Hasta aqui, entiendo que pueda sonar un poco asombrosa la historia de don Timoteo sobre el muerto que camina, pero con lo que me tenía preparado para el final, directamente disparó a mi morbo y mi imaginación de una manera fulminante.
Resumiendo lo anterior, Zorbich usaba su disfraz de gurú del neo-hipismo, para sus actividades dizque clandestinas, pero lo que muy pocos, o casi nadie sabía, tal vez solo don Sarduy, y luego yo, y ahora ustedes, es que en realidad, la misión última de Keller, casi podría decirse el motivo principal de su existencia, era un plan mucho más macabro aún, pues al parecer, en una casa antigua ubicada en la parte trasera de los altos del zoologico, en el límite entre Barrio Aranjuez y Barrio Amón, donde vivía una pareja de viejos emigrantes alemanes casi centenarios, y donde se hacían reuniones espiritístas, pues allí Keller Zorbich se encargaba de custodiar un tesoro nazi, arcones con oro y reliquias arqueologicas de incalculable valor, pero también, el mismísimo cadaver embalsamado de Adolf Hitler.
Don Timotéo me confesó entonces, que hacía mucho tiempo que él se había propuesto comprobar esto con sus propios ojos, pero que esperaba la oportunidad de un aliado fiable, y que dada la confianza a la que habíamos llegado, ese aliado podía ser yo.
-¿y como vamos a entrar? (pregunté entre extasiado y alarmado, sintiendo la adrelnalina correr).
-por la puerta, pero si es necesario, por la ventana o el techo (me contestó decidido).
Fué imposible negarme a tal ofrecimiento, y acordamos para una semana después, fecha en la que habría en la casa un encuentro espiritísta. El padre tiempos decía tener un plan.
Cuando llegó la noche señalada nos dimos cita en la Soda Palace, la idea era planear una estrategia mientras bebíamos un par de birras, que se hicieron varias más, por lo que salimos de allí con los sentidos tal vez un poco distorsionados, y no puedo asegurar que eso no me afactó más tarde cuando ví, o creí ver, lo que ví o creí ver. Tomamos un taxi en la avenida segunda, del cual nos bajamos un par de cuadres antes pare no despertar demasiadas sospechas.
Era increíble el equilibrio de que mi amigo hacía gala, aún sin una pierna y sumado a las birras que nos habíamos tomado, don Timoteo alrdeaba ante quien quisiera verlo, y asistir al espectáculo de un viejo con muleta, apurando la marcha y dando indicaciones precisas, era todo un lujo solo para mis ojos.
La noche presagiaba tormenta, y el aspécto verdaderamente maligno de aquella casa, era acorde con todo lo que podía asociarse al universo personal de keller, o sea ratas, cucarachas, arañas... inframundo.
La disposición de aquel lugar, era de un neto corte esotérico, pues estaba situada de manera estratégica. En una típica calle josefina en una un cuesta muy empinada, un muro comenzaba a ras del suelo muy bajito, y luego, a medida que la calle bajaba, el muro crecía con el devenir de la calle, y el terreno donde se asentaba la casa, crecía con el muro, por lo que al llegar a la esquina, el muro y el terreno median ya más de dos metros, sumados a una reja que nacía a partir de ahi, tal vez dos metros más, allí se encontraba la entrada a la sinuosa mansión, pero no había escaleras de acceso ni entrada por la reja, o sea que la parte de acceso a la casa era por la parte de atrás, la que estaba al nivel de la calle al comenzar la cuesta en la parte de arriba. Espero que se entienda.
El padre tiempos habría averiguado, que el verdadero motivo de construirla así, sería la intención de burlar las almas de las víctimas del holocausto que buscaran venganza.
Un poco fantasioso para mi gusto.
La casa estaba además, rodeada por un hermoso jardín o bosquecillo en el terreno, custodiado por una pareja de enormes perros pastor alemán, y contiguo a la entrada en la parte trasera, había un estrecho pasillo que daba al jardín, y que curiosamente, carecía de cualquier tipo de obstaculo. Cuando pareció que todos los invitados se encontraban ya adentro, salimos de las sombras y nos colamos por allí.
No tardaron en hacer su aparición los temibles perros pastores, pero el padre tiempos, con una voz gutural y en un idioma o dialécto por completo desconocido para mi, les dijo algo incomprensible pero muy efectivo, pues inmediatamente se mostraron amables y juguetones.
Había unos ventanales muy grandes que comenzaban a más de un metro y medio del suelo aproximadamente, y a raz del suelo unos ventanucos pequeños, estos al parecer daban a unos sótanos. La luz se prendió en los ventanales de arriba, y el padre tiempos se puso impaciente, pues dode estábamos no podíamos ver con claridad lo que pasaba, me pidió que buscase un lugar apropiado para ver y relatarle lo que nos estabamos yá perdiendo, y, a mi entender innecesariamente, me dijo que me había traído para ayudar, no para que me quedase parado como un tonto (aunque en realidad dijo boludo, pero yo traduzco).
Me dirigí presto a un árbol, al que me trepé por una parte donde no podían verme desde el interior de la vivienda.
Estaban bebiendo y fumando en una inmensa bibliteca antigua, los casi centenarios habitantes, un hombre y una mujer, ambos muy canosos y pálidos, con la piel casi transparente y de ojos muy claros tal vez azules, que parecían irrediar cierta energía poco común para su edad, el interior estaba muy iluminado y podía verlo todo muy bien desde donde me hallaba, habían además seis personas más, cuatro mujeres y dos hombres de entre 40 y 60 años, además de Zorbich, algunos con aspecto latino, otros europeo, unos muy bien vestidos, otros más humildes, todos habían llegado en dos automóbiles negros lustrosos.
La mayoría conversaban, y un hombre y una mujer ojeaban libros y de vez en cuando intercambiaban comentarios con los demás.
De repente comenzaron a levantarse y salir de la biblioteca, cuando se lo comenté a don Timoteo casi me gritó: -¡bajá, van al sótano a empezar la seción de espiritísmo!
domingo, 8 de agosto de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario