Cuando se dice que el monstruo tuvo una infancia casi normal, es precisamente porque tuvo una infancia casi normal.
A ver si se entiende: una infancia casi normal, en las sociedades machistas y paternalistas latinoamericanas, antes de que, a partir de los setentas se empezara a poner de moda el macho sensible, era una infancia con un padre presente pero ausente, tal vez un poco violento y déspota para asegurar su dominio, y que hacía de las suyas cuando le convenía. Esto es muy similar en varias partes del mundo, no es que sea exclusivo patrimonio de esta parte, pero tiene sus particularidades en cada zona.
Aunque en algunos lugares es peór.
Don Carlos Arnulfo Arrieta, fué en sus años mozos un hombre emprendedor y honesto, culto y metódico, con una leve inclinación por las bebidas, el alcohol y las mujeres. Tal vez un poco autoritario.
Con los años todos podemos exaltar nuestras virtudes, y sosegar nuestros vicios. O hacer todo lo contrario. Don Arnulfo tomó la segunda opción, con el agregado de que se puso violento con su esposa.
Esto explicaría, en cierta medida, las disfuncionalidades del monstruo, o no.
Porque una vez amasada su considerable fortuna, el padre del monstruo, el verdadero monstruo, entendió que el dinero solo atrae más dinero, pues ya lo dicen los que saben, que lo más dificil es el primer millón, entonces solo tuvo que preocuparse porque sus bienes se multiplicasen solos, y dedicarse (auxilio), a su familia.
Podría haber sido mucho peór, de hecho, la hermana menor del monstruo, Carolina, consideraba a su padre un gran ejemplo y lo imitaba en todo lo que podía, y lo defendía en todo lo que podía, y ahora trabajaba con él en el ministerio.
Después de un lapso impreciso de tiempo contemplando el paisaje de Las nubes, tal vez una hora, tal vez un par de minutos, tal vez todo el día, los dos primos volvieron en sí, cuando en medio de aquel delirio de marihuana, el monstruo atinó a decir: - mae, como extrañaba este lugar.
Luego su tía decidió quedarse, pues tenía cosas que hacer, y mientras ellos salían de la casa en el auto de Carlos, ella los saludaba desde la ventana de la cocina.
¿por donde corno comenzar a buscar? se preguntaba el monstruo, mientras decía adiós con la mano a su tía.
Bajaron a Coronado, y Carlos detubo el automóvil frente al parque, en el viejo edificio donde antes funcionaba el cine, y ahora remodelado, albergaba una tienda de electrodomésticos que ya había cerrado, pues pasaban las nueve , por lo menos la fachada era reconocible.
-¿te acordás del cine?
-¿como me voy a olvidar de este cine? ¡jamás!
-¿te acordás de las pelis que vimos aquí?
-claro, ¡escape de New yorck! por ejemplo.
- o ¡crónicas marcianas!
-¡¡o 2001 odisea del espacio, y la naranja mecánica!!
-¿pero esas las vimos aquí, no fué en el autocine de sabanilla?
-que va, esas aquí, en sabanilla vimos ¡¡fiebre del sábado por la noche!!
- ¿te acordás de Eulalia? que hijueputa mae, cine tico.
-y mexicano, ¡la niña de la mochila azul!
Comenzaron a cantar a dúo: ¡que te pasa chiquillo que te pasa me dicen en la escuela...!
Pero no pudieron continuar la canción`porque la cagadera de risa fue tal, que el monstruo abrió la puerta del carro y se tiró al piso riéndo.
cuando lograron ponerse serios, Carlos dijo: -mae, es bueno conservar el humor a pesar de los cuarenta.
-cuarenta y dos (le corrigio el poéta).
Riéron nuevamente pero con moderación.
Luego Carlos encendió un nuevo puro.
-seas tan hijueputa mae, que rica motica (dijo el monstruo después de un par de caladas hondas).
Estaba refrescando, pues en coronado refresca bastante a cierta hora, en comparación al centro de San josé.
El humo atrajo a dos guardias civiles que hacían su ronda en el parque.
-¿que está pasando aquí señores? (preguntó autoritario el más avezado de ellos).
-¿a que se refiere señor oficial? (le retrucó el monstruo).
-¡no soy oficial, sino sargento, y me refiero a que ponga las manos sobre el auto y me dé su cédula!
-mejor primero le doy la cédula y luego veremos si pongo las manos donde usted dice, tal vez esto es mejor...
Y le entregó el flamante carnet de inmunidad diplomática, que acababa de recibir con todos los honores y adulaciones que el caso requiere, en la embajada tica en Buenos aires.
-¿usted sebe lo que es eso señor oficial?
-si señor, disculpe por favor.
-no se moleste, tenga una platica para que se tome un café (le dijo sarcástico extendiéndole unos billetes).
-no por favor, faltaba mas (pero se le iban los ojos).
-¿como, es que me lo va a despreciar?
Le dijo el montruo desafiante, mirándolo a los ojos.
-bueno, muy amáble.
Contestó finalmente el sargento primero de la guardia rural, y fue a beber un café con su compañero antes de continuar la ronda.
Mientras se iban, Carlos comentó: -ho tombillos carepichas, parecen nuevos, y a ver si me conseguís uno de esos carnets, primito.
A lo que el monstruo contestó: -¡mae, estamos en el gobierno, podemos conseguir cualquier cosa!
Terminaron el puro, que por nada del mundo habríran dejado sin terminar, y Carlos sacó de la guantera un pequeño librito, mientras le preguntaba a su primo: -¿te acordás de esto?
Y le leyó: -
En las profundidades de un bosque de cemento impenetrable
una ninfa pelirroja agonizaba gimiendo
y sus gemidos inundaban el bosque de dolor, mientras un monstruo la hería
y en medio de sus gemidos ella decía:
Hiéreme malvado, con tu sable de hierro maldito, que mis gemidos no son sino de placer
pues en mi dolor, tal como tú me enseñaste, no encuentro más que mi gozo
hiéreme ahora, aprovecha que mi alma es tu cautiva
pero acuérdate de una cosa: que cuando no me tengas ya, serás tú, el que por la herida sangre
y muera....
Esos eran los versos proféticos que le había inspirado Estrella.
-¡dame ese libro, por favor!
Le dijo sacándoselo de las manos.
-nunca supe a quién le dedicaste esos poemas.
El monstruo se quedó pensativo.
-ya no importa (dijo finalmente), vamos para mi casa.
Y reanudaron, en silencio, la marcha.
Ninguno de sus familiares y amigos, supo jamás de los amoríos de Rubén con aquella niña, pues este tenía largas etapas de hermetísmo absoluto y casi monacal.
Entonces: ¿donde comenzar una búsqueda? tal vez por el principio.
Ahora, mientras su primo conducía, el monstruo volvía a descender por su montaña rusa emocional, recorriendo con la vista lacrimosa, pueblos y barrios de su infancia y adolescencia: Moravia, Guadalupe, Barrio Amón, , la vieja aduana, la estación al Atlántico, la biblioteca, otra vez la licorera y el puente, parque Morazán, el correo, donde a veces se encontraba con ella, Paseo Colón, La sabana, y finalmente, su barrio y su casa.
sábado, 27 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
capítulo seis
Finalmente, como pudo, logró reponerse de aquel trance y se subió a un autobús rumbo a Las nubes, en Coronado, el lugar donde había pasado varios de los años más felices de su vida.
En el trayecto del viaje, y al llegar a Coronado, comprobó que aquel paisaje no había cambiado tanto, porque ¿cuanto puede llegar a cambiar un pueblo lechero en solo veinte años?, hay cosas que no cambian nunca, se dijo, y ese pensamiento lo tranquilizó.
Se paró en el medio de la plaza y observó un rato la catedral, luego cruzó hasta ella, y en un arranque de misticísmo melancólico dizque católico, dejó pasar el tiempo, el suficiente para aclarar su, aunque suene pomposo, atribulada conciencia.
Al salir de allí, rumbo a la parada para tomar el autobús a Las nubes, tuvo el antojo de unas papas fritas, o a la francesa, pues había quedado con hambre. La ventanita donde se venden era la misma, la maquina que las corta y la freidora, parecían ser las mismas de siempre, buena señal.
Y finalmente, veinte minutos por la montaña, subiendo hasta alcanzar su ansiado destino, cada vez más alto, pues Coronado ya es bastante alto, y en algunos puntos de Las nubes, en días despejados, se alcanza a ver el mar.
Al fin llegó, donde la tierra agreste se junta con el cielo, e inevitablemente, el corazón se vuelve pájaro... como reza una conocida canción, una de esas que el monstruo no escribió, pero le hubiera gustado escribir.
