Cuando el monstruo se fué de San José, no solamente no existían los shoping malls, sino que, además, el escenario era muy otro, por ejémplo: Jóse Capmany y Enrique Ramirez aún estaban con vida , y competían con Madonna, e incluso llegaron a ganarle el primer puesto de los charts en radio uno, con la canción "los pollitos" contra "la isla bonita". Ellos eran "Café con leche y los de abordo"
¿Que quienes eran los de abordo?, pues Marquitos Elizondo en la guitarra, Marcelo Gali en la batería y Calilo en el bajo.
En esa época en que aún la globalización era solo un engendro posible y casi experimental, entre analístas y soñadores de Wall street, y los soplapollas de turno atrincherados en puestos claves de los gobiernos mundiales, un engendro que de repente, si, mostraba sus fauces a las poblaciones indefensas, en esa época entonces, la moda en San José siempre atrasaba un poco.
Pero no para el monstruo, que era un vanguardista por donde se lo mirase. En todos los aspéctos.
Y bien sabía, que un verdadero artísta, o sea, alguien que hace de su propia vida una obra de arte, no puede bajo ningún punto de vista, darse el lujo de tener mal gusto. Menos aún, en el vestir.
Entonces siempre fué un espécimen notorio, donde quiera que paseara su osamenta, así anduviese de gira por Los hatillos, o en Paso ancho, o comprando a los travestis motica de la buena en el cine Líbano, no descuidaba su indumentaria jamás, y aparecía siempre como un lord inglés, con un toque de ciber punck, pareciendose a Sting en "Quadropenia" o en "Duna", aquella peli de David Lynch.
Inclusive en Buenos aires, se las arreglaba para no pasar desapercibido, lo cual es mucho decir, pues los porteños son insoportables a la hora de ponerse competitivos.
Y eso no había cambiado nada con los años, su elegancia seguía incorregible, y de no ser por el porte viril que siempre lo caracterizó, hubiera dado para dudar de su hombría.
En fin, que de repente había vuelto, y estaba ahora frente a la fachada de su casa, que no le generaba tantas emociones gratas como la de sus tíos, así que tal vez era esta casa, entonces, el verdadero ley motiv de su huída, y ahora la tenía frente a frente, como desafiándose ambos, el y la casa, a un duelo de vida o muerte. Pero se armó de valor, cuando su primo tocó el timbre y dijo a quien atendía el contestador: -¡¡adivinen quien ha vuelto a casa!!
La que había atendido era su hermana Carolina, que salió a los gritos y a los saltos cuando lo vió, y se le tiró encima, abrazándolo y besándolo. Y detrás de ella su padre, que salió a saludar también a su hijo, con un fuerte abrazo, pero sin los saltos y los gritos de la chica, sino más ceremonial, como corresponde a uno de su calaña, y al abrazarlo, le dijo estas palabras: -Para un costarricense, nada mejor que otro costarricense, y para un Arrieta, nada mejor que dos Arrietas.
Su madre le sonreía, desde el umbral que separa la sala, del comedor, su territorio, del que parecía no animarse a salir sin permiso, hasta que su hijo extendió los brazos en ademán de recibirla, y ya no pudo contenerse y fué hasta él, por lo que el monstruo lagrimeó un poco más, como lo hacía cada vez más, desde que cumpliera los cuarenta. Y todo aquello, con su primo observando satisfecho desde la puerta, componía una hermosa postal familiar, un hermoso momento kodak, de esos que el monstruo siempre había detestado.
Más tarde cenaron frijolitos molidos, guacamole, patacones con salsa golf, tacos, arroz con pollo, tortillas de maíz, bebieron guaro y fresquito de tamarindo, y de postre dulce de chiverre, todo un banquete que en las pampas se extrañaba, pues los argentinos dijo, solo saben comer carnes rojas y pastas.
Tanta mota les había abierto el apetito, y comieron como piratas.
Y la cena fué agradable, tal vez muy agradable, y el monstruo notó que su madre se veía muy bien, y que al parecer, las cosas habían cambiado un poco.
Pero luego, caminando por el parque metropolitano La sabana con Carolina, a la que invitaron a fumar un purote después de la cena, ella le explicó que las cosas habían cambiado solo en apariencia, y que a su padre no le quedaba más que contener su furia, pués su nuevo puesto los convertía en personas más visibles, y el acesor de imagen recomendaba dar una apariencia de familia modelo. Su popularidad iba en aumento.
Entonces yá no maltrataba físicamente a su mujer por temor a dejarla marcada, o que tuviesen que enyesarla, y ser así la comidilla del país.
Y aunque Carolina tenía 35 años, y por lo tanto ninguno de los tres era un chiquillo, de repente volvieron a sentirse adolescentes, y estuvieron bebiendo birras hasta la salida del sol, y cuando el sol salió, Carlos condujo el carro hasta Puntarenas, y luego de viajar más de dor horas desayunaron gallo pinto y fresco de cas en el paseo de los turistas.
El mar estaba espectacularmente tentador, especialmente tentador esa mañana, después de tantos años, como hace veinte años, de hecho estaba igual, hay cosas que no cambian, y daban ganas de bañarse en sus aguas, e inclusive fundirse con el agua del pacífico, pero los muchachos no habían llevado pantaloneta, y les produció cierto pudor bañarse en ropa interior, pero a Carolina no, y se bañó de todas maneras. En realidad muy pocas cosas le daban pudor a Carolina.
Después se tiraron en la arena bajo las palmeras y se quedaron dormidos, volvieron al atardecer, ya sin un solo gramo de mota que fumar, volvieron en silencio, escuchando música bajito.
¿Por donde mierda comenzar a buscar? se volvió a preguntar el monstruo, y tuvo otra vez la misma idea, brillante y sencilla: comenzaría por el principio.
Cuando luego Carlos los dejó en su casa, con la promesa de seguir en contácto fluído, el monstruo durmió catorce horas seguidas sin parar, o quizá diecinueve.
No tenía ni la más remota idea de lo que lo aguardaba.
Ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir, reza el proverbio.
martes, 6 de abril de 2010
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