Y llegó el día señalado, en la universidad de Heredia se dió cita la crema de la intelectualidad, el público curioso que no sabía lo que le esperaba, y los seguidores incondicionales del poéta, más algunos otros que tenían solo referencias, más las nuevas camadas de lectores que el monstruo tenía en la sombra, lo cierto era que el auditorio estaba hasta el bote, y no cabía un alfiler.
Había quedado gente afuera que que esperaba poder entrar aunque fuera en un rincón, pero no había manera.
La cita estaba anunciada para las siete de la tarde, pero a las siete y veinte, no habían aún señales de Arrieta, y Estela Sánchez de Bustamante se olfateaba un fracaso, cuando de repente, unos potentes focos iluminaron, desde el escenario, el pasillo que separaba los dos sectores de asientos, y una música electrónica lo inundó todo, y de entre los que estaban sentados en el pasillo apareció el monstruo, caminando al ritmo de la música, y se encaminó decidido hacia el atril preparado en el escenario para tal fin.
Una vez parado detrás del atril, ordenó unos papeles mientras la música continuaba y un proyector pasaba imágenes digitales en la pared del fondo, los reflectores lo iluminaban de atrás y proyectaban, además, su sombra dimensionada, el efecto fué impactante.
Entonces cesó la música, se apagaron los reflectores de atrás y y se prendió otro que, de frente a él, le iluminó la cara y el torso, hubo unos instantes de silencio, y el público pudo percibir la mirada y la fuerte presencia del poéta allí en el atril., entonces, tomó el micrófono y comenzó a declamar:
¡El monstruo ha vuelto, heme aquí, ho, patéticos estáticos que me mirais sin ser vistos
el imán de la sangre, me ha traído de vuelta, si, a la ciudad que, hace ya más de cuarenta
años, me expelió con fuerza a este mundo vil.
Nada nuevo diré, de mí, pues mi historia conocida es
robé, maté, trafiqué drogas y armas..., no he sido un santo
pero también me enamoré perdidamente, y eso sirvió para redimirme
y en un mundo que se reproduce, se expande, y se autodestruye a velocidad pasmosa
yo, he sido favorecido con el donde la observación profunda, y eso es un lujo.
¿Acaso esperaban, tontuelos, en mi poesía una solución a los problemas cotidianos, una
denuncia, un duelo, o bellas palabras para conquistar a una dama? no seais ingenuos...
Cuando de poesía se trata, no admito competidores
Rimbaud, Artaud, Buckowsky ó el marqués de Sade, son todos niños de pecho
ninguno ha visto como yo, los ojos de la serpiente en el corazón de la selva
diciéndoles que es urgente, e inminente, escribir los últimos poémas del mundo, antes
de que los robots vengan y se encarguen de esto, ya que nosotros no pudimos.
Ninguno ha visto, como yo, la muerte cara a cara, en las cárceles de sudamérica cuando
cocinaron a los presos en el horno de la panadería, y ese fué el banquete
y los travestis desfilaron por varios días, haciendo las delicias de algún malvado barrabrava
al cual, nadie lo supo, pero yo lo ví, lamer la carne del travesti más grandote
y ser después la niña preferida de los asesinos seriales de putas en la ciudad de Mar del Plata
la ciudad feliz...
Allí tuve que batirme a duelo varias veces para salvar la honra, o si lo prefieren sin
eufemismos, el ano virgen, y no terminar como el barrabrava aquel...
Pues he aquí, que vengo del país de las ranas, de una tierra sacudida
por constántes movimientos telúricos, súmamente tétricos
por los truenos y las lluvias tropicales, y bien ganado me tengo, señores
ustedes ya lo saben, el apodo de monstruo
si, soy el monstruo, el monstruo ha vuelto, viva el monstruo!
Y dichas estas palabras, el poéta se agachó para agarrar bien fuerte una botella de guaro que tenía predispuesta debajo del atril, y se dispuso a tomarla del pico, mientras la música electrónica volvió a irrumpir con fuerza, y el estruendo de los aplausos se confundió con el fragor de la tormenta, que acababa de desatarse y que duró tres días con sus noches.