Caminó varias cuadras, unos seicientos metros de potreros, donde pastan los cebúes y las vacas, y se ofrecen los honguitos, hasta una sinuosa residencia de dos plantas, en medio de un paisaje de ensueño, a la que se detuvo a observar con nostálgia, el sitio donde había probado todas las drogas y escuchado todos los discos posibles, y algunos imposibles, la casa de su mejor amigo de la infancia y la adolescencia, su primo Carlos Mora, y de sus tíos.
Tocó la puerta.
Y al abrirse ésta, los dos hombres se miraron unos instántes que parecieron eternos en el éter (continuamos con la tendencia a los símiles fáciles), buscando en esas caras conocidas, las arrugas y las canas que deverían estar allí, si tenemos en cuenta los años que habían pasado, pero que al parecer, por el momento, atrasaban su llegada.
Entonces, el que había abierto la puerta, dijo con entusiasmo: -¡mae, que hijueputa, pero si es Rubén Arrieta, la promesa nunca cumplida de la literatura costarricense! ¡dame un abrazo
carepicha!
Se abrazaron fuerte un rato, y el monstruo pensó que Carlos era la única persona, además de Estrella, que podía salvarlo del suicidio. Pero enseguida se rió sólo de su solemne pesimismo impostado, y se sintió definitivamente más tranquilo, como en casa, como quien vuelve después de veinte años, cuando Carlos le dijo: -creo que esto merece unos honguitos y un puro, por lo menos, pero como ya estamos rocos, o sea viejitos, lo mejor es que tomemos un café con arepas y natilla que está preparando mi mama, que por cierto, se va a poner muy contenta de verte.
así fué, su tía se emocionó grandemente al verlo entrar al comedor detrás de su hijo, y se le abalanzó para abrazarlo y besarlo.
- rubencito, tantísimo tiempo, pero si estás igualito, por ustedes dos no pasa el tiempo todavía, ¿ya fuiste a ver a tu mamá?
- que vá tía, todavía no fuí a mi casa, quise pasar antes por aquí para tomar valor.
- bueno, venga , vamos a comer unas arepas con café y natilla, pero después nos vamos rapidito para su casa, ¿como vas a ser tan ingrato?, si tu pobre madre ha estado tan triste últimamente pensando en vos...
Comieron y tomaron café mientras hablaban, aunque el monstruo estuvo un poco ausente y por momentos parecía un autísta, y había que sacarle las respuestas.
Desde que bajara del avión, había notado la sensación de sube y baja emocional, o de montaña rusa emocional que la había provocado tal vez el viaje en avión, alternando entre la euforia y la decepción casi constántemente, sensación que iba a durarle un buen tiempo, y que ahora en casa de sus tíos, con todos esos muebles y adornos que tanto conocía, podía analizar a fondo, para
concluír en que tal vez, volver a su pasado se había convertido en una peligrosa trampa de la que sería arduo tratar de escapar.
Ya se imaginaba una y otra vez recorriendo los lugares de antes, en busca de los rostros de antes, diciendo las cosas de siempre.
Ya se imaginaba las insufribles cenas con sus padres, el estado catatónico de su madre, doña Yorleni Mora, cuando después de la cena, don Carlos Arnulfo dijera que saldría a tomar una copita con los compas, y ella se dedicara entontonces a lavar los platos y luego convertirse en zombi frente al televisor, hasta que su marido, borracho como una cuba vuelva, a pegarle primero y dormirse después, haciendo valer su status de empresario adelantado, en este país de "playitos, pendejos y zopilotes", según sus palabras.
El monstruo querrá entonces matarlo, pero no puede porque en el fondo lo ama, entonces, cuando su tía lo traiga de vuelta a la realidad preguntandole: -¿le gustaron las arepas rubencito?
con esa cara de pobre desgraciada, que en medio del paraiso no puede salir de la cocina porque no se atreve, él pensará una sola cosa, que no dejará hueco por revolver, ni rincón por urgar, en esta maldita ciudad, y en el mundo si es preciso, hasta encontrar a Estrella y llevársela lejos, a cualquier parte, a escapar juntos del destino cruel y miserable de ser esposa de alguien, de cualquiera, escapar de esa institución que se inventó para tener esclavas para siempre, sin derecho a vacaciones, ni juvilación, y en el mejor de los casos, hasta que la muerte las venga a rescatar.
-si tía, muy ricas las arepas (dijo finalmente).
Cuando hubieron comido y bebido suficiente, ella propuso llevarlo a casa de sus padres, pero el monstruo estaba ido, lejos, y no pudo contestarle, y su primo contestó por él: - si mi mama, ahorita nos lo llevamos, pero déjemelo un ratico para paseárlo por el campo, debe extrañar mucho este lugar ¿verdad que si primo? (le dijo dándole un codazo para despertarlo del letargo).
-si claro (contestó Rubén sin lograrlo del todo).
Entonces salieron, y mientras salían el montruo se preguntó: ¿pero donde comenzar a buscar?
Y su tía se dijo, a su vez a si misma mientras los veía caminar por los árboles de afuera:
-pobrecillo, seguro que el viaje lo dejó medio tontico.
Y afuera, lejos de la mirada inquisidora que se intuía venir de la cocina, su primo le recetó un puro de mota de la mejor, diciéndole: -mae, vos necesitás fumar hierba urgente, estás medio idiota, y así vas a asustar a la gente huevón. Caminaron por las montañas fumando.
Tanto, que de repente el monstruo volvió en si, y se le dió por decir: - ¡mae, que rica motica, que bonito es estar de vuelta, como extrañaba esto!
Carlos se cagó de la risa, y dijo mirando al cielo: - ¡aleluya!, ¿y que vas a hacer, te vas a quedar?
-no sé, tal vez un par de años.
-¿y a que te vas a dedicar?
-voy a publicar una novela, para que aprendan a escrivir aquí los escritorsuchos.
-veo que viajar te ha vuelto más humilde cara de picha.
Ambos se cagaron de la risa.
-pero no pensás vivir de publicar una novela, ¿o sí?, tal vez consigas un puestico, ahora que tu tata es el flamante ministro de economía.
-mae, si mi viejito me consigue un puestico en el gobierno me voy a cagar de la risa, van a tener que leer mi novela por decreto.
Ambos se volvieron a cagar de la risa, básicamente porque se habían fumado todo el puro, pero además porque, de repente, en medio de tanta sobrecogedora belleza natural, encontraron estúpida la charla, así que cuando ya no pudieron reírse más, pues habían agotado aquel recurso, qudaron en silencio, contemplando el paisaje verde y espectral de las montañas, matizado por la niebla de las nubes, que, merced al efecto de la mota, parecía pasar a través de sus cuerpos.
En el trayecto del viaje, y al llegar a Coronado, comprobó que aquel paisaje no había cambiado tanto, porque ¿cuanto puede llegar a cambiar un pueblo lechero en solo veinte años?, hay cosas que no cambian nunca, se dijo, y ese pensamiento lo tranquilizó.
Se paró en el medio de la plaza y observó un rato la catedral, luego cruzó hasta ella, y en un arranque de misticísmo melancólico dizque católico, dejó pasar el tiempo, el suficiente para aclarar su, aunque suene pomposo, atribulada conciencia.
Al salir de allí, rumbo a la parada para tomar el autobús a Las nubes, tuvo el antojo de unas papas fritas, o a la francesa, pues había quedado con hambre. La ventanita donde se venden era la misma, la maquina que las corta y la freidora, parecían ser las mismas de siempre, buena señal.
Y finalmente, veinte minutos por la montaña, subiendo hasta alcanzar su ansiado destino, cada vez más alto, pues Coronado ya es bastante alto, y en algunos puntos de Las nubes, en días despejados, se alcanza a ver el mar.
Al fin llegó, donde la tierra agreste se junta con el cielo, e inevitablemente, el corazón se vuelve pájaro... como reza una conocida canción, una de esas que el monstruo no escribió, pero le hubiera gustado escribir.
Caminó varias cuadras, unos seicientos metros de potreros, donde pastan los cebúes y las vacas, y se ofrecen los honguitos, hasta una sinuosa residencia de dos plantas, en medio de un paisaje de ensueño, a la que se detuvo a observar con nostálgia, el sitio donde había probado todas las drogas y escuchado todos los discos posibles, y algunos imposibles, la casa de su mejor amigo de la infancia y la adolescencia, su primo Carlos Mora, y de sus tíos.
Tocó la puerta.
Y al abrirse ésta, los dos hombres se miraron unos instántes que parecieron eternos en el éter (continuamos con la tendencia a los símiles fáciles), buscando en esas caras conocidas, las arrugas y las canas que deverían estar allí, si tenemos en cuenta los años que habían pasado, pero que al parecer, por el momento, atrasaban su llegada.
