¿Y que hacía yo, un natural de San José de Costa Rica, un tico fana del Saprisa, el equipo de fútbol de mi niñez, que hacía en el barrio de La boca, en la calle Corrientes, en Palermo, en aquel remoto, exótico y estrafalario país, la república Argentina?
Pretendía aprender a escribir bien.
¿Y por que allí y no en otro sitio? Porque según las palábras del santo patrono de los escritores, el señor Roberto Bolaño, el escritor al que todos trataremos de copiar en vano en el próximo medio siglo, según sus palábras entonces, Argentina es el país donde hasta los malos escritores escriben bien.
Un piropo tal vez desmedido.
La obsesión de escribir bien es peór que la enfermedad de la lectura.
Por eso es mejor leer, o vivir, o hacer cualquier cosa que no te coma el higado, como le pasó a Bolaño.
Conocí a Keller Zorbich en San José allá por el año 1986, ni siquiera después en argentina, vería un porteño más porteño que ese, que había nacido en Alemania. Toda la pedantería, grandilocuencia y exeso de un perfecto hijo de puta, uno que se las sabe todas, lo cierto es que se instaló en el mítico barrio de Aranjuez, punto neurálgico de la bohemia josefina, y como obiarlo, polo espiritual y místico donde se nuclean las corrientes de la nueva era, los hare Krishna, la sociedad teosófica, y por donde deambulan los dementes con delirio mesiánico.
Ves por allí ese tipo de gente, sobre todo en las noches encendidas de la ciudad, llendo de Aranjuez y Barrio Amón hacia la zona de la universidad en San Pedro y visebersa, buscando drogas, putas y bares abiertos, cuando ya están todos cerrados.
El sujeto en cuestión, había captado la atención de de un grupo de personas, ni reducido ni demasiado amplio, mayormente damiselas y señoras de la sociedad, aburridas sin remedio en busca de emociones.
También logró captar la mía, y así lo escuché pregonar hacerca de su escuela, sita en los bajos de la galería de Jacobo Carpio en la calle en desnivel que corre por debajo de la avenida Nuñez en esa cuadra, que va después del parque nacional. Una calle que no tiene nada que envidiarle a las ciudades más hermosas, como toda mi ciudad.
El lugar se llenó de aprendices de Gurúes, de yupis aburridos tratando de aumentar su magnetismo personal, de tipos peligrosos.
Pronto el maéstro me tomó confianza y me adoptó como monaguillo.
Al principio todo era muy armónico, con meditaciones y saumerios, frases convincentes y ejercicios de destreza, después fué subiendo de tono, cuando nos conectamos con nuestro yo interior, pues este no siempre era lo agradable que uno hubiese querido, y si a veces, todo lo contrario.
Pero eso fué después, antes hubo inclusive sexo grupal y otras cosas del estilo, dizque para demostrar amor de manera tangible y real, y no solo con palabras vacuas.
No podría yo precisar, con total exactitud, cuando fué la primera vez que ví a Keller Zorbich, pero casi, pues hay solamente dos opciones firmes: la primera, en ocasión de la cena que él mismo brindara, a un selécto grupo de aristócratas, intelectuales y artistas, para presentar en sociedad su, a partir de entonces muy mentada, "escuela de control mental", alrededor de la cual luego se tejieron mitos y rumores, algunos con fundamento, otros infundados.
Fuí un testigo privilegiado de esa escuela.
En esa cena Zorbich, que habiendo nacido en Alemania, venía de vivir muchos años aquí, en argentina, donde había estudiado la psicología social de pichón Riviere, y luego creado una nueva rama, basada en el despertar de la conciencia, la intuición, la percepción, y otras facultades dormidas del cerebro humano, según sus propias palabras, pero que siendo fieles a la verdad, nunca fué mas allá de crear ilusiones en sus seguidores, atiborrandolos de plegarias, mantras, y drogas alucinógenas, en esa cena entonces, Zorbich sirvió ranas, enharinadas y fritas, y también en estofado.
Lo sabía todo con respecto a ese horrible y delicioso animalejo, pues tenía un criadero de ranas.
Y aunque en Costa Rica no comemos ranas, y tenemos un fuerte rechazo por todo lo que no sea arroz y frijoles, acompañado de algún agragado clásico, de carne vacuna o pollo, a lo sumo pescado, ensalada de repollo, y algún picadillo de verdura, esa vez el anfitrión había elegido bien a sus comezales, que eran gente de una actitud abierta, posibles alumnos de su doctrina.
