En lo que respecta a la relación del monstruo con sus padres, las cosas nunca estuvieron del todo bien, aunque tampoco podría decirse que del todo mál.
Su padre, don Carlos Arnulfo Arrieta, era un empresario agresivo, él era quien había levantado la vieja fábrica de galletas, cajetas, y todo tipo de golosinas de su propio padre, el abuelo del monsruo, don Rodolfo Arrieta, y la había convertido en un imperio. Y todavía cincuenta años después, recordaba con orgullo el primer camión que enviara al extranjero con sus prodúctos, por supuesto después de asegurarse, de que cada pulpería del país estubiese ya bien surtida.
Pero lejos de ser un capitalísta embrutecido, era más bien otra cosa, lejos de horrorizarse, como sí lo hacía la madre del monstruo, doña Yorleni Mora, con las correrías de su hijo, lo entendía y lo consideraba un artísta, fué su primer mecenas, y de hecho su único.
Cuando Rubén, en las cenas familiares, dándose aires de poéta incomprendido, hablaba de lo que acababa de leér, o de lo que estaba por leér, o de lo que estaba escribiendo, don Carlos Arnulfo le recordaba que si de verdad pensaba dedicarse a las letras, aún le faltaba leer a Victor Hugo y a Cervantes. Y porque no, aunque no eran imprescindibles para la escritura pero si para la vida, a Marx y Freud.
A pesar de esos buenos consejos, la cultura del monstruo nunca dejó de estar hecha solo de retazos.
Pero no lo malcriába, pues quería que aprendiera a valerse por si solo.
Una tarde que Rubén cayera en prisión, llamó a su padre para pedirle ayuda.
-Véa mi tata (le dijo), es que estoy aquí en la penitenciaría, haber si hablás con alguien para que me saquen yá.
-No que vá mi hijo (le contestó su padre), si yo no tengo tiempo para esas cosas, siempre estoy breteando para que vos podás ser poéta, así que pudrite un ratico ahí, y cuidado lo culean hijueputa, que si para algo es un Arrieta, es para cuidar el honor de la familia.
Y allí tuvo que quedarse quince días, pues lo habían agarrado con mota. Días estos, en los que se hizo respetar y logró sobrevivir, e incluso hizo algunos billetes, vendiendo cigarrillos y alguna ocasional droga que le llevaran sus visitas.
También hizo alguna amistad duradera.
Pero ahora había vuelto, y lo primero que hizo al llegar a San josé, saborear un arreglado, etc... de pollo... bla, bla ,bla, y saboreaba también el momento en que volvería, de capa caída, al lugar del crimen, las escalinatas al costado del puente, pensando largo tiempo en ella, en aquel primer encuentro, y luego en el segundo y definitivo, y luego en cada instante de aquel apasionado amor de juventud, único en su escencia, se decía... o se mentía.
Y ahora entonces, otra vez allí, pensaba el monstruo lo siguiente: vendería el alma al diablo por volvera verla con sus quince años y su uniforme de colegiala, pero el tiempo no vuelve mae, que vá, no vuelve nunca más.
Y también pensaba que sus obsesiones con respécto a la movida de antes y el mercado de ahora, tal vez no sean más que un salvavidas de consuelo, pués tal vez si había ahora una movida, pero él ya no podía verla, pues se movía en otro tiempo. Así las cosas, tal su velocidad.
Y que lo único que tenía para volver a intentarlo, para subirse aunque solo fuese por una vez más a la cresta de la ola, un último viaje relámpago al país de los quince minutos de fama, una última oprtunidad para sentir la adrenalina del triunfo, era una novela de mierda, para mandarla a un concurso que tal vez apestaba, o hacerla editar por una editorial de muertos vivos, que disfrutaban las cosas del ayer.
Un pasado glorioso. El monstruo se sintió patético, de un patetísmo novelesco.
Y entonces lo atacó la típica depresión de quien volvió, veinte añitos después, y esperaba ver lo mismo, pero lo mismo estaba enterrado para siempre, y ahora arriba reinaba otra cosa. Los shoping malls, los trenes voladores, el mercado, los robots asomaban sus cabezas por el horizonte de un futuro, que se sentía palpitar en la vuelta de cualquier esquina, se podía oler, tocar casi.
Y así, recién llegado, lagrimeaba y tragaba saliva pensando en ella, quería huír de nuevo, era lo más parecido un tango, vivir en argentina le había hecho mal. Muy mal.
lunes, 22 de marzo de 2010
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