viernes, 26 de marzo de 2010

capítulo seis

Finalmente, como pudo, logró reponerse de aquel trance y se subió a un autobús rumbo a Las nubes, en Coronado, el lugar donde había pasado varios de los años más felices de su vida.
En el trayecto del viaje, y al llegar a Coronado, comprobó que aquel paisaje no había cambiado tanto, porque ¿cuanto puede llegar a cambiar un pueblo lechero en solo veinte años?, hay cosas que no cambian nunca, se dijo, y ese pensamiento lo tranquilizó.

Se paró en el medio de la plaza y observó un rato la catedral, luego cruzó hasta ella, y en un arranque de misticísmo melancólico dizque católico, dejó pasar el tiempo, el suficiente para aclarar su, aunque suene pomposo, atribulada conciencia.

Al salir de allí, rumbo a la parada para tomar el autobús a Las nubes, tuvo el antojo de unas papas fritas, o a la francesa, pues había quedado con hambre. La ventanita donde se venden era la misma, la maquina que las corta y la freidora, parecían ser las mismas de siempre, buena señal.
Y finalmente, veinte minutos por la montaña, subiendo hasta alcanzar su ansiado destino, cada vez más alto, pues Coronado ya es bastante alto, y en algunos puntos de Las nubes, en días despejados, se alcanza a ver el mar.
Al fin llegó, donde la tierra agreste se junta con el cielo, e inevitablemente, el corazón se vuelve pájaro... como reza una conocida canción, una de esas que el monstruo no escribió, pero le hubiera gustado escribir.
Caminó varias cuadras, unos seicientos metros de potreros, donde pastan los cebúes y las vacas, y se ofrecen los honguitos, hasta una sinuosa residencia de dos plantas, en medio de un paisaje de ensueño, a la que se detuvo a observar con nostálgia, el sitio donde había probado todas las drogas y escuchado todos los discos posibles, y algunos imposibles, la casa de su mejor amigo de la infancia y la adolescencia, su primo Carlos Mora, y de sus tíos.

Tocó la puerta.

Y al abrirse ésta, los dos hombres se miraron unos instántes que parecieron eternos en el éter (continuamos con la tendencia a los símiles fáciles), buscando en esas caras conocidas, las arrugas y las canas que deverían estar allí, si tenemos en cuenta los años que habían pasado, pero que al parecer, por el momento, atrasaban su llegada.

Entonces, el que había abierto la puerta, dijo con entusiasmo: -¡mae, que hijueputa, pero si es Rubén Arrieta, la promesa nunca cumplida de la literatura costarricense! ¡dame un abrazo
carepicha!

Se abrazaron fuerte un rato, y el monstruo pensó que Carlos era la única persona, además de Estrella, que podía salvarlo del suicidio. Pero enseguida se rió sólo de su solemne pesimismo impostado, y se sintió definitivamente más tranquilo, como en casa, como quien vuelve después de veinte años, cuando Carlos le dijo: -creo que esto merece unos honguitos y un puro, por lo menos, pero como ya estamos rocos, o sea viejitos, lo mejor es que tomemos un café con arepas y natilla que está preparando mi mama, que por cierto, se va a poner muy contenta de verte.
así fué, su tía se emocionó grandemente al verlo entrar al comedor detrás de su hijo, y se le abalanzó para abrazarlo y besarlo.

- rubencito, tantísimo tiempo, pero si estás igualito, por ustedes dos no pasa el tiempo todavía, ¿ya fuiste a ver a tu mamá?

- que vá tía, todavía no fuí a mi casa, quise pasar antes por aquí para tomar valor.

- bueno, venga , vamos a comer unas arepas con café y natilla, pero después nos vamos rapidito para su casa, ¿como vas a ser tan ingrato?, si tu pobre madre ha estado tan triste últimamente pensando en vos...