Después de ese poéma, que había escrito para la ocasión, con esa inclinación al escándalo tan propia de los escritores inmaduros, el monstruo leyó otros poémas, algunos muy antiguos, otros no tanto, todo menos lo de aquel libro que había dedicado a su Estrella, todo era válido para esa tarde, y hasta llegaron a pedirle a gritos alguno que se estaba olvidando, o un bis, como suele ocurrirle más a los cantantes famosos, que a los poétas malditos.
En los intermedios, insistía en tomar un gran trago de guaro, incluso cuando ese recurso ya estaba agotado como golpe de efecto, pues inclusive los más incondicionales se lamentaban y se asqueaban.
Terminó el recital completamente ebrio, y casi sin poder caminar, cayendose del atril un par de veces.
Y cuando dió por finalizado aquel espectáculo, que ya se iba tornando en uno de muy mal gusto, y se disponía a bajar del escenario, algunos fans y reporteros se le fueron encima, para pedirle autógrafo unos, otros para cuidar que no se caiga, otros para hacerle preguntas molestas, y uno que otro para tocarlo, solamente poder tocar a su ídolo. Entre todo el gentío, estaban también Katia y Giselle, que vinieron a rescatarlo, y entre todas las voces, se impuso la de un muchachito que encaró al monstruo con la consabida pregunta: -don Rubén, ¿que consejo le daría a un escritor que recién empieza?. El monstruo lo miró de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, y le dijo así: -que primero deje de mearse y de cagarse en la cama, y que aprenda antes a lavarse los calzoncillos, y que mejor que escribir es leer.
Luego se dispuso a darle a Katia un lenguetazo, pero en ese preciso instante, por el rabillo del ojo pudo ver, o creyó ver, aunque era casi seguro, a lo lejos, allí donde la multitud salía abriendo sus paraguas para simular guarecerse, pues más les hubiese valido usar esos paraguas de canoas, vió entonces entre aquella gente, una enorme y rulienta cabellera peliroja que se esforzaba entre el tumulto por salir del auditorio, y puso cara de horror al tiempo que gritaba: -¡¡Estrella!!. Y salió corriendo rumbo a la puerta presa de un pánico histérico, pero cuando llegó a esta, ya no había nadie de esas características, por lo que continuó su loca carrera a través del patio y los pasillos de la universidad, donde todos pudiesen verlo, empapado y dándo otro espectáculo, como si no le hubiese ya bastado con el anterior, en el medio del patio se arrodilló llorando, extendió los brazos al cielo, gimiendo de dolor, y gritando: -¿donde estás hijueputa, por que no puedo verte?
Entonces se le hacercó el muchachito aquel a quien había aconsejado como dar sus primeros pasos en la escritura, lo tapó con un inmenso paraguas, casi mojandose él, y le dijo: -no se moje don Rubén, se va a resfriar.
A lo que el monstruo contestó: -¡no me digas don Rubén hijueputa, si todos me dicen el monstruo, necesito una birra mae, ¿conocés una cantina?!
Aquel pobre chiquillo, sintió pena por ver tan derrotado al hombre al que tanto tiempo había admirado, al que había leído y releído en largas noches de insomnio, al hombre que lo había inspirado a ser escritor, al mito, y le dijo así: -¿no sería mejor un café?
Rubén, al escuchar esto último, pasó sin escalas, del llanto desgarrado, a la carcajada sarcástica, y le contestó: -¡pero si esto era la último que me faltaba, después de tantos años de resistir con valor para tratar de no ser un hijueputa, que venga un guila y me diga: ¿no sería mejor un café?, ¿que sos mae, playito?
El muchacho solo atinaba a taparlo con el paraguas y mirar al monstruo perplejo, por lo que el poéta termino por condescender: -bueno okey mae, vamos por ese yodo. Se levantó para dejarse guiar por su angel guardián, y se fueron de allí, ambos empapados, pero bajo un hermoso paraguas.
lunes, 17 de mayo de 2010
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