viernes, 12 de marzo de 2010
primera parte obra poética de Rubén Arrieta capítulo primero
Hay un pequeño país de fantasía, ubicado en el medio de una franja de tierra que divide en dos a un continente, y al que un día un poéta volvió después de haber andado por el mundo...
Y fué así, que veinte años después, el monstruo había vuelto.
Más sereno y maduro, eso se notó a la legua, o eso parecía al menos, y ambicioso como nunca, dispuesto a dar la mejor de sus batallas.
Y más hermoso, y por lo tanto más letal.
En aquella época anterior, veinte años ha, los que lo vieron salir de su breve temporada en el infierno lo aplaudieron, pue se había convertido en un mito viviente. Pero pronto se aburrieron, como se aburre la gente, de adorarlo, porque no podían entenderlo, ya que sus célebres discursos no eran metáforas sinó parábolas, y estaba más despierto que nunca, y por lo tanto a veces daba miedo.
Una sola cosa le jugaba ahora en contra, y era que su veneno-odio, no dejaba cicatizar la heridas aquellas, y quería venganza a toda costa, quería que sus enemigos reconocieran al fin, su superior ascendente.
El establishmen literario, la crema, se rendiría a sus pies, se decía a si mismo el monstruo, pues jamás una novela les había hablado así de su propio pasado, de sus grandezas y miserias, en el país donde nunca pasa nada. ¿donde nunca pasa nada?... Bueno, a veces si.
Pero la ciudad había cambiado, o para inaugurar las frases hechas: era la misma y había cambiado. Ya todos se habían atrincherado en sus lugares seguros, sus bares de diseño y sus confortables living rooms a degustar el banquete, que como siempre, era delicioso pero olía a mierda, para inaugurar los improperios.
Aunque eso si lo sabía el monstruo, que ya no hay movida, sino mercado, un mercado disfrazado de movida en todas partes, en la música, en la plástica, en el cine y la literatura, con honorables exepciones.
Ya nadie quería saber, como no fuera para tomarlo como chiste, pero jamás como ejemplo, de viejas anécdotas de la vanguardia revelde, pues ya no eran la periferia sino el centro.
Entonces, más seguro que nunca de si mismo, y por lo tanto más ciego, el monstruo había vuelto para vengar a sus muertos.
Y con un humeante y apetitoso café con leche delante, acompañado de un ocasional arregaldo de pollo (¿era realmente de pollo?), y su camisa nueva de caballero elegante, se relamía pensando en su triunfo, en una mesa del histórico bar Chelles, o de la que otrora fuera la soda Palace, e impostándo un aire de quien ha viajado por todas partes y está de vuelta, aunque solo anduvo por Argentina, Colombia, y dos meses en Madrid, un aire de quien se ha codeado con los grandes, aunque solo estuvo en un par de cursos de escritores de segundo orden, un aire de escritor latino posmoderno, seductor y un toque decadente, que le sienta bien, justo es decirlo, miraba entonces a su ciudad por la ventana en una tarde de lluvia, y recordaba, ahora lo recordaba todo.
Y todo, es todo, las calles de San José, bañadas en una cortina de agua intermináble de días, y a pesar del aguacero, la vida cotidiana en las calles del centro, sus primeros trabajos free lance, escribiendo el horóscopo o alguna reseña cultural de la vida josefina, para revistas de mediana tirada, o escasa, o nula.
Y por sobre todas las cosas, a Estrella.
La primera vez que vió a Estrella, fué subiendo por las escaleras al costado del puente, en la esquina de lo que en aquel entonces, aún, era la fábrica nacional de licores, de la cual el monsruo y sus amigos se contaban entre los mejores cliéntes, y que desprendía, todavía en aquel entonces, ese fuerte olor a un guaro dulce (¿guaro dulce?), si, guaro dulce o chicha.
Ella bajaba de las escaleras con su uniforme de colegiala pegado al cuerpo, minifalda no reglamentaria y las medias altas, empapada pues acababa se llover, por lo que la blusa le traslucía el brasier, y el brasier los pechos, ¿o sería la mirada de rayos equis que el monstruo puso en ella?, pero en todo caso los pezones eran bien visibles, ¿o sería la lascibia del monstruo?, que posó por fin la vista en los ojos de gata color miel, de aquella bomba sexual de quince años, que le devolvió, temeraria y desafiante, la mirada.
Pero aquella vez la dejó pasar y no le dijo nada, aunque la sangre le golpeaba el corazón y las sienes, aunque era evidente que, como pocas veces o ninguna, pasa en la vida de cualquiera, hacia aquellas escaleras acudieron esa vez a la cita, además de ellos dos, el deseo sexual y el amor profundo juntos.
¿O sería el hijueputa desparpajo del monstruo?
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