A raíz de su luego muy comentada aparición en la universidad, y de la entrevista, el monstruo recibió dos ofertas, una para publicar su novela, no le ofrecían una fortuna pero era algo, y además tendría prensa y difusión por otros medios, tal vez televisión, y eso obnubilaba su razón.
La otra propuesta le pareció más interesante, lo invitaron a escribir unas crónicas semanales del acontecer josefino, casi sin restricciones ni censura, en un conocido periódico, todo un adelanto para un país bastante pacato, toda una tentación para él. La paga era decente, aunque no jugosa.
Se puso entonces manos a la obra escribiendo algo como una carta de presentación para iniciar su nueva sección:
Crónicas del país de las ranas
"Si tenemos en cuenta que la historia de un país, se inscribe no solamente en la historia oficial, la que nos enseñan en los libros de escuelas y colegios, o la del discurso del poder económico-político, sino también en esos pequeños grandes sucesos, que el inconsciente colectivo del pueblo deja guardados en algún lugar marginal de la memoria, como al costado de la carretera central de la vida, en los caminos de tierra, y aparecen de vez en cuando en forma de anécdotas, mitos, rumores en voz baja, secretos a voces.
En ese sentido, la historia costarricense, como cualquier otra, está hecha no solo de héroes, sino además de villanos, miserables y asesinos, y muchas veces de anónimos.
El crimen de Alajuelita por ejemplo, o la pandilla de rateros llamada "los chapulines", que te abrían un tajo en la panza a plena luz del día para sacarte la billetera, o cualquier objeto que brillase, y que los más perspicaces sospecharon como un invento del entonces ministro de seguridad, que luego adquirió protagonismo, pues los puso en vereda dándoles trabajo y estudio.
Muchas veces se aprende más de un pueblo en sus crónicas policiales que en cualquier otro lugar.
O ese presidente, que lanzó su ridículo plan, "volver a la tierra", y sembró toda la ciudad de San José con pequeñas finquitas esquineras, tan paupérrimas que el transeúnte no se decidía, al verlas, entre reírse o llorar, en un país donde todavía, por ahora, la selva le gana constantemente la pelea al cemento.
Y aquel otro, muy anterior, que fué interrogado una vez sobre ciertos dineros públicos que habían desaparecido, el país entero espectánte, y solo atinó a decir: -¡no, si yo esa plata me la comí en confites! Era tan querido por el pueblo, que le festejaron la ocurrencia, y luego se supo que el dinero fué para un noble fin, una de las costumbres perdidas por la clase política.
Lo cierto es, que en ningún libro de historia están reseñados esos sucesos, ni tantos otros, y sin embargo ocurrieron. Con el fin de reparar esa laguna mental que nos imponen los que escriben la historia, es que han nacido estas crónicas, bienvenidos al país de las ranas".
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Una tarde, paseando con su primo Carlos por las calles del centro en automóvil, al monstruo le dió por recordar momentos idos con gran nostálgia, como el primer día de su llegada, solo que esta vez, su primo no estaba del mismo humor, y no fueron tan bien recibidos aquellos recuerdos.
-El problema de vivir en el pasado, mi querido primo, es que la memoria es sumamente selectiva, y nos pone trampas constantemente, o sea que elegimos lo que queremos recordar, y tapamos lo que no nos gusta, o nos lo tapan otros.
Otro de los peligros del pasado, es que no nos permita vivir el presente, es hermoso recordar, pero terrible perseguir fantásmas.
Mientras Carlos decía estas, hasta cierto punto sabias palabras, y el carro pasaba por el costado del mercado de la coca cola, una interminable fila de borrachos, indigentes y crackeros adornaba el paisaje, tirados en el piso sucios y malolientes. El monstruo pensó que su primo tenía razón, y que el futuro había llegado, de la peór manera, a su querida ciudad, y que toda sociedad de bienestar tiene sus chivos expiatórios.
Carlos terminó así su discurso: -el problema de la prostitución infantil, en este país no es incontrolable primito, lo que pasa es que a nadie le conviene que se arregle, porque es como la guerra, un buen negocio. El verdadero problema es el cliénte, y no solo los políticos o la policía.
El monstruo pensó en Estrella, no porque su primo hablara de putas, sino porque hacía veinte años que solo pensaba en ella.
jueves, 27 de mayo de 2010
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