miércoles, 17 de marzo de 2010

capítulo dos

Lo cierto es que esa vez no le dijo nada, pero se dió vuelta para verla bajar con su bolso del cole colgando desganadamente del hombro derecho, con su melena pelirroja que incendiaba la ciudad (para empezar con las metáforas trilladas), con ese culo redondo y bamboleante, que inspiraba en él, amor y deseo, si, pero también maldad.
Quería amar y herir, a esa niña maldita y bella.
Y si bien entonces no le dijo nada, la esperó luego todos los días, durante dos semanas, a la misma hora en aquel lugar.
Y la esperaba ahora, veinte años después, luego de un café con leche en el Chelles, o la ex Palace, si bien una muy molesta voz interior le decía, que de lo único que podía sentirse seguro al volver a San josé, era de que no encontraría, ni el fantásma de la sombra de la chica.

Aunque aquella vez, años ha, si volvió, valla si volvió. Y el amor se enteró así, de lo que le faltaba, sangre y dolor, y una vida de perro. Pero hablaremos de eso más adelante, para empezar a dejarlos con las ganas.

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Cuando el monstruo dejó esta ciudad, hace ya veinte largos años, no habían shoping malls, no habían robots, los trenes no volaban. Y ahora, bueno...como todos saben, están a un paso.

Y aunque el mercado ya mostraba, abiertamente, la peór de sus caras, y la globalización pateaba las puertas y los techos de las casas, aún así, había movida.
Es decir, que el hecho artístico acaecía, tan solo por la necesidad acuciante de creár, de ser vitales y contestatarios, los valientes todavía se atrevían a cruzar aquel puente en llamas, que separa las palabras de los géstos, pues era preciso hacerlo.

Pero el puente finalmente había caído, dejándo un precipicio imposible de volver a cruzar, del lado de allá, quedaron aquellos valientes, del lado de acá, el mercado y sus lacayos. Y he aqui que, si por una de esas remotas posibilidades, a algún nostálgico se le daba por asomarse al precipicio y fantasear con dar el salto, enseguida era tildado de loco, y el mercado cerraba sus compuertas, respetando todos su sagrada palabra.
De todas maneras, el monstruo había desaparecido de la escena justo antes de que el puente se viniera abajo, pero por aquel entonces él no necesitaba cruzarlo, pues ya se había convertido en un mito viviente, y su obra estaba, más que en su escritura, en su vida.
Y todavía retumbaban en San josé, los ecos que daban cuenta de sus hazañas.

Pero ahora, si me lo permiten, amables lectores, tal vez lo mejor sería empezar por el principio.

El monstruo había nacido en cuna de oro, en una San josé de otra época, y era de la generación, a la que le tocaba dilapidar una de esas fotunas, casi imposibles de dilapidar, que habían amasado sus mayores. Era el heredero de un imperio de las golosinas, que se exportaban desde allí a toda Centroamérica.
Y no vayan a dudar ustedes, ni por un segundo, que no lo intentó. Claro que intentó gastarse todo, pero no pudo.

A pesar de que en Centroamérica predominaban los conflictos bélicos, todavía en San josé, y en toda Costa Rica, era posible salir a cualquier hora del día o la noche, incluso en el mercado de la coca cola, o en Los Hatillos, sin que una bala perdida te descerrajara la tapa de los sesos, pues no estaba de moda usar armas, y no habían llegado aún el turísmo masivo, las migraciones provenientes de las guerras de los países vecinos, el narcotráfico de Colombia o México.
La población , con escepción de la rural empobrecida por las bananeras, tenía una vida digna, con vivienda, salud y educacción gratuitos y de los mejores. No era el paraíso pero casi.
Uno de los pocos países del continente donde los intereses de la CIA, solo pasaban por tomar sol y llevarse las bananas.
Hasta que llegaron los buscadores de playas exóticas, los turistas y los surfers, la resaca de la guerra, el narcotráfico y la contra, los marines yanquis que llenaron los bares del centro con la excusa de hacer puentes, y los narcos que vinieron a venderles a todos drogas duras. Y ahora era, entonces, el paraíso de los droguetas.
El paraíso del monstruo.

Fué al llegar a su adolescencia, cuando comenzaron los indicios de que no sería un tipo normal, sino un inadaptado.
En las primeras fiestas y escapadas a las playas de las provincias de Limón y Puntarenas, con amigos y amigas del jet set josefino, el monstruo probó la hierba, los honguitos y el sexo.
Escuchó a Zepelling, Black sábath, Hendrix, Spinetta, leyó a Baudelaire, Rimbaud, y sobre todo a los beatnics, y de la noche a la mañana, apareció convertido en poeta marginal, letrista y cantante de rock, ídolo de un submundo de neón y smog, que en nada se parecía a las bucólicas aceras de su barrio, Rormoser, donde se codea la realeza.
La vida bohemia de San josé hervía, en lugares como "solo rock", yendo para Escazú por el camino viejo, o en "donde Carmen", un bar y restaurante que albergaba grupos de rock como "Hebra" y "Café con leche", pero también otros de folcklore sudamericano, o tango, o jazz, incluso a Ruben´s, el tenor que cantaba al amor, con sus éxitos populares latinos, como "vereda tropical", y otros del estilo. Y después, cuando apareció el mesón latinoamericano, donde tocaban "Igni ferrocke", "Nabil blue´s", "Acero".
O en "El lobo púrpura", antes llamado "El rincón gitano", cuna de pintores y poétas.

El monstruo pagaba siempre los tragos e invitaba las drogas, y organizaba fastuosas fiestas que, muchas veces, terminaban en orgías. Él y sus amigos eran aficcionados a las chicas de danza contemporánea y las de psicología, los que no eran gays, o bisexuales, y todos de igual manera, culeaban como conejos. Y colaboraban para que el ambiente josefino, tan recatado, se afeara un poco, se hiciera más reál.
Hasta que llegó el sida, y muchos empezaron a cuidarse, pero no todos.

El sabía deslumbrar a las damas con su poesía, que ya en esa remota época, era posmoderna y con una pátina de misticismo, mas un toque de violencia, convinación letal según los entendios.
Y cuando cantaba al frente de su grupo, "Los fármacos", en el auditorio de estudios generales de la universidad, o en el patio de arquitectura, compartiendo cartel con "Autoperro", "Distorsión" y otros.
Pero un buen día descubrió, no sin amargura, que ya no le quedaba regla por romper, o convención social por trasgredir. Eso fué cuando el mercado asomó por la movida más abiertamente, y así, se volvió loco de atar, literalmente, y dió con su osamenta en el chapuí, el hospital psiquiátrico de Pavas.
Ese fué el inicio de su tragedia personal, íntima, de su peregrinar por el infierno, al cual solamente invitaría a su musa, Estrella.

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