Entonces, el que había abierto la puerta, dijo con entusiasmo: -¡mae, que hijueputa, pero si es Rubén Arrieta, la promesa nunca cumplida de la literatura costarricense! ¡dame un abrazo
carepicha!
Se abrazaron fuerte un rato, y el monstruo pensó que Carlos era la única persona, además de Estrella, que podía salvarlo del suicidio. Pero enseguida se rió sólo de su solemne pesimismo impostado, y se sintió definitivamente más tranquilo, como en casa, como quien vuelve después de veinte años, cuando Carlos le dijo: -creo que esto merece unos honguitos y un puro, por lo menos, pero como ya estamos rocos, o sea viejitos, lo mejor es que tomemos un café con arepas y natilla que está preparando mi mama, que por cierto, se va a poner muy contenta de verte.
así fué, su tía se emocionó grandemente al verlo entrar al comedor detrás de su hijo, y se le abalanzó para abrazarlo y besarlo.
- rubencito, tantísimo tiempo, pero si estás igualito, por ustedes dos no pasa el tiempo todavía, ¿ya fuiste a ver a tu mamá?
- que vá tía, todavía no fuí a mi casa, quise pasar antes por aquí para tomar valor.
- bueno, venga , vamos a comer unas arepas con café y natilla, pero después nos vamos rapidito para su casa, ¿como vas a ser tan ingrato?, si tu pobre madre ha estado tan triste últimamente pensando en vos...
Comieron y tomaron café mientras hablaban, aunque el monstruo estuvo un poco ausente y por momentos parecía un autísta, y había que sacarle las respuestas.
Desde que bajara del avión, había notado la sensación de sube y baja emocional, o de montaña rusa emocional que la había provocado tal vez el viaje en avión, alternando entre la euforia y la decepción casi constántemente, sensación que iba a durarle un buen tiempo, y que ahora en casa de sus tíos, con todos esos muebles y adornos que tanto conocía, podía analizar a fondo, para
concluír en que tal vez, volver a su pasado se había convertido en una peligrosa trampa de la que sería arduo tratar de escapar.
Ya se imaginaba una y otra vez recorriendo los lugares de antes, en busca de los rostros de antes, diciendo las cosas de siempre.
Ya se imaginaba las insufribles cenas con sus padres, el estado catatónico de su madre, doña Yorleni Mora, cuando después de la cena, don Carlos Arnulfo dijera que saldría a tomar una copita con los compas, y ella se dedicara entontonces a lavar los platos y luego convertirse en zombi frente al televisor, hasta que su marido, borracho como una cuba vuelva, a pegarle primero y dormirse después, haciendo valer su status de empresario adelantado, en este país de "playitos, pendejos y zopilotes", según sus palabras.
El monstruo querrá entonces matarlo, pero no puede porque en el fondo lo ama, entonces, cuando su tía lo traiga de vuelta a la realidad preguntandole: -¿le gustaron las arepas rubencito?
con esa cara de pobre desgraciada, que en medio del paraiso no puede salir de la cocina porque no se atreve, él pensará una sola cosa, que no dejará hueco por revolver, ni rincón por urgar, en esta maldita ciudad, y en el mundo si es preciso, hasta encontrar a Estrella y llevársela lejos, a cualquier parte, a escapar juntos del destino cruel y miserable de ser esposa de alguien, de cualquiera, escapar de esa institución que se inventó para tener esclavas para siempre, sin derecho a vacaciones, ni juvilación, y en el mejor de los casos, hasta que la muerte las venga a rescatar.
-si tía, muy ricas las arepas (dijo finalmente).
Cuando hubieron comido y bebido suficiente, ella propuso llevarlo a casa de sus padres, pero el monstruo estaba ido, lejos, y no pudo contestarle, y su primo contestó por él: - si mi mama, ahorita nos lo llevamos, pero déjemelo un ratico para paseárlo por el campo, debe extrañar mucho este lugar ¿verdad que si primo? (le dijo dándole un codazo para despertarlo del letargo).
-si claro (contestó Rubén sin lograrlo del todo).
Entonces salieron, y mientras salían el montruo se preguntó: ¿pero donde comenzar a buscar?
Y su tía se dijo, a su vez a si misma mientras los veía caminar por los árboles de afuera:
-pobrecillo, seguro que el viaje lo dejó medio tontico.
Y afuera, lejos de la mirada inquisidora que se intuía venir de la cocina, su primo le recetó un puro de mota de la mejor, diciéndole: -mae, vos necesitás fumar hierba urgente, estás medio idiota, y así vas a asustar a la gente huevón. Caminaron por las montañas fumando.
Tanto, que de repente el monstruo volvió en si, y se le dió por decir: - ¡mae, que rica motica, que bonito es estar de vuelta, como extrañaba esto!
Carlos se cagó de la risa, y dijo mirando al cielo: - ¡aleluya!, ¿y que vas a hacer, te vas a quedar?
-no sé, tal vez un par de años.
-¿y a que te vas a dedicar?
-voy a publicar una novela, para que aprendan a escrivir aquí los escritorsuchos.
-veo que viajar te ha vuelto más humilde cara de picha.
Ambos se cagaron de la risa.
-pero no pensás vivir de publicar una novela, ¿o sí?, tal vez consigas un puestico, ahora que tu tata es el flamante ministro de economía.
-mae, si mi viejito me consigue un puestico en el gobierno me voy a cagar de la risa, van a tener que leer mi novela por decreto.
Ambos se volvieron a cagar de la risa, básicamente porque se habían fumado todo el puro, pero además porque, de repente, en medio de tanta sobrecogedora belleza natural, encontraron estúpida la charla, así que cuando ya no pudieron reírse más, pues habían agotado aquel recurso, qudaron en silencio, contemplando el paisaje verde y espectral de las montañas, matizado por la niebla de las nubes, que, merced al efecto de la mota, parecía pasar a través de sus cuerpos.
lunes, 22 de marzo de 2010
capítulo cinco
En lo que respecta a la relación del monstruo con sus padres, las cosas nunca estuvieron del todo bien, aunque tampoco podría decirse que del todo mál.
Su padre, don Carlos Arnulfo Arrieta, era un empresario agresivo, él era quien había levantado la vieja fábrica de galletas, cajetas, y todo tipo de golosinas de su propio padre, el abuelo del monsruo, don Rodolfo Arrieta, y la había convertido en un imperio. Y todavía cincuenta años después, recordaba con orgullo el primer camión que enviara al extranjero con sus prodúctos, por supuesto después de asegurarse, de que cada pulpería del país estubiese ya bien surtida.
Pero lejos de ser un capitalísta embrutecido, era más bien otra cosa, lejos de horrorizarse, como sí lo hacía la madre del monstruo, doña Yorleni Mora, con las correrías de su hijo, lo entendía y lo consideraba un artísta, fué su primer mecenas, y de hecho su único.
Cuando Rubén, en las cenas familiares, dándose aires de poéta incomprendido, hablaba de lo que acababa de leér, o de lo que estaba por leér, o de lo que estaba escribiendo, don Carlos Arnulfo le recordaba que si de verdad pensaba dedicarse a las letras, aún le faltaba leer a Victor Hugo y a Cervantes. Y porque no, aunque no eran imprescindibles para la escritura pero si para la vida, a Marx y Freud.
A pesar de esos buenos consejos, la cultura del monstruo nunca dejó de estar hecha solo de retazos.
Pero no lo malcriába, pues quería que aprendiera a valerse por si solo.
Una tarde que Rubén cayera en prisión, llamó a su padre para pedirle ayuda.
-Véa mi tata (le dijo), es que estoy aquí en la penitenciaría, haber si hablás con alguien para que me saquen yá.
-No que vá mi hijo (le contestó su padre), si yo no tengo tiempo para esas cosas, siempre estoy breteando para que vos podás ser poéta, así que pudrite un ratico ahí, y cuidado lo culean hijueputa, que si para algo es un Arrieta, es para cuidar el honor de la familia.
Y allí tuvo que quedarse quince días, pues lo habían agarrado con mota. Días estos, en los que se hizo respetar y logró sobrevivir, e incluso hizo algunos billetes, vendiendo cigarrillos y alguna ocasional droga que le llevaran sus visitas.
También hizo alguna amistad duradera.
Pero ahora había vuelto, y lo primero que hizo al llegar a San josé, saborear un arreglado, etc... de pollo... bla, bla ,bla, y saboreaba también el momento en que volvería, de capa caída, al lugar del crimen, las escalinatas al costado del puente, pensando largo tiempo en ella, en aquel primer encuentro, y luego en el segundo y definitivo, y luego en cada instante de aquel apasionado amor de juventud, único en su escencia, se decía... o se mentía.
Y ahora entonces, otra vez allí, pensaba el monstruo lo siguiente: vendería el alma al diablo por volvera verla con sus quince años y su uniforme de colegiala, pero el tiempo no vuelve mae, que vá, no vuelve nunca más.
Y también pensaba que sus obsesiones con respécto a la movida de antes y el mercado de ahora, tal vez no sean más que un salvavidas de consuelo, pués tal vez si había ahora una movida, pero él ya no podía verla, pues se movía en otro tiempo. Así las cosas, tal su velocidad.
Y que lo único que tenía para volver a intentarlo, para subirse aunque solo fuese por una vez más a la cresta de la ola, un último viaje relámpago al país de los quince minutos de fama, una última oprtunidad para sentir la adrenalina del triunfo, era una novela de mierda, para mandarla a un concurso que tal vez apestaba, o hacerla editar por una editorial de muertos vivos, que disfrutaban las cosas del ayer.
Un pasado glorioso. El monstruo se sintió patético, de un patetísmo novelesco.
Y entonces lo atacó la típica depresión de quien volvió, veinte añitos después, y esperaba ver lo mismo, pero lo mismo estaba enterrado para siempre, y ahora arriba reinaba otra cosa. Los shoping malls, los trenes voladores, el mercado, los robots asomaban sus cabezas por el horizonte de un futuro, que se sentía palpitar en la vuelta de cualquier esquina, se podía oler, tocar casi.
Y así, recién llegado, lagrimeaba y tragaba saliva pensando en ella, quería huír de nuevo, era lo más parecido un tango, vivir en argentina le había hecho mal. Muy mal.
Su padre, don Carlos Arnulfo Arrieta, era un empresario agresivo, él era quien había levantado la vieja fábrica de galletas, cajetas, y todo tipo de golosinas de su propio padre, el abuelo del monsruo, don Rodolfo Arrieta, y la había convertido en un imperio. Y todavía cincuenta años después, recordaba con orgullo el primer camión que enviara al extranjero con sus prodúctos, por supuesto después de asegurarse, de que cada pulpería del país estubiese ya bien surtida.
Pero lejos de ser un capitalísta embrutecido, era más bien otra cosa, lejos de horrorizarse, como sí lo hacía la madre del monstruo, doña Yorleni Mora, con las correrías de su hijo, lo entendía y lo consideraba un artísta, fué su primer mecenas, y de hecho su único.
Cuando Rubén, en las cenas familiares, dándose aires de poéta incomprendido, hablaba de lo que acababa de leér, o de lo que estaba por leér, o de lo que estaba escribiendo, don Carlos Arnulfo le recordaba que si de verdad pensaba dedicarse a las letras, aún le faltaba leer a Victor Hugo y a Cervantes. Y porque no, aunque no eran imprescindibles para la escritura pero si para la vida, a Marx y Freud.
A pesar de esos buenos consejos, la cultura del monstruo nunca dejó de estar hecha solo de retazos.
Pero no lo malcriába, pues quería que aprendiera a valerse por si solo.
Una tarde que Rubén cayera en prisión, llamó a su padre para pedirle ayuda.
-Véa mi tata (le dijo), es que estoy aquí en la penitenciaría, haber si hablás con alguien para que me saquen yá.
-No que vá mi hijo (le contestó su padre), si yo no tengo tiempo para esas cosas, siempre estoy breteando para que vos podás ser poéta, así que pudrite un ratico ahí, y cuidado lo culean hijueputa, que si para algo es un Arrieta, es para cuidar el honor de la familia.
Y allí tuvo que quedarse quince días, pues lo habían agarrado con mota. Días estos, en los que se hizo respetar y logró sobrevivir, e incluso hizo algunos billetes, vendiendo cigarrillos y alguna ocasional droga que le llevaran sus visitas.
También hizo alguna amistad duradera.
Pero ahora había vuelto, y lo primero que hizo al llegar a San josé, saborear un arreglado, etc... de pollo... bla, bla ,bla, y saboreaba también el momento en que volvería, de capa caída, al lugar del crimen, las escalinatas al costado del puente, pensando largo tiempo en ella, en aquel primer encuentro, y luego en el segundo y definitivo, y luego en cada instante de aquel apasionado amor de juventud, único en su escencia, se decía... o se mentía.
Y ahora entonces, otra vez allí, pensaba el monstruo lo siguiente: vendería el alma al diablo por volvera verla con sus quince años y su uniforme de colegiala, pero el tiempo no vuelve mae, que vá, no vuelve nunca más.
Y también pensaba que sus obsesiones con respécto a la movida de antes y el mercado de ahora, tal vez no sean más que un salvavidas de consuelo, pués tal vez si había ahora una movida, pero él ya no podía verla, pues se movía en otro tiempo. Así las cosas, tal su velocidad.
Y que lo único que tenía para volver a intentarlo, para subirse aunque solo fuese por una vez más a la cresta de la ola, un último viaje relámpago al país de los quince minutos de fama, una última oprtunidad para sentir la adrenalina del triunfo, era una novela de mierda, para mandarla a un concurso que tal vez apestaba, o hacerla editar por una editorial de muertos vivos, que disfrutaban las cosas del ayer.
Un pasado glorioso. El monstruo se sintió patético, de un patetísmo novelesco.
Y entonces lo atacó la típica depresión de quien volvió, veinte añitos después, y esperaba ver lo mismo, pero lo mismo estaba enterrado para siempre, y ahora arriba reinaba otra cosa. Los shoping malls, los trenes voladores, el mercado, los robots asomaban sus cabezas por el horizonte de un futuro, que se sentía palpitar en la vuelta de cualquier esquina, se podía oler, tocar casi.
Y así, recién llegado, lagrimeaba y tragaba saliva pensando en ella, quería huír de nuevo, era lo más parecido un tango, vivir en argentina le había hecho mal. Muy mal.
capítulo cuatro
Hasta que el muro finalmente cayó, y la derecha ganó en Nicaragua, y San josé se llenó de nicas de la contra y al recontra, que bebían en los mismos bares y en las mismas mesas, con los marines y los agentes de la CIA, que tramaban tirar gobiernos y poner presidentes.
Y entre toda esa gentuza, aunque jamás en las mismas mesas, también algunos poétas nicas y salvadoreños, que por un momento dieron la impresión de un movimiento, como si la movida hiciera nuevamente una fugaz aprición, solo para desaparecer para siempre, de poétas valientes venidos de la guerra, pero que eran demasiado malditos, aún para los sobrevivientes de la movida anterior.
El monstruo hizo muy buenas migas con algunos de ellos, lo que, según su parecer, ameritó volver a recorrer los tugurios de la zona roja, pues cualquier excusa era buena.
Pero una tarde conoció a Esrtella, subiendo él por las escaleras al costado del puente de la antigua fábrica, bajando ella, cuando se respiraba aún ese tufillo a guaro dulce o chicha, como ya se dijo hasta el hartázgo.
Y la esperó luego dos semanas, hasta que ella volvió a pasar después de la lluvia, todavía mojada, la blusa pegada al cuerpo que le traslucía los pezones, o tal vez fué la visión de rayos x del que esperaba bajo techo, que no podía ser otro que el monstruo, y que por lo tanto estaba seco, con un enorme paraguas que ofreció cuando ella, que ya se resignaba a seguir caminando bajo la lluvia que volvía a cántaros, sonrió coqueta, sensual, pervérsamente bella, caníval.
Tanto fué así, que él le ofreció entrar al Chelles a tomar dizque un cafecito, pues temío ser devorado en la calle a la vista de todos, todo un don Juan...
Ahora que ha vuelto, lo recuerda todo así.
No hay nada más bello en el mundo conocido por el monstruo, ni más electrizante, que una colegiala tica en su uniforme apretadito y corto, las medias altas, la blusa transparente.
Y duda seriamente que pueda haberlo, en el mundo que le resta por conocer.
Entonces, dijimos que en el Chelles, mientras Estrella le decía que a ella le encantaba mojarse, y un río corría por la avenida central, él le decía que tenía los ojos más bellos que jamás hubiera visto, mientras le comía la boca con la vista, y mientras se relamía mirándole descarado los pechos, le decía casi lo mismo, de su hermosa boca. A todas les decía lo mismo, pero esta vez, a juzgar por las apariencias y el cúmulo de sensaciones, hablaba con el corazón. O eso parecía.
Estrella llamó a casa para avisar que se quedaba "estudiando en casa de una amiga" y fueron al cine.
En el cine se tocaron, él lamió por fin aquellos pechos con los que había soñado quince días, ella le lamió la verga, que tenía tal vez un tamaño levemente superior a lo que había imaginado, lo cual no la molestó ni ofendió en absoluto. Y él le llenó la boca de leche.
