Así llegaron a un restaurante a dos cuadras de la universidad, donde el poéta, en lugar del café, optó por una sopa de mariscos con mucho tabasco, pero ni así logró evitar un leve estado gripal y algunos estornudos, producto de su peregrinar bajo la lluvia en busca de un fantásma, o nó, luego lo sabremos. Se excusó diciendo que se había desacostumbrado a las lluvias tropicales.
Solo después de una birra, dizque para atenuar el picante, y luego si, un yodo, se sintió mejor.
-Ha, que rico cafecito mae, estaba harto del café colombiano que se consigue en Argentina.
Dijo para decir algo.
-Si es la misma vara, no jodás.
Dijo el chico, también para decir algo.
El monstruo iba a contestarle algo horrible, pero tuvo que salir corriendo al baño, donde se hechó una cagada, que al volver, calificó de histórica. Y entonces sí, ya más seriamente, recomendó a su ahora silencioso interlocutor, que tal como le dijera antes y como decía también Roberto Bolaño, mejor que escribir es leer. Pero que si insitía en ser un perdedor como él, tal vez podía indicarle algunos trucos.
-¿Y cual sería la primera lección?, digo, ya que estamos.
-Mae, vos no me has dicho tu nombre.
-Edgar Allan.
-Para escribir con ese nombre, vas a tener que esmerarte más de la cuenta, no todos se llaman Edgar Allan. La primera lección mi amigo es: tomarse un trago de guaro.
Salieron de aquel sitio entrada la noche, cantando y guareciéndose de la lluvia con el gran paraguas de Edgar Allan, bajo los techitos de madera y lata, el monstruo preguntó por Katia y Gisell López, pero el chico no sabía de que le estaba hablando.
Y lo que había pasado con las chicas era que al quedar solas, cuando el monstruo salió corriendo, las dos mujeres se miraron curiosas y embelezadas por sus respectivas bellezas, se presentaron ambas como amigas del poéta, y un pensamiento exáctamente igual cruzó por sus respectivas cabezas: ¡que rica está esta hijueputa!.
Entonces Gisell ofreció llevar a Katia en auto, dizque por la lluvia, y terminaron besándose apasionadamente en el auto bajo la cortina musical de la lluvia, y finalmente amándose en casa de Gisell, sin entrar en detalles. ¿O es que quieren detalles? Ustedes son más morbosos de lo que yo pensaba, comienzo a detestarlos.
Al llegar a San José, y caminar alrededor de una hora bajo los techos y sin rumbo fijo, respirando la brisa húmeda de la noche tropical, el joven poéta y el poéta maduro, se decidieron a tomar un café al paso en una soda, con unas tortas arregladas, esta vez no había duda que eran de carne, la borrachera había mermado, estaban por la zona roja.
Deambularon toda la noche por allí, birreando y recitando poémas, intimando con gente interesante según el criterio del monstruo, putas y traficantes al menudeo recién salidos de prisión.
Cuando los primeros rayos del sol se dejaban ver, Edgar Allan le pidió al monstruo una segunda lección, y este, totalmente serio y meditabundo, casi en un trance, le dijo: -la segunda lección, mi querido alumno, acabas de pedirmela en el lugar indicado, date vuelta, ¿ves aquella esquina?
Edgar Allan se dió la vuelta y asintió.
Entonces el monstruo, hacercándosele por detrás, le dijo al oído: -Pues mirala bien, que se te grabe, pues allí en esa lúgubre esquina de esta zona roja, donde a diario se codean los que ya perdieron todo, fué donde encontraron el cadáver inerte de mi amigo, el poéta David Madariaga, al que mataron por saber demasiadas cosas, y decirlas sin ningún reparo, por bomitarle su verdad a esta sociedad enferma, si algún día te propones de verdad escribir niño, hazlo con valor, aprende de mi amigo, pues los mejores escritores son los que se ríen del miedo en sus narices.
Y si no mejor no escribas nada, quedate en casa mirando la tele, que soñar con premios no cuesta nada, y ahora vamos, basta de lecciones por hoy.
miércoles, 19 de mayo de 2010
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