sábado, 5 de febrero de 2011

capítulo cuarenta

Pero escribir, ¿sobre que?
Se me ocurrió escribir sobre Jimi, se merecía toda una novela, una fábula alegórica que hablase tal vez de la carnicería como instinto de supervivencia, una vez lo ví devorar una paloma, se dió un atrcón frente a mis narices, sangre pluma y huesitos por doquier, se la iba comiendo viva, mientras yo pensaba en la crueldad de la vida, en lo bello de esa crueldad, yo me había tomado un ácido lisergico, y Jimi, como si hubiera sabido, me regaló un espectáculo que jamás olvidaría.
Más tarde, aquella vez en San José, fumando con mi amigo Salomón Sabá (¿que será de Salo, estará aún con vida hablando con fantásmas, libre o en algún loquero? desde aquí mis mejores deseos para él), le relaté el banquete de Jimi, y mi amigo, como si lo estubiese viendo, ponia esa cara suya de Charles Manson, quería mucho a aquel animalito.
A Jimi lo agarró un tren, fué triste.
O podría inspirarme en mi nueva mujer.
Ella tenía un pasado familiar por demás interesante, sus abuelos habían venido de una antigua ciudad amurallada, en alguna parte del desierto en medio oriente, hacía ya cien años a la Argentina, y su abuelo había vivido cien años. Decía que su tía conservaba aún una biblia que él le había dejado antes de morir, manuscrita en arameo, y que antes de venir había tirado en un pozo de agua ya seco, una espada de oro y diamantes, para que los que conquistaron su ciudad no puedan apoderarse de ella, me perseguían las historias de tesoros.
Pero la hoja seguía en blanco.
Y de repente, como por arte de magia, el tema apareció, había estado conmigo toda mi vida, pero recién entonces se hizo visible, escribiríría sobre un suceso que conmovió a toda mi generación, el crimen de Alajuelita, me puse a buscar datos en internet y aparecieron cientos de artículos recopilados a través de los años, pues ya habían pasado 20 de aquel espeluznante hecho.
Ví además, que otro autor había escrito sobre lo mismo, pero no quise leer su material para no tentarme con un plágio, lo mezclaría con hechos actuales y tendría en mis manos, en pocos meses, un bomba molotov lista para ser tirada en mi triunfal regreso a Costa Rica, e incendiar todo a mi paso, la firmaría con el seudónimo de Nerón.

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