Hasta que el muro finalmente cayó, y la derecha ganó en Nicaragua, y San josé se llenó de nicas de la contra y al recontra, que bebían en los mismos bares y en las mismas mesas, con los marines y los agentes de la CIA, que tramaban tirar gobiernos y poner presidentes.
Y entre toda esa gentuza, aunque jamás en las mismas mesas, también algunos poétas nicas y salvadoreños, que por un momento dieron la impresión de un movimiento, como si la movida hiciera nuevamente una fugaz aprición, solo para desaparecer para siempre, de poétas valientes venidos de la guerra, pero que eran demasiado malditos, aún para los sobrevivientes de la movida anterior.
El monstruo hizo muy buenas migas con algunos de ellos, lo que, según su parecer, ameritó volver a recorrer los tugurios de la zona roja, pues cualquier excusa era buena.
Pero una tarde conoció a Esrtella, subiendo él por las escaleras al costado del puente de la antigua fábrica, bajando ella, cuando se respiraba aún ese tufillo a guaro dulce o chicha, como ya se dijo hasta el hartázgo.
Y la esperó luego dos semanas, hasta que ella volvió a pasar después de la lluvia, todavía mojada, la blusa pegada al cuerpo que le traslucía los pezones, o tal vez fué la visión de rayos x del que esperaba bajo techo, que no podía ser otro que el monstruo, y que por lo tanto estaba seco, con un enorme paraguas que ofreció cuando ella, que ya se resignaba a seguir caminando bajo la lluvia que volvía a cántaros, sonrió coqueta, sensual, pervérsamente bella, caníval.
Tanto fué así, que él le ofreció entrar al Chelles a tomar dizque un cafecito, pues temío ser devorado en la calle a la vista de todos, todo un don Juan...
Ahora que ha vuelto, lo recuerda todo así.
No hay nada más bello en el mundo conocido por el monstruo, ni más electrizante, que una colegiala tica en su uniforme apretadito y corto, las medias altas, la blusa transparente.
Y duda seriamente que pueda haberlo, en el mundo que le resta por conocer.
Entonces, dijimos que en el Chelles, mientras Estrella le decía que a ella le encantaba mojarse, y un río corría por la avenida central, él le decía que tenía los ojos más bellos que jamás hubiera visto, mientras le comía la boca con la vista, y mientras se relamía mirándole descarado los pechos, le decía casi lo mismo, de su hermosa boca. A todas les decía lo mismo, pero esta vez, a juzgar por las apariencias y el cúmulo de sensaciones, hablaba con el corazón. O eso parecía.
Estrella llamó a casa para avisar que se quedaba "estudiando en casa de una amiga" y fueron al cine.
En el cine se tocaron, él lamió por fin aquellos pechos con los que había soñado quince días, ella le lamió la verga, que tenía tal vez un tamaño levemente superior a lo que había imaginado, lo cual no la molestó ni ofendió en absoluto. Y él le llenó la boca de leche.
Estrella era inocente y pura con sus quince años, y el sexo era algo bueno para ella.
Y por la cabeza del monstruo, pasaron las obras completas del marqués de Sade, y de Anaís Nin, en esa mamada.
Cuanto amó y maltrató a esa niña, solo él lo sabe, luego por supuesto, lo sabrán ustedes. El tenía veinte y ella quince, la hizo conocer todos los hoteluchos y moteles de San josé, y algunos de la playa. Todo esto, como ya se aclaró, antes de que llegaran los robots y los trenes voladores, o sea, hace ya bastánte, aunque tal vez no demasiado, tiempo.
Estrella no era una santita, que va. Disfrutaba mucho todas las locuras de él, una guarrita a sus quince, incluso cuando le exigió, no con demasiado esfuerzo, dejarse deflorar por el ano.
Pero ella lo hacía por amor, y él también, pero él creía que no, pues se creía incapaz de amar.
Ella le hacía notar, cada vez que tenía oportunidad, lo estúpido y malvado que era.
Cuando el monstruó finalmente huyó como un cobarde, de viaje a Colombia, España, y finalmente Argentina, en busca de nunca supo bien que, no pudo dejar de soñar con ella, ni pudo olvidarla, ni quiso, en los veinte años que estuvo afuera. Ahora que había vuelto, maldición, lo recordaba todo, así.
lunes, 22 de marzo de 2010
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