Recordaría siempre con cariño aquellas semanas de aventuras junto a mi amigo, ya que habían superado todas las que hasta entonces había vivido, ya sea pasar droga en aeropuertos, defender mi honor en la carcel, publicar mis relatos y poemas en revistas, y tener sexo con mujeres que parecen muñecas inflables. Nada de todo eso me había sido tan grato como perseguir un muerto-vivo por los laberintos de Buenos Aires, o ver al robot arturito en acción, y a Timoteo constantemente exitado por su increíble sed de justicia.
Las espectativas que se me presentaban a continuación no eran muy alentadoras. Necesitaba escribir, si, pero ¿escribir que?, para escrivir siempre necesité una musa, no la tenía.
Una tarde me invitaron a leer en un aburridísimo recital de poesía en el pasaje Dardo Rocha de la ciudad de La Plata, por lo demás, aburrido como cada recital de poesía donde hubiese leído, pero en esta ocasión, la vida me volvió a demostrar que es una inagotable caja de sorpresas, para todo aquel que está dispuesto a vivirla a fondo, pues conocí a la artísta plástica Graciela Francinni, que luego fué mi mujer.
Yo me había perdido por los pasillos del sitio en cuestión, un gigantezco edificio de una manzana, que había albergado la primera estación de trenes de la ciudad, y ahora estaba destinado a eventos artísticos de todo tipo, estaba buscando el baño y un lugar en el que refrescar el gaznate con un trago, y dí por casualidad, o más bien "causalidad", con una exposición que inauguraba la mencionada dama, en ese entonces, aún para mi desconocida.
El flechazo fue instantaneo, y luego de capturar su atención, logré sacarla de los tentáculos de parientes y amigos que la acosaban, y me la llevé de allí a una luna de miel, que duró en principio varios días, luego años.
Ella me había dicho: yo hago arte con desechos tóxicos para hablar del tiempo y la destrucción. Pero evidentemente me estaba queriendo decir otra cosa, y sus ojos como dagas se hundieron en mi corazón, tanto que dejé de soñar con Estrella por primera vez en quince años.
He aquí que las pasiones de la nena eran, además del arte (el cual era solo un pasatiempo mientras obtenía la más preciada de esas pasiones), la velocidad y el sexo. Manejar a 220 kmph la perdía, mientras fumabamos un porro atrás de otro, y yo ponía en el equipo un cd de Los Natas, el "Munchen sesions", y en especial una canción, "humo de marihuana", y luego hacíamos el amor como si fuese la última vez cada vez, en cualquier hotel de las rutas argentinas.
Finalmente había conseguido a mi musa, y le puse el cariñoso apodo de "peligro", ya no tenía escusas para no sentarme a escribir.
A veces yo quería competir con ella en velocidad, pero cuando agarraba el volante nunca me animaba a pasar de los 150, entonces ella, arrogante pero gentil me decía, a ver bebé, ¿por que no le das el volante a mamá?
y cuando se cansaba de Los Natas, ponía cumbia villera , o Rodrigo, incluso Gilda, aqellos ya fallecidos ídolos de la canción. O a veces Jimi Hendrix.
Eso me recordaba un gato que tuve en mi adolescencia, al que bautizé Jimi, en honor a aquel gran genio de la guitarra. ¿Han visto a un gato cazando?, es uno de los espectáculos más hermosos y perféctos de la naturaleza. Pues mi gato Jimi era un experto y zagaz cazador de ratones, palomas, incluso un par de vívoras.
Pero yo tenía que escribir, ya no tenía escusa alguna para no hacerlo, entonces ella y yo nos establecimos.
sábado, 5 de febrero de 2011
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