Comieron y tomaron café mientras hablaban, aunque el monstruo estuvo un poco ausente y por momentos parecía un autísta, y había que sacarle las respuestas.
Desde que bajara del avión, había notado la sensación de sube y baja emocional, o de montaña rusa emocional que la había provocado tal vez el viaje en avión, alternando entre la euforia y la decepción casi constántemente, sensación que iba a durarle un buen tiempo, y que ahora en casa de sus tíos, con todos esos muebles y adornos que tanto conocía, podía analizar a fondo, para
concluír en que tal vez, volver a su pasado se había convertido en una peligrosa trampa de la que sería arduo tratar de escapar.
Ya se imaginaba una y otra vez recorriendo los lugares de antes, en busca de los rostros de antes, diciendo las cosas de siempre.
Ya se imaginaba las insufribles cenas con sus padres, el estado catatónico de su madre, doña Yorleni Mora, cuando después de la cena, don Carlos Arnulfo dijera que saldría a tomar una copita con los compas, y ella se dedicara entontonces a lavar los platos y luego convertirse en zombi frente al televisor, hasta que su marido, borracho como una cuba vuelva, a pegarle primero y dormirse después, haciendo valer su status de empresario adelantado, en este país de "playitos, pendejos y zopilotes", según sus palabras.
El monstruo querrá entonces matarlo, pero no puede porque en el fondo lo ama, entonces, cuando su tía lo traiga de vuelta a la realidad preguntandole: -¿le gustaron las arepas rubencito?
con esa cara de pobre desgraciada, que en medio del paraiso no puede salir de la cocina porque no se atreve, él pensará una sola cosa, que no dejará hueco por revolver, ni rincón por urgar, en esta maldita ciudad, y en el mundo si es preciso, hasta encontrar a Estrella y llevársela lejos, a cualquier parte, a escapar juntos del destino cruel y miserable de ser esposa de alguien, de cualquiera, escapar de esa institución que se inventó para tener esclavas para siempre, sin derecho a vacaciones, ni juvilación, y en el mejor de los casos, hasta que la muerte las venga a rescatar.
-si tía, muy ricas las arepas (dijo finalmente).

Cuando hubieron comido y bebido suficiente, ella propuso llevarlo a casa de sus padres, pero el monstruo estaba ido, lejos, y no pudo contestarle, y su primo contestó por él: - si mi mama, ahorita nos lo llevamos, pero déjemelo un ratico para paseárlo por el campo, debe extrañar mucho este lugar ¿verdad que si primo? (le dijo dándole un codazo para despertarlo del letargo).
-si claro (contestó Rubén sin lograrlo del todo).

Entonces salieron, y mientras salían el montruo se preguntó: ¿pero donde comenzar a buscar?
Y su tía se dijo, a su vez a si misma mientras los veía caminar por los árboles de afuera:
-pobrecillo, seguro que el viaje lo dejó medio tontico.

Y afuera, lejos de la mirada inquisidora que se intuía venir de la cocina, su primo le recetó un puro de mota de la mejor, diciéndole: -mae, vos necesitás fumar hierba urgente, estás medio idiota, y así vas a asustar a la gente huevón. Caminaron por las montañas fumando.
Tanto, que de repente el monstruo volvió en si, y se le dió por decir: - ¡mae, que rica motica, que bonito es estar de vuelta, como extrañaba esto!
Carlos se cagó de la risa, y dijo mirando al cielo: - ¡aleluya!, ¿y que vas a hacer, te vas a quedar?
-no sé, tal vez un par de años.
-¿y a que te vas a dedicar?
-voy a publicar una novela, para que aprendan a escrivir aquí los escritorsuchos.
-veo que viajar te ha vuelto más humilde cara de picha.
Ambos se cagaron de la risa.
-pero no pensás vivir de publicar una novela, ¿o sí?, tal vez consigas un puestico, ahora que tu tata es el flamante ministro de economía.
-mae, si mi viejito me consigue un puestico en el gobierno me voy a cagar de la risa, van a tener que leer mi novela por decreto.


Ambos se volvieron a cagar de la risa, básicamente porque se habían fumado todo el puro, pero además porque, de repente, en medio de tanta sobrecogedora belleza natural, encontraron estúpida la charla, así que cuando ya no pudieron reírse más, pues habían agotado aquel recurso, qudaron en silencio, contemplando el paisaje verde y espectral de las montañas, matizado por la niebla de las nubes, que, merced al efecto de la mota, parecía pasar a través de sus cuerpos.

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