Estrella era inocente y pura con sus quince años, y el sexo era algo bueno para ella.
Y por la cabeza del monstruo, pasaron las obras completas del marqués de Sade, y de Anaís Nin, en esa mamada.
Cuanto amó y maltrató a esa niña, solo él lo sabe, luego por supuesto, lo sabrán ustedes. El tenía veinte y ella quince, la hizo conocer todos los hoteluchos y moteles de San josé, y algunos de la playa. Todo esto, como ya se aclaró, antes de que llegaran los robots y los trenes voladores, o sea, hace ya bastánte, aunque tal vez no demasiado, tiempo.
Estrella no era una santita, que va. Disfrutaba mucho todas las locuras de él, una guarrita a sus quince, incluso cuando le exigió, no con demasiado esfuerzo, dejarse deflorar por el ano.
Pero ella lo hacía por amor, y él también, pero él creía que no, pues se creía incapaz de amar.
Ella le hacía notar, cada vez que tenía oportunidad, lo estúpido y malvado que era.
Cuando el monstruó finalmente huyó como un cobarde, de viaje a Colombia, España, y finalmente Argentina, en busca de nunca supo bien que, no pudo dejar de soñar con ella, ni pudo olvidarla, ni quiso, en los veinte años que estuvo afuera. Ahora que había vuelto, maldición, lo recordaba todo, así.
Y entre toda esa gentuza, aunque jamás en las mismas mesas, también algunos poétas nicas y salvadoreños, que por un momento dieron la impresión de un movimiento, como si la movida hiciera nuevamente una fugaz aprición, solo para desaparecer para siempre, de poétas valientes venidos de la guerra, pero que eran demasiado malditos, aún para los sobrevivientes de la movida anterior.
El monstruo hizo muy buenas migas con algunos de ellos, lo que, según su parecer, ameritó volver a recorrer los tugurios de la zona roja, pues cualquier excusa era buena.
Pero una tarde conoció a Esrtella, subiendo él por las escaleras al costado del puente de la antigua fábrica, bajando ella, cuando se respiraba aún ese tufillo a guaro dulce o chicha, como ya se dijo hasta el hartázgo.
Y la esperó luego dos semanas, hasta que ella volvió a pasar después de la lluvia, todavía mojada, la blusa pegada al cuerpo que le traslucía los pezones, o tal vez fué la visión de rayos x del que esperaba bajo techo, que no podía ser otro que el monstruo, y que por lo tanto estaba seco, con un enorme paraguas que ofreció cuando ella, que ya se resignaba a seguir caminando bajo la lluvia que volvía a cántaros, sonrió coqueta, sensual, pervérsamente bella, caníval.
Tanto fué así, que él le ofreció entrar al Chelles a tomar dizque un cafecito, pues temío ser devorado en la calle a la vista de todos, todo un don Juan...
Ahora que ha vuelto, lo recuerda todo así.
No hay nada más bello en el mundo conocido por el monstruo, ni más electrizante, que una colegiala tica en su uniforme apretadito y corto, las medias altas, la blusa transparente.
Y duda seriamente que pueda haberlo, en el mundo que le resta por conocer.
Entonces, dijimos que en el Chelles, mientras Estrella le decía que a ella le encantaba mojarse, y un río corría por la avenida central, él le decía que tenía los ojos más bellos que jamás hubiera visto, mientras le comía la boca con la vista, y mientras se relamía mirándole descarado los pechos, le decía casi lo mismo, de su hermosa boca. A todas les decía lo mismo, pero esta vez, a juzgar por las apariencias y el cúmulo de sensaciones, hablaba con el corazón. O eso parecía.
Estrella llamó a casa para avisar que se quedaba "estudiando en casa de una amiga" y fueron al cine.
En el cine se tocaron, él lamió por fin aquellos pechos con los que había soñado quince días, ella le lamió la verga, que tenía tal vez un tamaño levemente superior a lo que había imaginado, lo cual no la molestó ni ofendió en absoluto. Y él le llenó la boca de leche.
Estrella era inocente y pura con sus quince años, y el sexo era algo bueno para ella.
Y por la cabeza del monstruo, pasaron las obras completas del marqués de Sade, y de Anaís Nin, en esa mamada.
Cuanto amó y maltrató a esa niña, solo él lo sabe, luego por supuesto, lo sabrán ustedes. El tenía veinte y ella quince, la hizo conocer todos los hoteluchos y moteles de San josé, y algunos de la playa. Todo esto, como ya se aclaró, antes de que llegaran los robots y los trenes voladores, o sea, hace ya bastánte, aunque tal vez no demasiado, tiempo.
Estrella no era una santita, que va. Disfrutaba mucho todas las locuras de él, una guarrita a sus quince, incluso cuando le exigió, no con demasiado esfuerzo, dejarse deflorar por el ano.
Pero ella lo hacía por amor, y él también, pero él creía que no, pues se creía incapaz de amar.
Ella le hacía notar, cada vez que tenía oportunidad, lo estúpido y malvado que era.
Cuando el monstruó finalmente huyó como un cobarde, de viaje a Colombia, España, y finalmente Argentina, en busca de nunca supo bien que, no pudo dejar de soñar con ella, ni pudo olvidarla, ni quiso, en los veinte años que estuvo afuera. Ahora que había vuelto, maldición, lo recordaba todo, así.
viernes, 19 de marzo de 2010
capítulo tres
Ahora bien, antes de continuar aclaremos algo, y es que, para ser fieles a la verdad devemos reconocer, que ese gran fantásma al que llamamos mercado, en realidad existe desde siempre, pero en aquel entonces, aún no había desplazado, ni despedazado, a la movida.
Allí en el Chapuí conoció entonces nuestro amigo el verdadero lado oscuro, o según las palabras de un compañero de pabellón, allí se ve quien es quien, en el ajedrez de la mente.
Allí casi se queda para siempre, pero una fuerza interior lo sacó a flote.
Así fué, entonces, como comenzó la leyenda, el monstruo se perdió en la zona roja, el guaro, las putas, las drogas demasiado adulteradas.
Llegó incluso a usar un arma para amenazar a un incauto y sacarle la billetera. Valga aclarar que no por necesidad.
Llegó a cometer las aberraciones más viles en el terreno del amor y el sexo.
Pero vamos por partes, no nos apuremos, los que quieren alto voltaje tendrán que esperar, pues la finalidad última de este relato, no es el porno soft para aburridos crónicos.
A punto entonces de convertirse en un juguete del destino, un juguete con rabia, cometiendo fechorías por lo bajo, el montruo vió la luz en el amor posesivo por aquella perra-niña, una luz, si, tal vez un poco difusa.
Y vió la luz también, justo es decirlo, leyendo a Castaneda, a Osho y, sobre todas las cosas, a Krishnamurti.
Fué entonces, cuando los últimos destellos de su glamour comenzaron a desvanecerse. Porque nadie creyó en su nuevo disfraz, no lo entendieron, y le dieron la espalda. Hasta el día de hoy se los agradece.
Veamos el panorama: la mayor parte de las dictaduras de América deponían el poder después de dejar el continente diezmado y masacrado, la revolución nicaraguense estaba en bancarrota, el muro de Berlín caería en cualquier momento, tal vez un año o menos, era demasiado evidente, la plaza de Tian mei se llenó de desagradables cadáberes de valientes jóvenes, para inaugurar una nueva época de totalitarísmo, los yankis bombardeaban todo a su paso. Daba miedo.
El mercado finalmente había triunfado, la movida se replegaba o desaparecía. Salvo honrosas escepciones, como la revista "Andrómeda", o algún que otro ámbito remoto y subterráneo, donde tal vez pasaban cosas.
Pero él ya lo había visto todo, o creía haberlo visto todo, por lo que, buscando algo nuevo, cambió sus gustos estéticos. Se inclinó por los recitales de "Adrián Goizueta y el grupo experimental", las canciones de María Pretis y el gropo "Contrareloj", el cine arte, y la comida vegetariana
Pero eso no le duró demasiado, pues por algo le decían como le decían, ¿hace falta aclarar como le decían?
La única droga que aún usaba era la hierba, a veces conseguía en Limón buena mota, tal vez caca de mono, o mango de rosa, manguito. Y se quedaba un par de semanas por la costa atlántica después incluso, de que terminaban los carnavales y sus amigos volvían a la capital, y fumaba hasta quedar haíto, tal vez conseguía los favores de una hermosa negra.
También tomaba sol en Cahuita y Puerto viejo, o en playa bonita, y corría por la costa.
Anticipaba así su huída.
Allí en el Chapuí conoció entonces nuestro amigo el verdadero lado oscuro, o según las palabras de un compañero de pabellón, allí se ve quien es quien, en el ajedrez de la mente.
Allí casi se queda para siempre, pero una fuerza interior lo sacó a flote.
Así fué, entonces, como comenzó la leyenda, el monstruo se perdió en la zona roja, el guaro, las putas, las drogas demasiado adulteradas.
Llegó incluso a usar un arma para amenazar a un incauto y sacarle la billetera. Valga aclarar que no por necesidad.
Llegó a cometer las aberraciones más viles en el terreno del amor y el sexo.
Pero vamos por partes, no nos apuremos, los que quieren alto voltaje tendrán que esperar, pues la finalidad última de este relato, no es el porno soft para aburridos crónicos.
A punto entonces de convertirse en un juguete del destino, un juguete con rabia, cometiendo fechorías por lo bajo, el montruo vió la luz en el amor posesivo por aquella perra-niña, una luz, si, tal vez un poco difusa.
Y vió la luz también, justo es decirlo, leyendo a Castaneda, a Osho y, sobre todas las cosas, a Krishnamurti.
Fué entonces, cuando los últimos destellos de su glamour comenzaron a desvanecerse. Porque nadie creyó en su nuevo disfraz, no lo entendieron, y le dieron la espalda. Hasta el día de hoy se los agradece.
Veamos el panorama: la mayor parte de las dictaduras de América deponían el poder después de dejar el continente diezmado y masacrado, la revolución nicaraguense estaba en bancarrota, el muro de Berlín caería en cualquier momento, tal vez un año o menos, era demasiado evidente, la plaza de Tian mei se llenó de desagradables cadáberes de valientes jóvenes, para inaugurar una nueva época de totalitarísmo, los yankis bombardeaban todo a su paso. Daba miedo.
El mercado finalmente había triunfado, la movida se replegaba o desaparecía. Salvo honrosas escepciones, como la revista "Andrómeda", o algún que otro ámbito remoto y subterráneo, donde tal vez pasaban cosas.
Pero él ya lo había visto todo, o creía haberlo visto todo, por lo que, buscando algo nuevo, cambió sus gustos estéticos. Se inclinó por los recitales de "Adrián Goizueta y el grupo experimental", las canciones de María Pretis y el gropo "Contrareloj", el cine arte, y la comida vegetariana
Pero eso no le duró demasiado, pues por algo le decían como le decían, ¿hace falta aclarar como le decían?
La única droga que aún usaba era la hierba, a veces conseguía en Limón buena mota, tal vez caca de mono, o mango de rosa, manguito. Y se quedaba un par de semanas por la costa atlántica después incluso, de que terminaban los carnavales y sus amigos volvían a la capital, y fumaba hasta quedar haíto, tal vez conseguía los favores de una hermosa negra.
También tomaba sol en Cahuita y Puerto viejo, o en playa bonita, y corría por la costa.
Anticipaba así su huída.
miércoles, 17 de marzo de 2010
capítulo dos
Lo cierto es que esa vez no le dijo nada, pero se dió vuelta para verla bajar con su bolso del cole colgando desganadamente del hombro derecho, con su melena pelirroja que incendiaba la ciudad (para empezar con las metáforas trilladas), con ese culo redondo y bamboleante, que inspiraba en él, amor y deseo, si, pero también maldad.
Quería amar y herir, a esa niña maldita y bella.
Y si bien entonces no le dijo nada, la esperó luego todos los días, durante dos semanas, a la misma hora en aquel lugar.
Y la esperaba ahora, veinte años después, luego de un café con leche en el Chelles, o la ex Palace, si bien una muy molesta voz interior le decía, que de lo único que podía sentirse seguro al volver a San josé, era de que no encontraría, ni el fantásma de la sombra de la chica.
Aunque aquella vez, años ha, si volvió, valla si volvió. Y el amor se enteró así, de lo que le faltaba, sangre y dolor, y una vida de perro. Pero hablaremos de eso más adelante, para empezar a dejarlos con las ganas.
xxxxxxxxxxxoooooooooxxxxxxxxxoooooxxxxxxxxooooxxxx
Cuando el monstruo dejó esta ciudad, hace ya veinte largos años, no habían shoping malls, no habían robots, los trenes no volaban. Y ahora, bueno...como todos saben, están a un paso.
Y aunque el mercado ya mostraba, abiertamente, la peór de sus caras, y la globalización pateaba las puertas y los techos de las casas, aún así, había movida.
Es decir, que el hecho artístico acaecía, tan solo por la necesidad acuciante de creár, de ser vitales y contestatarios, los valientes todavía se atrevían a cruzar aquel puente en llamas, que separa las palabras de los géstos, pues era preciso hacerlo.
Pero el puente finalmente había caído, dejándo un precipicio imposible de volver a cruzar, del lado de allá, quedaron aquellos valientes, del lado de acá, el mercado y sus lacayos. Y he aqui que, si por una de esas remotas posibilidades, a algún nostálgico se le daba por asomarse al precipicio y fantasear con dar el salto, enseguida era tildado de loco, y el mercado cerraba sus compuertas, respetando todos su sagrada palabra.
De todas maneras, el monstruo había desaparecido de la escena justo antes de que el puente se viniera abajo, pero por aquel entonces él no necesitaba cruzarlo, pues ya se había convertido en un mito viviente, y su obra estaba, más que en su escritura, en su vida.
Y todavía retumbaban en San josé, los ecos que daban cuenta de sus hazañas.
Pero ahora, si me lo permiten, amables lectores, tal vez lo mejor sería empezar por el principio.
El monstruo había nacido en cuna de oro, en una San josé de otra época, y era de la generación, a la que le tocaba dilapidar una de esas fotunas, casi imposibles de dilapidar, que habían amasado sus mayores. Era el heredero de un imperio de las golosinas, que se exportaban desde allí a toda Centroamérica.
Y no vayan a dudar ustedes, ni por un segundo, que no lo intentó. Claro que intentó gastarse todo, pero no pudo.
A pesar de que en Centroamérica predominaban los conflictos bélicos, todavía en San josé, y en toda Costa Rica, era posible salir a cualquier hora del día o la noche, incluso en el mercado de la coca cola, o en Los Hatillos, sin que una bala perdida te descerrajara la tapa de los sesos, pues no estaba de moda usar armas, y no habían llegado aún el turísmo masivo, las migraciones provenientes de las guerras de los países vecinos, el narcotráfico de Colombia o México.
La población , con escepción de la rural empobrecida por las bananeras, tenía una vida digna, con vivienda, salud y educacción gratuitos y de los mejores. No era el paraíso pero casi.
Uno de los pocos países del continente donde los intereses de la CIA, solo pasaban por tomar sol y llevarse las bananas.
Hasta que llegaron los buscadores de playas exóticas, los turistas y los surfers, la resaca de la guerra, el narcotráfico y la contra, los marines yanquis que llenaron los bares del centro con la excusa de hacer puentes, y los narcos que vinieron a venderles a todos drogas duras. Y ahora era, entonces, el paraíso de los droguetas.
El paraíso del monstruo.
Fué al llegar a su adolescencia, cuando comenzaron los indicios de que no sería un tipo normal, sino un inadaptado.
En las primeras fiestas y escapadas a las playas de las provincias de Limón y Puntarenas, con amigos y amigas del jet set josefino, el monstruo probó la hierba, los honguitos y el sexo.
Escuchó a Zepelling, Black sábath, Hendrix, Spinetta, leyó a Baudelaire, Rimbaud, y sobre todo a los beatnics, y de la noche a la mañana, apareció convertido en poeta marginal, letrista y cantante de rock, ídolo de un submundo de neón y smog, que en nada se parecía a las bucólicas aceras de su barrio, Rormoser, donde se codea la realeza.
La vida bohemia de San josé hervía, en lugares como "solo rock", yendo para Escazú por el camino viejo, o en "donde Carmen", un bar y restaurante que albergaba grupos de rock como "Hebra" y "Café con leche", pero también otros de folcklore sudamericano, o tango, o jazz, incluso a Ruben´s, el tenor que cantaba al amor, con sus éxitos populares latinos, como "vereda tropical", y otros del estilo. Y después, cuando apareció el mesón latinoamericano, donde tocaban "Igni ferrocke", "Nabil blue´s", "Acero".
O en "El lobo púrpura", antes llamado "El rincón gitano", cuna de pintores y poétas.
El monstruo pagaba siempre los tragos e invitaba las drogas, y organizaba fastuosas fiestas que, muchas veces, terminaban en orgías. Él y sus amigos eran aficcionados a las chicas de danza contemporánea y las de psicología, los que no eran gays, o bisexuales, y todos de igual manera, culeaban como conejos. Y colaboraban para que el ambiente josefino, tan recatado, se afeara un poco, se hiciera más reál.
Hasta que llegó el sida, y muchos empezaron a cuidarse, pero no todos.
El sabía deslumbrar a las damas con su poesía, que ya en esa remota época, era posmoderna y con una pátina de misticismo, mas un toque de violencia, convinación letal según los entendios.
Y cuando cantaba al frente de su grupo, "Los fármacos", en el auditorio de estudios generales de la universidad, o en el patio de arquitectura, compartiendo cartel con "Autoperro", "Distorsión" y otros.
Pero un buen día descubrió, no sin amargura, que ya no le quedaba regla por romper, o convención social por trasgredir. Eso fué cuando el mercado asomó por la movida más abiertamente, y así, se volvió loco de atar, literalmente, y dió con su osamenta en el chapuí, el hospital psiquiátrico de Pavas.
Ese fué el inicio de su tragedia personal, íntima, de su peregrinar por el infierno, al cual solamente invitaría a su musa, Estrella.
Quería amar y herir, a esa niña maldita y bella.
Y si bien entonces no le dijo nada, la esperó luego todos los días, durante dos semanas, a la misma hora en aquel lugar.
Y la esperaba ahora, veinte años después, luego de un café con leche en el Chelles, o la ex Palace, si bien una muy molesta voz interior le decía, que de lo único que podía sentirse seguro al volver a San josé, era de que no encontraría, ni el fantásma de la sombra de la chica.
Aunque aquella vez, años ha, si volvió, valla si volvió. Y el amor se enteró así, de lo que le faltaba, sangre y dolor, y una vida de perro. Pero hablaremos de eso más adelante, para empezar a dejarlos con las ganas.
xxxxxxxxxxxoooooooooxxxxxxxxxoooooxxxxxxxxooooxxxx
Cuando el monstruo dejó esta ciudad, hace ya veinte largos años, no habían shoping malls, no habían robots, los trenes no volaban. Y ahora, bueno...como todos saben, están a un paso.
Y aunque el mercado ya mostraba, abiertamente, la peór de sus caras, y la globalización pateaba las puertas y los techos de las casas, aún así, había movida.
Es decir, que el hecho artístico acaecía, tan solo por la necesidad acuciante de creár, de ser vitales y contestatarios, los valientes todavía se atrevían a cruzar aquel puente en llamas, que separa las palabras de los géstos, pues era preciso hacerlo.
Pero el puente finalmente había caído, dejándo un precipicio imposible de volver a cruzar, del lado de allá, quedaron aquellos valientes, del lado de acá, el mercado y sus lacayos. Y he aqui que, si por una de esas remotas posibilidades, a algún nostálgico se le daba por asomarse al precipicio y fantasear con dar el salto, enseguida era tildado de loco, y el mercado cerraba sus compuertas, respetando todos su sagrada palabra.
De todas maneras, el monstruo había desaparecido de la escena justo antes de que el puente se viniera abajo, pero por aquel entonces él no necesitaba cruzarlo, pues ya se había convertido en un mito viviente, y su obra estaba, más que en su escritura, en su vida.
Y todavía retumbaban en San josé, los ecos que daban cuenta de sus hazañas.
Pero ahora, si me lo permiten, amables lectores, tal vez lo mejor sería empezar por el principio.
El monstruo había nacido en cuna de oro, en una San josé de otra época, y era de la generación, a la que le tocaba dilapidar una de esas fotunas, casi imposibles de dilapidar, que habían amasado sus mayores. Era el heredero de un imperio de las golosinas, que se exportaban desde allí a toda Centroamérica.
Y no vayan a dudar ustedes, ni por un segundo, que no lo intentó. Claro que intentó gastarse todo, pero no pudo.
A pesar de que en Centroamérica predominaban los conflictos bélicos, todavía en San josé, y en toda Costa Rica, era posible salir a cualquier hora del día o la noche, incluso en el mercado de la coca cola, o en Los Hatillos, sin que una bala perdida te descerrajara la tapa de los sesos, pues no estaba de moda usar armas, y no habían llegado aún el turísmo masivo, las migraciones provenientes de las guerras de los países vecinos, el narcotráfico de Colombia o México.
La población , con escepción de la rural empobrecida por las bananeras, tenía una vida digna, con vivienda, salud y educacción gratuitos y de los mejores. No era el paraíso pero casi.
Uno de los pocos países del continente donde los intereses de la CIA, solo pasaban por tomar sol y llevarse las bananas.
Hasta que llegaron los buscadores de playas exóticas, los turistas y los surfers, la resaca de la guerra, el narcotráfico y la contra, los marines yanquis que llenaron los bares del centro con la excusa de hacer puentes, y los narcos que vinieron a venderles a todos drogas duras. Y ahora era, entonces, el paraíso de los droguetas.
El paraíso del monstruo.
Fué al llegar a su adolescencia, cuando comenzaron los indicios de que no sería un tipo normal, sino un inadaptado.
En las primeras fiestas y escapadas a las playas de las provincias de Limón y Puntarenas, con amigos y amigas del jet set josefino, el monstruo probó la hierba, los honguitos y el sexo.
Escuchó a Zepelling, Black sábath, Hendrix, Spinetta, leyó a Baudelaire, Rimbaud, y sobre todo a los beatnics, y de la noche a la mañana, apareció convertido en poeta marginal, letrista y cantante de rock, ídolo de un submundo de neón y smog, que en nada se parecía a las bucólicas aceras de su barrio, Rormoser, donde se codea la realeza.
La vida bohemia de San josé hervía, en lugares como "solo rock", yendo para Escazú por el camino viejo, o en "donde Carmen", un bar y restaurante que albergaba grupos de rock como "Hebra" y "Café con leche", pero también otros de folcklore sudamericano, o tango, o jazz, incluso a Ruben´s, el tenor que cantaba al amor, con sus éxitos populares latinos, como "vereda tropical", y otros del estilo. Y después, cuando apareció el mesón latinoamericano, donde tocaban "Igni ferrocke", "Nabil blue´s", "Acero".
O en "El lobo púrpura", antes llamado "El rincón gitano", cuna de pintores y poétas.
El monstruo pagaba siempre los tragos e invitaba las drogas, y organizaba fastuosas fiestas que, muchas veces, terminaban en orgías. Él y sus amigos eran aficcionados a las chicas de danza contemporánea y las de psicología, los que no eran gays, o bisexuales, y todos de igual manera, culeaban como conejos. Y colaboraban para que el ambiente josefino, tan recatado, se afeara un poco, se hiciera más reál.
Hasta que llegó el sida, y muchos empezaron a cuidarse, pero no todos.
El sabía deslumbrar a las damas con su poesía, que ya en esa remota época, era posmoderna y con una pátina de misticismo, mas un toque de violencia, convinación letal según los entendios.
Y cuando cantaba al frente de su grupo, "Los fármacos", en el auditorio de estudios generales de la universidad, o en el patio de arquitectura, compartiendo cartel con "Autoperro", "Distorsión" y otros.
Pero un buen día descubrió, no sin amargura, que ya no le quedaba regla por romper, o convención social por trasgredir. Eso fué cuando el mercado asomó por la movida más abiertamente, y así, se volvió loco de atar, literalmente, y dió con su osamenta en el chapuí, el hospital psiquiátrico de Pavas.
Ese fué el inicio de su tragedia personal, íntima, de su peregrinar por el infierno, al cual solamente invitaría a su musa, Estrella.
viernes, 12 de marzo de 2010
primera parte obra poética de Rubén Arrieta capítulo primero
Hay un pequeño país de fantasía, ubicado en el medio de una franja de tierra que divide en dos a un continente, y al que un día un poéta volvió después de haber andado por el mundo...
Y fué así, que veinte años después, el monstruo había vuelto.
Más sereno y maduro, eso se notó a la legua, o eso parecía al menos, y ambicioso como nunca, dispuesto a dar la mejor de sus batallas.
Y más hermoso, y por lo tanto más letal.
En aquella época anterior, veinte años ha, los que lo vieron salir de su breve temporada en el infierno lo aplaudieron, pue se había convertido en un mito viviente. Pero pronto se aburrieron, como se aburre la gente, de adorarlo, porque no podían entenderlo, ya que sus célebres discursos no eran metáforas sinó parábolas, y estaba más despierto que nunca, y por lo tanto a veces daba miedo.
Una sola cosa le jugaba ahora en contra, y era que su veneno-odio, no dejaba cicatizar la heridas aquellas, y quería venganza a toda costa, quería que sus enemigos reconocieran al fin, su superior ascendente.
El establishmen literario, la crema, se rendiría a sus pies, se decía a si mismo el monstruo, pues jamás una novela les había hablado así de su propio pasado, de sus grandezas y miserias, en el país donde nunca pasa nada. ¿donde nunca pasa nada?... Bueno, a veces si.
