sábado, 29 de enero de 2011

capítulo treinta y ocho

Nos dimos cita en la elegante cafetería de un hotel en La Recoleta. Mientras esperábamos, Timoteo no podía ocultar su nerviosismo, me pidió que lo acompañara al baño, allí me dijo: -La puta madre, a esta altura Zorbich debe estar tomando sol en las Bahamas, y con sus planos algún inescrupuloso comerciante, de seguro está fabricando Hitlers y chinos como chorizos, mientras nosotros pretendemos sacarle una moneda al pirata Morgan de la embajada de Inglaterra, ¿te das cuenta que no tiene mucho sentido?
Traté de tranquilizarlo diciendole que, si ésta nos salía bien, nos haríamos de algún billete para continuar la busqueda, que tuviera un poco de paciencia.Increíblemente nos salió de maravilla, cuando volvimos a la mesa, el pirata Morgan ya estaba allí revisando el mapa del tesoro con un experto, y al comprobar su autenticidad, les extendió a las chicas un cheque con varios ceros.Después de acompañarlas a buscar el cheque, las chicas nos invitaron a comer y escucharon nuestra historia, que juzgaron aún más increible que la suya, pero de todas maneras nos pagaron por lo que supuestamente había sido un servicio, no mucho, pero tampoco una suma despreciable, tanto como para tirar modéstamente un par de semanas.Nunca más volvimos a verlas.Ya no quedaba tiempo para buscar a Zorbich, el avión de Timoteo salía al otro día, la noche anterior a su partida comimos unos chorizos con vino y ensalada y caminamos por la costanera norte, mientras se hacía la digestión. Nos fuimos a acostar temprano.
Por la mañana lo acompañé al aeropuerto, y el me dijo a modo de despedida, las siguientes simbólicas palabras: -nene, cada vez que veas, o escuches croar una rana, recordá que Keller Zorbich está vivo y suelto en algún lugar, nuestra misión última en la vida es darle muerte.
Cuando más tarde quedé solo viendo despegar los aviones, recordé un entretenimiento que en mi infancia, ocupaba un lugar preferencial, patear ranas y sapos desde el jardín de mi casa a la calle, que terminaban siendo aplastados por los autos, y de los cuales quedaba solamente el cuero, dibujando sus siluetas contra el asfalto caliente por el sol tropical.
Y me juré a mi mismo, y a mi amigo Timoteo, que si acaso Zorbich, tenía alguna otra vez la osadez de cruzarse en mi camino, terminaría sus días como aquellos animalitos de mi infancia.
El ruido de las turbinas del avión de el padre tiempos me sacó de mis cavilaciones, y con un gesto mecánico dije adiós con la mano, con la vaga esperanza de que me viese.
Algún día, tal vez no muy lejano, tendría que volver yo mismo a San José, pues no se puede, dicen, vivir huyendo del pasado.

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