Al otro día nos despertamos temprano y fuimos a desayunar a La Colonial, pedimos café con leche y medias lunas, Timoteo me confesó que, si bien él le era fiel al gallo pinto en la mañana, ultimamente se sentía un poco hastiado de aquel plato, y me hizo un repaso de los dos ó tres lugares en San José donde servían el mejor gallo pinto, lugares estos, que le había costado años detectar.
También me pasó el dato de media docena de lugares donde, ni por asomo, devería ocurrirseme pedir, ya no solo esa, sino ninguna comida. Le dije que no estaba en mis planes volver por un buen rato, pero llegado el caso, lo buscaría para refrescarme la memoria.
Después me habló de las tres o cuatro diferencias básicas, entre las empanadas ticas y las argentinas, que eso merecía un capítulo aparte, dijo.
- Para empezar nene, la empanada tica no es de harina de trigo, sino de maíz, eso ya lo sabés, y es estríctamente frita. Las diferencias más sutiles están en los rellenos, las ticas tienen cuatro sabores básicos, de papa con picadillo de carne, o de frijol, o de frijol con queso, o de pollo, muy pocas veces de carne, pero en ese caso es de carne en hebras, nunca carne picada. También está la opción de la empanada arreglada con repollo blanco, mejor si este está bien rallado, a la que además se le agregan salsa de tomate y mayonesa, salsa inglesa, tabasco, en fin...
Una cosa llevó a la otra, y siguió la charla hablando de mujeres.
-Escuchame lo que te digo nene, la mujer tica está cada vez más globalizada, vive a la moda, sobre todo en San José, se ha mimetizado con la mujer global, esa que es igual en todos lados. Pero a mi, ¿que querés que te diga?, a mi me gusta el proletariado, me gusta la mina popular ¿viste?, la tica bien tica.
Mientras el padre tiempos desgranaba sus soliloquios de erudito, yo miraba por la ventana las calles del centro de Buenos Aires, escenario del perrerío más infernal que cualquier hombre pueda soñar jamás.
Al medio día fuimos a Guerrín a comer pizza y tomar vino, Timoteo me hizo llevarlo cuando le dije que hasta allí había seguido a Zorbich la primera noche.
No sé si lo mencioné, pero la pizzería Guerrín es el reducto de la fauna más freeck de Buenos Aires, lo cual ya es mucho, pero mucho decir.
Mi amigo sugirió, y no pude sino estar de acuerdo, abocarnos al asunto que nos preocupaba, que no era menor, pues como ya sabemos, Keller Zorbich estaba vivo en algún lugar y tramaba el tan mentado, y nunca bien ponderado, fin del mundo.
Dijo que a partir de ese momento, lo mejor sería estar constantemente en contácto, entonces intercambiamos los numeros de celulares, y me propuso, dada la gravedad del asunto, ponerle al mío el mismo ring tone que tenía él para el suyo, le hize una llamada pedida para saber de que se trataba, y al sonar su celular, una voz urgente se hacía escuchar diciendo: -¡¡¡atendeme hijo de puta, ¿estás ahí?!!!
Nunca me llevé bien con todos estos adelantos tecnológicos, pero me hizo destornillar de la risa y adopté su ring tone.
Al pedir el segundo litro de tinto de la casa, nos habíamos olvidado de Zorbich y nos dedicabamos a divagar sobre poétas y pintores.
Timoteo insistía en defenestrar a Juan Gelman y Guillermo Kuitca, yo en defenderlos.
Después recitó de memoria un poéma de Jorge Bocanera, según dijo, del libro "sordomuda". El poéma no estaba nada mal.
Al anochecer salimos de Gerrín y nos fuimos de bar en bar recorriendo la ciudad hasta llegar a La Boca. El alba muy nublada nos encontró en el puerto, debajo del puente de hierro, cerca de la calle caminito.
Hicimos silencio por espacio de una media hora apróximadamente. De repente el padre tiempos rompió aquel silencio, y levantando los puños al cielo gritó: -¡Zorbich, hijo de puta, vengo a por tu alma!
Y de repente un trueno, seguido de un rayo, seguido a su vez de una tormenta que duró todo ese día, irrumpió en la ciudad de Buenos Aires, escenario involuntario de la batalla que decidiría, tal vez, el destino de la raza humana sobre la tierra.
Nos fuimos al hotel, cuando llegamos a la puerta de su habitación le pedí que me mostrara la pierna y accedió, lo que pude ver me dejó perplejo, de aquel aparato centellaban unas luces de colores brillantes y emitía un ruidito simpático, Timoteo sonreía complacido y la acariciaba diciendo: este es el secreto mejor guardado de la tecnología cubana nene, Fidel me encargó personalmente que lo pruebe.
Después nos fuimos a dormir.
Al otro día desayunamos tafirol y té con limón, por la tarde me fuí a verla a Tatiana, llovía y no se podía estar en la calle buscando a Zorbich ni a nadie.
Después de hacer el amor como pocas veces en la vida con ella, nos quedamos tendidos, ella se durmió y yo miraba el techo, me puse a pensar, si acaso Tatiana o cualquier otra persona, podría dormir con aquella paz si supiera del peligro que nos hacechaba. Después me dormí yo.
Tuve un sueño, no se si calificarlo de extraño, o de sumamente extraño, me inclino por lo último.
Soñe que Paul Mc carney aparecía en una propaganda de televisión, hablando sobre su campaña en contra de la industria vacuna y el consumo irrestricto de carne, decía que la mejor manera de mantener vivo el recuerdo de su difunta Linda era concientizandonos a todos sobre estos temas, sobre la toxicidad de aquella industria y sus nefastas consecuencias.
Según pude entender, el secreto está en los gases que emiten las vacas, ya que sus pedos en proporciones industriales, son incluso más malignos que los automóviles o los desodorantes, para la salud de nuestra atmósfera, valla, pensé dormido, seguro que no faltará el idiota que se ría con algo tan serio.
Desperté con la amarga sensación, de que si acaso las revelaciones de mi sueño fueran ciertas, las pobres vacas y sus pedos serían tal vez más peligrosas que Zorbich y su ejército clonado y robótico, en tal caso, todo lo que aquí se cuenta no sería más que un oportunista relato, en busca de lectores ingenuos, y que utilizando el recurso tan en boga de la caza de nazis, pasa por alto problemas ecológicos profundos.
Luego pensé en lo ridículo de la post-modernidad.
En el advenimiento de la Hipermodernidad.
En como se confunden tanto las cosas llegado cierto punto.
En Timoteo Sarduy.
En Keller Zorbich.
En la pobre y difunta Linda Mc carney.
En Estrella.
En Tatiana, con ese hermoso culo a mi lado, reposando ajena a todo esto.
En el futuro.
En otros planetas.
Pensé incluso, en no pensar, en que tal vez lo único que necesitaba era caminar por la ciudad oscura y fría para apaciguar mi mente.
Luego tomé a Tatiana por la cintura y le descerrajé el culo y la concha a pijazos, ella se despertó y se regó incontables veces.
lunes, 24 de enero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario