domingo, 9 de mayo de 2010

capítulo trece

La señora aquella entonces, le dijo unas cuantas cosas de la familia que vivía allí antes que ella, ella que había enviudado, tal vez prematuramente, y que tenía un hijo y una hija en los Estados Unidos, que la visitaban para las fiestas de navidad y fin de año, esas cosas del destino.

Muchos de los datos que le dió la señora, coincidían con los que le dieran otros vecinos, si no casi todos, pero un dato específico se distinguió de los demás, por poseer la característica de ser nuevo, y sobre todo específico.
Ella recordaba haberse cruzado con la más grande de aquellas niñas, ya toda una hembra, y con la criatura crecidita, tal vez de unos diez años, de eso hacía ya ocho, en un centro comercial de Hatillo, ¿pero cual Hatillo, si son ocho?, eso no lo recordaba, pero en todo caso no todos tenían un centro comercial, solo la mitad, o menos. O tal vez solo uno. Claro que de eso hace ocho años, tal vez ahora todos tenían un centro comercial, la señora no volvió nunca por aquella zona, el monstruo menos.
Lo que si era cierto, le dijo la señora, es que no era uno de esos nuevos y hermosos shoping malls como los de ahora, donde la llevan sus hijos de compras cuando la visitan, porque viven en los Estados Unidos, si señora, ya me lo había dicho, le dijo el monstruo.
La chica le dijo a ella, en esa ocasión, que había comprado una humilde casita por ese barrio, cerca de allí, a unas pocas cuadras, o tal vez enfrente, la maldita teoría de la relatividad posandose sobre todas las cosas.

No faltaría mucho tiempo más, para que el monstruo se adentrara en las entrañas de esos barrios, los Hatillos, barrios estos, de neto corte popular y de una arraigada tradición en el imaginario de las clases medias altas y burguesas, que suelen fantasear con la peligrosidad de vivir allende los límites, impuestos por quien sabe que oscuras conciencias, aquellas que dictaminan el bien y el mal según los ingresos per cápita, nada más lejano de la realidad, pues es sabido que satán mete la cola en cualquier casa, sea de la clase que sea.
No faltaría entonces mucho tiempo, para que el monstruo se adentrara, dijimos, en los Hatillos, a urgar como un endemoniado poseso, un detective salvaje con los ojos rojos por la mota y el aliento hediondo a guaro, asustando a las señoras del barrio, exitando a las chiquillas, con ese porte de galán de pelicula de terror clase b, de conde drácula vs. el enmascarado de plata.
No faltaría mucho tiempo, para que llamase la atención de la policía por sus actitudes sospechosas, y en especial de un policía, que al enterarse de que un atrevido estaba preguntando demasiado por Estrella, quiso saber quien era. Valla si lo supo.

No faltaría mucho, para que la vuelta del monstruo a su ciudad natal, se convirtiese en una pesadilla lisérgica, una espiral de odio, venganza y muerte, una carretera para conductores suicidas. No faltaría mucho, pero todavía no, pues este relato no es de los que apelan al morbo gratuito de los que buscan sangre en la lectura, sino que pretende ser algo un poco más profundo que eso.

He aquí entonces, que el día de la entrevista con Giselle López, el monstruo se puso tan de punta en blanco, que ni siquiera el mismo Tom Wolfe le hacía sombra, pues se calzó su mejor traje de Dior (la publicidad lamentáblemente, por ahora no se cobra), y un clavel rojisimo en el ojal, porque era con foto, y adoptó una pose de maldito que ha madurado bien y ahora sabía lo que quería, una pose de quien está en su mejor momento y escribe mejor que nunca, lo cual no era solo una pose, pero no basta con serlo, también hay que aparentarlo.
Gisell era su amiga desde bastante jóvenes, desde el nacimiento de las vanguardias de los años ochentas, e incluso habían sido amantes.
La entrevista desandó, así, terrenos conocidos por ambos, y deparó algunas sorpresas, un corto resumen escrito por ella misma, a manera de prólogo, decía lo siguiente:

"Rubén Arrieta, alias el monstruo, que supo ser un adelantado en la literatura costarricense, allá por los primeros años ochentas, dejando un legado brebe y casi desconocido para el público masivo, pero sólido como pocos, ha vuelto al país después de veinte años de exilio auto impuesto, con una nueva novela sin publicar aún bajo el brazo, y dispuesto a dar otra batalla de la imaginación, esperamos que esta entrevista sea el puntapié inicial, para ubicarlo en el lugar que se merece en nuestras letras ticas, y como no, latinoamericanas"
Y luego la entrevista:

Ella: Rubén Arrieta: ¿jura decir toda la verdad y nada más que la verdad?
Él: No sé si por suerte o desgracia, los que me conocen ya saben de mi fama de bocón, no puedo callarme nada de lo que sé o pienso.
Ella:¿Que se siente volver a la patria después de tanto tiempo?, ¿es cierto lo que dice el tango acerca de que veinte años no es nada?
Él: Que va, veite años es toda una vida, aunque a veces no se note, pero mi frente no está marchita todavía. En principio la alegría es total, la gente y los lugares que uno añoró tantas veces estando lejos, el recuerdo cercano de los amigos que ya no están, de las primeras novias. Pero luego aparece el maldito fantásma de la realidad, las cosas desagradables por las que uno se fué, en definitiva hay, primero una idealización, y luego un pequeño desencanto, y todo concluye con un fragil equilibrio de aceptar esa realidad, a veces tan opaca.
Ella: ¿Y cual dirías vos que fué el movil principal que te empujó a volver?
Él: Bueno, es que en el extranjero las noticias de Costa Rica son confusas, no las de la prensa, que son casi inexistentes, sino las del boca a boca de amigos y parientes, me decían que esto está hiper violento, que el turismo y el consumismo están arrasando con nuestro pequeño paisito, que el problema de la prostitución infantil es incontrolable, no quería perderme semejante fin de fiesta.
Ella: Dicen que te estuviste codeando con la realeza literaria en Colombia y en la Argentina.
Él: Se dicen demasiadas cosas, y algunas son ciertas, pero en lo personal siempre fuí de la idea, y sigo siendo, de que la mejor literatura está en los bajos fondos, y no en la realeza.
Ella: ¿Y como está el panorama literario en Argentina? si no me equivoco fué allí donde anclaste más tiempo.
Él: Si, allí casi me quedo para siempre, pero una fuerza interior me ayudó a salir, porque desde la muerte de Juan José Saér, el mundo literario de allá, se expresa solo a través de polémicas entre escritores, y a mi entender no hay un nivel interesante, aunque se publica bastante. Sin embargo, de lo más nuevo me han gustado Fabian Casas y Dafne Mociulsky, una chica que vende sus hermosas novelas en la calle.
Ella: ¿y por aquí?
Él: bueno, después de Osvaldo Sauma y Ana Istarú, la tercera pata de una mesa de tres en la poesía costarricense vengo a ser yó, y ahora que he vuelto, se va a poner muy interesante.
Ella: ¿Pensás publicar la novela que acabás de terminar?
Él: Tengo ganas, pero estoy esperando una buena oferta.
Ella: Poca gente sabe que tu padre es el ministro de economía.
Él: Lo que sucede giselita, es que mi vida privada carece por completo de importancia, soy un tipo muy aburrido y monotemático, lo único interesante de mi biografía es mi obra.
Ella: Si la poesía costarricense es una mesa de tres patas, ¿como definirías la poesía centroamericana?
Él: Me confieso completamente ignorante de lo que está pasando en nuestros hermanos países, pero podría decir que los clásicos, Roque Dalton, Ernesto Cardenal, y Darío, conforman un juego completo de comedor, donde estarían las sillas y la mesa, todo de lujo.
Ella: ¿quien sería la mesa?
Él: Dificil pregunta, paso. Pero quiero además, rendir un homenaje a mi amigo David Madariaga, muerto en circunstancas misteriosas y nunca esclarecidas, y de seguro uno de los grandes que no pudo expresarlo todo, pero sabía mucho, tal vez demasiado, y tal vez por eso murió. Juntos nos emborrachamos incontables veces en la zona roja.
Ella: ¿Y como ves el futuro, ya no literario sino general?
Él: No demasiado diferente a lo que vemos hoy, recalentamiento, guerras, trenes voladores y robots, viajes a la luna en busca de silencio, en fin, muy exitante.
Ella: Vas a dar un recital de poesía en la universidad nacional de Heredia.
Él: No, los recitales de poesía son aburridísimos, será una performance con fuegos artificiales, el veinte del mes que viene.
Ella: Pues entonces ahí estaremos, muchas gracias por tu tiempo.
Él: Gracias a ustedes por soportarme.

