada mejor que otro costarricense, y para un Arrieta, nada mejor que dos Arrietas.
Su madre le sonreía, desde el umbral que separa la sala, del comedor, su territorio, del que parecía no animarse a salir sin permiso, hasta que su hijo extendió los brazos en ademán de recibirla, y ya no pudo contenerse y fué hasta él, por lo que el monstruo lagrimeó un poco más, como lo hacía cada vez más, desde que cumpliera los cuarenta. Y todo aquello, con su primo observando satisfecho desde la puerta, componía una hermosa postal familiar, un hermoso momento kodak, de esos que el monstruo siempre había detestado.

Más tarde cenaron frijolitos molidos, guacamole, patacones con salsa golf, tacos, arroz con pollo, tortillas de maíz, bebieron guaro y fresquito de tamarindo, y de postre dulce de chiverre, todo un banquete que en las pampas se extrañaba, pues los argentinos dijo, solo saben comer carnes rojas y pastas.
Tanta mota les había abierto el apetito, y comieron como piratas.
Y la cena fué agradable, tal vez muy agradable, y el monstruo notó que su madre se veía muy bien, y que al parecer, las cosas habían cambiado un poco.
Pero luego, caminando por el parque metropolitano La sabana con Carolina, a la que invitaron a fumar un purote después de la cena, ella le explicó que las cosas habían cambiado solo en apariencia, y que a su padre no le quedaba más que contener su furia, pués su nuevo puesto los convertía en personas más visibles, y el acesor de imagen recomendaba dar una apariencia de familia modelo. Su popularidad iba en aumento.
Entonces yá no maltrataba físicamente a su mujer por temor a dejarla marcada, o que tuviesen que enyesarla, y ser así la comidilla del país.

Y aunque Carolina tenía 35 años, y por lo tanto ninguno de los tres era un chiquillo, de repente volvieron a sentirse adolescentes, y estuvieron bebiendo birras hasta la salida del sol, y cuando el sol salió, Carlos condujo el carro hasta Puntarenas, y luego de viajar más de dor horas desayunaron gallo pinto y fresco de cas en el paseo de los turistas.
El mar estaba espectacularmente tentador, especialmente tentador esa mañana, después de tantos años, como hace veinte años, de hecho estaba igual, hay cosas que no cambian, y daban ganas de bañarse en sus aguas, e inclusive fundirse con el agua del pacífico, pero los muchachos no habían llevado pantaloneta, y les produció cierto pudor bañarse en ropa interior, pero a Carolina no, y se bañó de todas maneras. En realidad muy pocas cosas le daban pudor a Carolina.

Después se tiraron en la arena bajo las palmeras y se quedaron dormidos, volvieron al atardecer, ya sin un solo gramo de mota que fumar, volvieron en silencio, escuchando música bajito.

¿Por donde mierda comenzar a buscar? se volvió a preguntar el monstruo, y tuvo otra vez la misma idea, brillante y sencilla: comenzaría por el principio.

Cuando luego Carlos los dejó en su casa, con la promesa de seguir en contácto fluído, el monstruo durmió catorce horas seguidas sin parar, o quizá diecinueve.

No tenía ni la más remota idea de lo que lo aguardaba.
Ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir, reza el proverbio.