Comenzó entonces el mismo recorrido y tuvo un par de sorpresas, o tal vez tres:
La primera, que donde antes le dijeron no recordar, o jamás haber visto a la persona que el les describía, ahora resultó que la recordaban muy bien, tal vez demasiado bien, incluso resultaron casi íntimos, llegando al extremo de destornillarse de risa con alguna anécdota con Estrella como protagonísta, y de entristecerse con otras. Pero hacía ya más de diez años que no sabían nada de ella, ¿pero ninguna noticia?, ninguna.
Pensó que le podían estar tomando el pelo.
La segunda sorpresa fué, que donde antes le habían dicho que todos los del barrio habían vivido allí toda la vida, y que jamás, ni por asomo alguno alguien se había mudado, ni lo haría por nada del mundo, de ese hermoso barrio, que a pesar de tener algunos deféctos, en fin, etc..., ahora se les ocurrió que no era tan así, pues la vecina de enfrente, que vivía con sus hijos hasta que estos partieron, había venido a vivir luego, tal vez veinte años atrás, y los vecinos anteriores se fueron, porque no pudieron soportar los chismes, al quedar una de las niñas embarazadas.
Eran dos hermanas de unos dieciseis, o tal vez más años.
Aunque podía ser, dijeron, que al irse la chica ya hubiera parido, aquí hubieron varias versiones y no llegaron a ningún acuerdo, inclusive alguien llegó a decir que tuvo a la criatura en brazos, pero los demás lo negaron, aduciendo que jamás le había gustado, a esa persona, tener un niño en brazos, y que no lo hizo ni con los suyos, y casi hay una pelea que el monstruo se vió en el deber de parar. Cuando los ánimos se enfriaron, pidió una descripción de aquellas niñas, y por lo menos una coincidió con el recuerdo de su Estrella.
Y así Estrella comienza a tomar forma, a ser algo más que un recuerdo personal y esquivo, a dejar de ser un fantásma de su pasado, para convertirse en algo un poco más real, no solamente un sueño, sino algo que de verdad ocurrió.
La tercera sorpresa fué, que cuando llegó a la casa señalada, en la que ya había estado preguntando el primer día de su búsqueda, ahora le pareció reconocerla, tal vez era de otro color, pero el jardín de la entrada era el mismo, la disposición de las ventanas la misma, la sangre le golpeó el corazón de nuevo, de la misma manera que la primera vez que la vió.
Al tocar el timbre, nadie abrió la puerta, y dercidió volver al otro día.
Se fué de allí con una nueva idea, de que la memoria recuerda a veces, solo lo que se la dá la gana, o peór aún, la memoria lo recuerda todo, pero lo trae de vuelta cuando se le ocurre y a cuentagotas, en comodos plazos y cuando quiere ella. Eso cuando no se le ocurre esconderlo todo para siempre.
La memoria se parece a los capitales buitre, tan característicos de la globalización, que vienen cuando les conviene, y se van cuando las papas queman.
La memoria tiene, muchas más veces de lo que quisieramos, una vida propia.
Esa misma noche llamó al celular de Katia, pero esta no contestó o le dió ocupado, y le escribió un mensaje: ¡quiero verte!
Tampoco obtuvo resultados, y se fué a dormir agotado.
Al otro día estaba parado frente a la casa temprano, tal vez las once de la mañana, y tocó el timbre.
Luego de un rato, la voz de una mujer le habló desde una de las ventanas: -¿a quien busca muchacho?
-buen día señora, pensé que tal vez usted me podría dar algún dato de las personas que vivían antes aquí, si no es molestia...
-espere un momento por favor.
Esperó un momento.
La puerta se abrió y salió una señora trigueña, de piel canela, y gorda, secándose las manos con un delantal de cocina, parecía tener unos sesenta años pero podía tener más, ella le hizo la misma pregunta, y él repitió la respuesta, entonces lo hizo pasar.
Cuando el monstruo cruzó el umbral de la puerta de entrada, toda la lluvia que durante siglos había caído en el país de las ranas, se le vino encima en un solo chaparrón, y definitivamente lo recordó todo..
Recordó que Estrella lo había llevado allí, no más de tres o cuatro veces, cuando no había nadie en casa, pero él había soñado con ese lugar durante más de diez años en sus viajes, y mientras vivió en Argentina. Recordó además, el olor, el color, el sabor y el tamaño, del sexo de Estrella, muy grande y sabroso por cierto, la cabidad y el calor de su boca, su risa, sus manos conteniendole el miembro, el lugar donde estaba el sillón, y donde ella se tiraba a hablar con amigas por telefono, despreocupada, a contarles sus hazañas sexuales, todos los polvos que habían echado, ese mismo sillón donde hacían el amor con el televisor prendido, cuando no existían celulares ni robots, ni mucho menos trenes voladores. Si es que acaso a eso podía llamarse amor, en el caso de él, esa lascibia.
Ahora cree que si.
-¿Le pasa algo muchacho? preguntó la señora.
-No nada, ¿que me puede decir de la gente que vivía aquí antes que usted?
Y aquella señora, le dijo unas cuantas cosas...
sábado, 8 de mayo de 2010
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