Cuando terminó la entrevista, el monstruo se aflojó la corbata, se arregló un poco el pelo, e invitó a Gisell López a tomar un traguito, dizque para recordar mejores tiempos. Ella accedió con gusto.
Fueron a una cantina propuesta por él y aceptada por ella sin chistar, que quedaba en el límite entre la zona civilizada y la zona salvaje, se tomaron un litro, ella con limón, hielo y azucar, él a lo bestia, todo mientras le contaba estúpidas anécdotas de sus viajes, y la hacía reír a carcajadas.
Hasta que notó el monstruo, que Giselle, poco a poco se olvidaba de su novio, se olvidaba de quien era él, de quien era ella y donde estaba, en fin, que ambos se fueron relajando y acercandose, tal vez más de la cuenta, entonces la besó descaradamente y ella no pudo resistirse, la tocó un poco, hasta sentirla entrgarse por completo, y entonces la invitó a la cama.

Llegaron a un hotelucho, más de aquel lado que de este, y mientras subían las escaleras en la semi oscuridad, y la semi clandestinidad, pararon un par de veces para besarse y tocarse.

Al llegar a la habitación, la pregunta de rigor, aunque posiblemente tardía de Giselle: -mae, ¿trajiste preservativos?, fué contestada por Rubén con un gesto que pareció una publicidad de la tele, al sacar dos de estos preciados objetos y sacudirlos, sostenidos con las putas del pulgar y el anular derechos hacia abajo, y con una sonrisa cómplice, que ella a su vez contestó con un gemido de placer acompañado de un beso-mordisco a la yugular del poéta, el cual no se hizo esperar.
Y parado como estaba, duro como se puso, subió las enguas apretadas de su amiga, cortas pero no tanto, le bajó los medias negras de lycra, que ella se sacó levantando las
piernas de a una mientras se sostenía de la hermosa picha del poéta. Luego él la levantó de los muslos corriendole con una mano el calzoncito, y sintiendo su vaginita mojarse, así alzada la llevó caminando, hasta apoyarla en la pared, donde la penetró como quien penetra a una amante añorada.
Y comenzó la otra entrevista.
Ella: ¡haaayyy, rubencito mi amor, como extrañaba esa picha!
Él: ¡zorra mentirosa, a cuantos les dirás lo mismo!
Ella: ¡haaayyy, papiii, shhh, que ricooo!
Él: ¡veo que seguís cada vez más puta!
Ella: ¡hay, hay siii, hay siii, papiii, ricooo!

Así media hora, mientras ella se regó tres veces, y después en la cama le mamó un buen rato la verga, y él le metió un dedito en el culo, y se regó en el aire pegajoso del hotel ensuciando las sábanas, mintras ella se regó más, tal vez dos veces más. Luego se tiraron a fumar mota.

Y menos mal que se aclaró que esto no es porno soft para desauciados, es que el mercado extiende sus tentáculos por doquier, ya no se puede confiar en nadie.

Ella: mae, no se si de verdad sos la tercera pata de la poesía tica, pero que tenés la mejor tercera pata es indudable.
Se cagaron de la risa.

Él: ¿y vos cuantas patas conocés de la poesía nacional, para decretar semejante veredicto?
Ella: ¡¡hay!!, ¿como se te ocurre?, ¡yo ninguna!
Se volvieron a cagar de la risa, lo que sugirió que las conocía, si no todas, casi.

Más tarde el monstruo abrió las ventanas que daban a la calle y apareció la avenida central, llena de autos y humo, luces y marqesinas, música salsa, cumbia, flamenco y rock, sobre todo rock...
Y entre los cientos de personas que caminaban de prisa, o esperaban el bus para volver a casa antes de la lluvia, entre lluvia y lluvia, en medio de ese caos de paraguas y gente, el monstruo de repente pudo ver, o creyó ver, pues luego no pudo asegurarlo, una enorme y rulienta cabellera pelirroja que daba vuelta la esquina en dirección al parque central, y el corazón casi se le sale del pecho.
Se dió vuelta hacia Gisell, que yacía en el sopor de la hierba, y pálido como una momia le dijo:
-tengo que salir a la calle por una urgencia, ¿me podés acompañar?
-¿pero que te pasa? parece que hubieras visto un fantasma.
-algo parecido, por favor salgamos.

Se vistieron y bajaron las escaleras corriendo, y corriendo la hizo seguirlo un par de cuadras, tirando de su mano hasta llegar al parque central, y subir a la glorieta para mirar en derredor, y comprobar que había perdido a su fantasma.
Ambos estaban jadeando y sudorosos, con el olor del sexo casual, infiel e informal, olor que es igual al olor del otro sexo, al que, por no encontrar mejor nombre, llamaremos oficial.
Después, desesperado y abrumado, el monstruo le contó lo que le estaba pasando.

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