sábado, 5 de febrero de 2011

capítulo cuarenta y uno

Ya superado el trauma demoldeor de la hoja en blanco, se presentó el fantasma, menos demoledor vamos a decirlo, del éxito que tienta a todo escritor. Pero si uno es un artísta sincero que no escribe para el mercado o los concursos lameculos de turno, sino para la gente sensible y con buen gusto, para un público popular y selecto a la vez, entonces uno le dá una buena patada a ese o cualquier otro fantasma. Si uno es consecuente con sus principios, uno se aboca a decir su verdad, algún tipo de verdad, aunque no sea LA VERDAD.
Pongamoslo así: en un arrebato de lucidez, o de genio (aquel ingrediente tan caro y barato a la vez, que no se consigue en supermercado alguno), uno se propone una obra total y descomunal, sea lo que fuere que eso signifique.
Tal vez uno es demasiado ambicioso.
Ya superados, decía, los fantasmas propios y ajenos, los internos y externos, ya teniendo un tema, se necesitan personajes.
Mis personajes deberán poseer unas facultades escepcionales, pues irán tras la pista de asesinos, pero si acaso los asesinos conforman un ente sin cuerpo, o mejor, con ramificaciones en varios cuerpos, que se extienden por todo el tejido social, entonces el asesino es la complicidad del silencio, el asesino es el miedo.
Asesinos que exísten pero no se dejan ver.
Trato de explicarme mejor: buscando tema para escribir, se me ha presentado la jugosa oportunidad de un policial, y quiero hacer visible, a un hipotético lector, el mecanismo interno que me conduce a un tema.
Si bien una novela, debe ser también un entretenimiento y un juego, es interesante cuando nos despierta zonas adormecidas de nuestra conciencia y aviva la memoria.
Y si bien los escritores elegantes, e interesantes, al encarar estos procedimientos, solo los sugieren sutilmente, yo trataré de hacerlos explícitos, pornográficos podría decirse.
Tal vez la suciedad, perdón, la sociedad, no sea más que una máquina devastadora de la realidad y la devore y distorsione constantemente, como en un sueño-pesadilla, la memoria recuerda mal o no quiere recordar, la sociedad normaliza los hechos que no logra comprender.
Y los artistas, los locos, las personas desequilibradas, se niegan a normalizar la patología social.
Tal vez podría haber evitado ese mal trago al hipotetico lector, pero preferí que no.
Mis escritores favoritos, Onetti, Arlt, Bolaño, Dostoievski, han trabajado en base a tabúes, como el incesto y el crimen.
Para no seguir monologando abreviaré, si hasta ahora este relato ha pretendido ser ameno, gracioso si se quiere, he llegado a la encrucijada, como escritor, de plantearme ir un poco más a fondo en el pozo ciego del alma humana, porque si hay una cosa que el alma no es, eso es graciosa, sino más bien, triste y miserable en la mayoría de los casos.
LO QUE LES VOY A CONTAR NO ES GRACIOSO.

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