Ranas y vinito blanco, frío.
La otra posible opción, fué aquella vez en que el prestigioso marchant Jacobo Carpio, trajo a su galería una muestra de Guillermo Kuitca, y al propio Kuitca, por aquel entonces en pleno ascenso vertiginoso, pero mucho antes aún, de que sus pinturas alcanzaran en Europa y New York, los exórbitantes precios de las pinturas de Van Gogh, ya más muerto que una tumba. En fin, lo ridículo y pretensioso del mercado del arte, mientras la mitad del mundo pasa hambre.
Carpio, que siendo costarricense había también vivido en Argentina, había conocido aquí a Zorbich.
Todo eso sucedió allá por el año 1985 en San José, y si bien, como ya dije, no puedo precisar ahora con exactitud, en cual de esas ocasiones lo ví por vez primera, si puedo decir, sin temor a equivocarme, sin margen posible de error alguno, una cosa: yo ví matar, a Keller Zorbich.
Si se pone un poco de atención, esta última frase puede ser interpretada de dos maneras, o sea que pude ver a Zorbich matar a alguien, o que ví como alguien le daba muerte a él. En este caso, ambas interpretaciones son correctas, ambas cosas sucedieron frente a mis narices, Zorbich mató a alguien, y luego otra persona lo mató a él.
Entonces, no podía explicarme, diez años después de verlo morir, como podía ser posible que me lo cruzara yo, caminando tan campante por la avenida Corrientes, aquí en Buenos Aires, un domingo por la noche a escasas dos cuadras del ovelisco.
¿Que como sucedió?, pues estaba yo ojeando algunos libros en una librería de esa calle, y en especial controlando que quedasen ejemplares, de un librito de poesía que me habían publicado hacía relativamente poco tiempo, ubicandolos en mejor lugar sin que se de cuenta el encargado, en fin, esas malas costumbres de ciertos movimientos poéticos. Cuando de repente se aparece él, así sin más, entre un nutrido grupo de transeuntes, de tal vez siete u ocho personas, hombres y mujeres que parecían estar entre los 50 y 60 y pico años de edad.
Mientras aquel grupo se paró en la puerta de la librería, para deliberar donde comer, yo dudé que fuera él y lo observé detenidamente, parecía no haberme visto, y todas mis dudas se despejaron dejando lugar al pavor, y una corriente eléctrica recorrió mi columna vertebral, cuando aquel fantásma alzó su voz por entre las demás diciendo: -¡bueno ,¿ranas o pizza?!
Maldito brujo, ¿ranas o pizza?, ¿era Zorbich?, ¿podía ser reál lo que me estaba pasando?
Luego, por un instante me pareció que nuestras miradas se cruzaron, pero él no me reconoció, o tal vez fingió. Cuando reanudaron la marcha decidí seguirlos desde lo que en ese momento juzgué, tal vez erroneamente, una distancia prudencial.
Debo aclarar, que nada de lo que yo había vivido anteriormente, y cuando digo nada es nada, o sea ninguna experiencia, me había preparado para esto, ver a un muerto caminar frente a mis propias narices. Ni haber estado entre peligrosos narcos, o pasar un año tras las rejas, ni siquiera las mismas experiencias psicotropicas en la escuela de control mental, nada de eso se comparaba con la fuerte conmoción que me produjo, ver a Zorbich con vida, después de haber presenciado su muerte.
Aquello tenía que tener una explicación racional, y yo iba a averiguarlo a cualquier precio.
Por supuesto que la primera reacción lógica, devería haber sido, pensar que tal vez su muerte no fue tal, sino solo una magnífica actuación, pero si yo me permitía poner en duda aquello que tan de cerca me tocó vivir, devía tambien poner en duda cada acontecimiento de mi vida toda, pues no habia manera de que aquel asesinato no se hubiese llevado a cabo, cuando la pistola con que se fraguó fue disparada, y sus sesos volaron por el aire intoxicándolo, y quedando luego pegados por doquier, mientras la sangre manaba a borbotones. ¿Van a decirme ustedes que lo soñé?, entonces lo soñamos varios.
Todo eso me decía a mi mismo, mientras seguía a aquel grupo a una cierta distancia que, entonces, consideré prudencial.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario