El padre tiempos me llamó a las diez de la mañana, el maldito celular con su ring tone no dejaba dudas de la gravedad del asunto...
Todavá medio dormido atendí, Timoteo eufórico terminó de despertarme: -¡nene, es aí: tomate un taxi y venite para el centro, estoy en una confitería frente al ovelisco, bingo querido, bingo, Zorbich está acá en frenta tomando sol con una especie de guardaespaldas oriental con tremenda pinta de asesino, debe ser el que te pegó a vos, venite yá!
Me dí una ducha de dos minutos para refrescarme y bajé a la calle, Tatiana dormía.
Subía a un taxi le prometí al taxista el doble si volaba a través del tránsito, el pidió el triple, y antes de que me pronunciara yo a favor, el veículo se disparó como un torpedo por la avnida Santa Fé, esquivando todo a su paso y saltandose un par de semaforos rojos. Llegamos.
Timoteo estaba sentado en una mesa sobre la diagonal y disimulaba leyendo el diario, me senté junto a él. Me señaló a Zorbich y su guardaespalda que, si, tomaban sol.
Un sol espléndido por cierto.
- Que querés que te diga nene, para mi que el chino se lo mueve al viejo, jamás le conocí una hembra a ese hijo de puta.
- ¿te parece?
-¡pero si, mirá como se hacen los turistas!
Se me ocurrió pensar que no tenía nada que ver una cosa con la otra, pero era inutil discutir con Timoteo, que en ese sentido es tan argentino, o sea, dueño de algún tipo de verdad absoluta e inobjetable por mandato divino.
-¡ché parece que se van, vamos a seguirlos!
Y eso hicimos, un par de cuadras por Corrientes para el lado del bajo, donde dieron vueltaa la derecha y subieron a un auto.
Nosotros subimos a un taxi, indicando al taxista los siguiese con prudencia, el tipo se dió vuelta y dijo: -siempre soñé con esto.
El auto, que manejaba el chino, y del cual nos separaba otro auto, era un hermoso jaguar negro modelo 85, lustroso y de vidrios polarizados, uno de esos lujos caprichosos para pocos, la teoría del romance de sus ocupantes tomaba forma.
Se desplazaba despacio, como si fuera uan hermosa mañana de domingo, ya que precisamente, era uan hermosa mañana de domingo.
Se desplazaba, como si sus ocupantes no intuyeran que alguien los seguía, o no importandoles.
Luego de un rodeo de quince minutos, se detuvo en las inmediaciones de la manzana de las luces, Timoteo le dijo al taxista que siguiera de largo y doblara en la primera esquina, y al pasar frente a ellos, nos agachamos para no ser vistos, o al menos pretender no ser vistos, pues yo no quería decirlo, pero a esta altura de los acontecimientos, era más que evidente que ibamos de cabeza a una trampa.
Cuando pagamos el viaje y nos disponíamos a bajar, el taxista no pudo con su genio y preguntó: -¿se puede saber que está pasando?
Se me ocurrió hacerme el gracioso y contestar: -nada grave, estamos desbaratando una banda que quiere apoderarse del mundo resucitando el cadavaer de Hitler.
Al tipo no pareció causarle la menor gracia, Timoteo le acercó un billete de cien y le dijo: -esto es para vos, pero aquí no ha pasado nada, ¿de acuerdo?
-seré una tumba señor.
Y se fué.
Yo me asomé por la esquina siguiendo las indicaciones por señas de mi amigo, justo para ver como Zorbich y su presunta media naranja, entraban por una de las puertas del histórico y antiguo edificio de la manzana de las luces.
Zorbich cerró la puerta, no sin antes hacer un ademán, ya payasesco, de asegurarse que no los seguía nadie.
Apuramos el paso y llegamos a la puerta, que estaba cerrada, Keller insitía en dilatar el desenlace.
Timoteo sacó una llve maestra y abrió con facilidad, entramos y cerré la puerta a nuestras espaldas, nos encontramos en un pasillo largo y ancho de techo circular, casi oscuro por completo, a escepción de una luz natural que salía de otra puerta a unos 50 metros, y que iluminaba tenuemente la segunda mitad del pasillo. hacia allí nos dirigimos.
Al entrar, estábamos en un amplio salón iluminado por la luz del sol, que entraba de lleno por unos ventanales en lo alto, había varios muebles antiguos y una enorme biblioteca, en la que quise distraerme pero no podía, al lado de la cual, otra puerta estaba abierta, esta daba a una escalera que descendía a la oscuridad total, por lo que tomamos una antorcha que había a un costado pasando el umbral. La prendimos y bajamos.
Resultó ser más larga de lo que uno espera de cualquier escalera, a pesar de no conocerla, incluso llegó a parecer interminable, eso, sumado a que el aire se enrrarecía de humedad y encierro, logró tal vez asustarme un poco, pero enseguida mi amigo, que iba adelante con la antorcha, me recuperó de mi desidia con su característica y abasallante personalidad.
-dale Rubén, no te me vengas abajo justo ahora, eso es lo que quiere Keller, desmoralizarnos antes de llegar a la recta final.
miércoles, 26 de enero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario