viernes, 21 de enero de 2011

capítulo veintinueve

Volviendo ahora a la calle Corrientes, recordemos que yo me había propuesto un seguimiento del grupo aquel donde había descubierto a Zorbich, a una distancia que creí, erroneamente, prudencial,hasta que entraron en la pizzería Guerrín y se acomodaron en la barra a comer pizza con fainá de parado y tomar moscato, creo. El viejo brujo aventajó a todos pues se zampó varios vasos y porciones, poniendose enseguida dicharachero y jodón.
Cuando pasado poco más de una hora ellos salieron, y yo pretendia seguir con mi espionaje, ocurrió un imprevisto, una infartante rubia de esas que solo se ven en Buenos Aires, salía de algún teatro banboleando su monumental culo a diestra y siniestra, parecía bailarina, con aquellas increíbles piernas, para colmo de males, al decirle yo un piropo ocurrió lo imprevisible, la muy zorra me sonrió, captando así mi completa atención, que antes estaba concentrada en el grupo que salía de la pizzería.
La maldición de la verga dura ejercía su poder en mí, los que la conocen saben de lo que hablo, no te deja razonar ni pensar en otra cosa.
Me hacerqué a la rubia y ella seguía sonriendo, en mi cara se había dibujado el equilibrio perfecto entre hombre de mundo experimentado, y tonto romántico tomado por asalto, mi verga acompañaba cada latido de mi corazón, latía también, y entonces le pregunté: -perdón, ¿te conozco?
A lo que ella contestó con apariencia sumisa: -no, pero yo a vos si.
- ¿Y de donde me conocés?
-¿no sos poeta?, el otro día te ví en un recital de poesía en el teatro San Martín, tengo tu libro.
-Así que te gusta la poesía.
-si, mucho, ¿me firmás el libro porfa?
Dijo, sacándolo de su cartera, se lo firmé.
La invité a tomar algo y aceptó, y en aquel momento volví a escuchar la voz del brujo a mis espaldas: -¡bueno, pero la próxima vez comemos ranas!.
Me dí vuelta, esta vez nuestras miradas se enfrentaron desafiantes, como diciendo yo, o más bien pensando: -te conozco y vos a mi, esto no se va a quedar acá, nazi de mierda.
Y como diciendo, o pensando él: -esta vez te mato en serio, negrito culo roto.
Pero ambos seguimos con lo nuestro, él con su grupo, yo con la bailarina tetona que después dijo llamarse Tatiana, pero que le podía decir tati, y que en ese momento me preguntó asustada:
-¿que te pasa, viste un fantasma?
A lo que contesté: -si, veo fantásmas hasta en la sopa, es un problema intimamente relacionado con el acto de la escritura, "veo gente muerta", ¿a donde vamos?.
- Donde te parezca, pero rápido porque tengo hambre.
Entramos en Guerrín y pedimos lo mismo que Keller y su tropa, ella comió con avidez,
pudiendo haber competido con aquel en eso, incluso cuando después se puso dicharachera y jodona, valla si gozó como una loquita.
Aquel perfume francés y su pelo rubio taladraron mi cerebro toda la noche, y arremetí contra sus nalgas a los cahetazos mientas ella se venía una y otra vez, y otra más...
Tener mis libros en calle Corrientes y dar recitales no me deparaba dinero, pero si otros placeres.
Luego de un intenso y sostenido ultimo round ambos quedamos dormidos en su cama, pues habíamos ido a su departamento, un lugar a todo trapo en avenida Santa Fé al que, que según me dijo después, se había ganado trabajando con su cuerpo, o más bien con una parte específica de este.
Cuando desperté a la mañana siguinte, lo primero que ví fué el hermoso culo de tati desfilando en baby doll y tacos altos por la habitación, mientras abría las persianas y se dirigía a la ducha invitandome a enjabonarla. No la hice esperar demasiado.
Luego preparó jugo de naranja, y mientras lo bebimos preguntó: -¿café o mate?
-Mi condición de nacido en Costa Rica me impide empezar el día con otro brebaje o líquido que no sean café, jugo de fruta o guaro, nuestra bebida nacional (le respondí).
Pero cuando me dispuse a saborar el humeante yodo que me había preparado, los acontecimientos de la noche anterior acudieron en tropel a mi memoria, Zorbich estaba vivo, y suelto, en algún lugar de Buenos Aires, tenía que comunicarme a Costa Rica con Timoteo de manera urgente, así que le pedí disculpas a la niña, le dí un beso y me despedí.
Antes de llegar al ascensor, oí su quejumbrosa voz por el pasillo que clamaba: -¡te perdono si me escribís un poéma!
Volví sobre mis pasos y le juré todo un libro para ella sola, juramento que sabía ya de antemano falso, pues entonces solo una mujer merecía mi inspiración, y luego dos, pero ninguna era ella.

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