Pero la ciudad había cambiado, o para inaugurar las frases hechas: era la misma y había cambiado. Ya todos se habían atrincherado en sus lugares seguros, sus bares de diseño y sus confortables living rooms a degustar el banquete, que como siempre, era delicioso pero olía a mierda, para inaugurar los improperios.
Aunque eso si lo sabía el monstruo, que ya no hay movida, sino mercado, un mercado disfrazado de movida en todas partes, en la música, en la plástica, en el cine y la literatura, con honorables exepciones.
Ya nadie quería saber, como no fuera para tomarlo como chiste, pero jamás como ejemplo, de viejas anécdotas de la vanguardia revelde, pues ya no eran la periferia sino el centro.
Entonces, más seguro que nunca de si mismo, y por lo tanto más ciego, el monstruo había vuelto para vengar a sus muertos.
Y con un humeante y apetitoso café con leche delante, acompañado de un ocasional arregaldo de pollo (¿era realmente de pollo?), y su camisa nueva de caballero elegante, se relamía pensando en su triunfo, en una mesa del histórico bar Chelles, o de la que otrora fuera la soda Palace, e impostándo un aire de quien ha viajado por todas partes y está de vuelta, aunque solo anduvo por Argentina, Colombia, y dos meses en Madrid, un aire de quien se ha codeado con los grandes, aunque solo estuvo en un par de cursos de escritores de segundo orden, un aire de escritor latino posmoderno, seductor y un toque decadente, que le sienta bien, justo es decirlo, miraba entonces a su ciudad por la ventana en una tarde de lluvia, y recordaba, ahora lo recordaba todo.
Y todo, es todo, las calles de San José, bañadas en una cortina de agua intermináble de días, y a pesar del aguacero, la vida cotidiana en las calles del centro, sus primeros trabajos free lance, escribiendo el horóscopo o alguna reseña cultural de la vida josefina, para revistas de mediana tirada, o escasa, o nula.
Y por sobre todas las cosas, a Estrella.
La primera vez que vió a Estrella, fué subiendo por las escaleras al costado del puente, en la esquina de lo que en aquel entonces, aún, era la fábrica nacional de licores, de la cual el monsruo y sus amigos se contaban entre los mejores cliéntes, y que desprendía, todavía en aquel entonces, ese fuerte olor a un guaro dulce (¿guaro dulce?), si, guaro dulce o chicha.
Ella bajaba de las escaleras con su uniforme de colegiala pegado al cuerpo, minifalda no reglamentaria y las medias altas, empapada pues acababa se llover, por lo que la blusa le traslucía el brasier, y el brasier los pechos, ¿o sería la mirada de rayos equis que el monstruo puso en ella?, pero en todo caso los pezones eran bien visibles, ¿o sería la lascibia del monstruo?, que posó por fin la vista en los ojos de gata color miel, de aquella bomba sexual de quince años, que le devolvió, temeraria y desafiante, la mirada.
Pero aquella vez la dejó pasar y no le dijo nada, aunque la sangre le golpeaba el corazón y las sienes, aunque era evidente que, como pocas veces o ninguna, pasa en la vida de cualquiera, hacia aquellas escaleras acudieron esa vez a la cita, además de ellos dos, el deseo sexual y el amor profundo juntos.
¿O sería el hijueputa desparpajo del monstruo?
Memorias del país de las ranas_prólogo
novela de Facundo Saraví
Prólogo
La obsesión por tener el control de un relato que escribo, siempre está presente cuando lo empiezo, de mantener cierta lógica, e incluso a veces pretender un poco de seriedad.
Pero en la mayoría de los casos, se me va de las manos todo tipo de control, y nada hay más placentero que soltar las riendas que al principio pretendí manejar, para que al final, el propio relato se imponga por su propio peso, y a pesar del ridículo que eso pueda acarrear, tal vez incluso el suicidio como escritor respetado, dejarme llevar por el torbellino de la historia, en este caso la de un antihéroe que va adonde el viento lo lleve con tal de cumplir su destino último en la vida, el amor de una mujer acaso perdida para siempre.
Aunque algunas veces, necio sería no reconocerlo, retomo el control de lo que quiero narrar, y del correlato de esa historia, en fin, que vuelvo a enderezar el timón a pesar de la tormenta.
Se impone entonces un interesante juego de fuerzas, entre la criatura que he creado, ese ente que va adquiriendo vida propia, y yo que soy su padre y quiero encaminarlo.
En el mejor de los casos, y tal vez este sea uno, el resultado es de un justo equilibrio, con la balanza inclinandose constantemente para uno y otro lado. Tanto que a veces no se si lo había planeado, o simplemente sucedió así, apareció de la nada, en una especie de trance en el que otra conciencia me dicta.
En ese juego de poderes, sale por supuesto airoso, el engendro que tienen en sus manos, el relato. Y es mi mayor deseo, que ese resultado sea también en beneficio de ustedes, los lectores.
Aclaro además que si bien, como tantas otras ficciones, esta está basada en hechos reales y autobiográficos, tal vez en un cincuenta por ciento, el otro cincuenta pertenece a la ficción pura.
Por lo tanto, en muchos casos el parecido con la realidad es mera coincidencia, pero en otros tantos no.
En la parte que corresponde a la vida real, la mayoría de los nombres han sido cambiados para protejer a los verdaderos protagonistas, o para evitarme posibles represalias ,cuando estos son gente poderosa, y peligrosa, que se ofenden con lo que de verdad sucedió, o sea con lo que hicieron y no quieren que se sepa.
Se que de todas maneras, existe una ínfima posibilidad, de que llegen a leer lo que de ellos escribo, y a pesar de no estar sus nombres, se den por aludidos.
Mi misión entonces, si eso ocurre, habrá sido cumplida en su totalidad, que sepan que los vigilamos, y no se saldrán fácilmente con la suya.
Pero si así no sucede, la idea es que nuevas generaciones se enteren de sucesos que quisieron y quieren ser silenciados, bienvenidos al país de las ranas.
Prólogo
La obsesión por tener el control de un relato que escribo, siempre está presente cuando lo empiezo, de mantener cierta lógica, e incluso a veces pretender un poco de seriedad.
Pero en la mayoría de los casos, se me va de las manos todo tipo de control, y nada hay más placentero que soltar las riendas que al principio pretendí manejar, para que al final, el propio relato se imponga por su propio peso, y a pesar del ridículo que eso pueda acarrear, tal vez incluso el suicidio como escritor respetado, dejarme llevar por el torbellino de la historia, en este caso la de un antihéroe que va adonde el viento lo lleve con tal de cumplir su destino último en la vida, el amor de una mujer acaso perdida para siempre.
Aunque algunas veces, necio sería no reconocerlo, retomo el control de lo que quiero narrar, y del correlato de esa historia, en fin, que vuelvo a enderezar el timón a pesar de la tormenta.
Se impone entonces un interesante juego de fuerzas, entre la criatura que he creado, ese ente que va adquiriendo vida propia, y yo que soy su padre y quiero encaminarlo.
En el mejor de los casos, y tal vez este sea uno, el resultado es de un justo equilibrio, con la balanza inclinandose constantemente para uno y otro lado. Tanto que a veces no se si lo había planeado, o simplemente sucedió así, apareció de la nada, en una especie de trance en el que otra conciencia me dicta.
En ese juego de poderes, sale por supuesto airoso, el engendro que tienen en sus manos, el relato. Y es mi mayor deseo, que ese resultado sea también en beneficio de ustedes, los lectores.
Aclaro además que si bien, como tantas otras ficciones, esta está basada en hechos reales y autobiográficos, tal vez en un cincuenta por ciento, el otro cincuenta pertenece a la ficción pura.
Por lo tanto, en muchos casos el parecido con la realidad es mera coincidencia, pero en otros tantos no.
En la parte que corresponde a la vida real, la mayoría de los nombres han sido cambiados para protejer a los verdaderos protagonistas, o para evitarme posibles represalias ,cuando estos son gente poderosa, y peligrosa, que se ofenden con lo que de verdad sucedió, o sea con lo que hicieron y no quieren que se sepa.
Se que de todas maneras, existe una ínfima posibilidad, de que llegen a leer lo que de ellos escribo, y a pesar de no estar sus nombres, se den por aludidos.
Mi misión entonces, si eso ocurre, habrá sido cumplida en su totalidad, que sepan que los vigilamos, y no se saldrán fácilmente con la suya.
Pero si así no sucede, la idea es que nuevas generaciones se enteren de sucesos que quisieron y quieren ser silenciados, bienvenidos al país de las ranas.
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