miércoles, 26 de enero de 2011

capítulo treinta y cuatro

Finalmente logramos descender toda la escalera, un pasillo muy estrecho y bajo se exendió ante nosotros, al parecer habíamos descendido al mismo infierno, ¿cuanto tiempo estuvimos allí? imposible decirlo con presición, yo calculé tres horas, pero pudo ser más, o tal vez solo una.
Poniendome un poco literario, podría decir: "Las paredes sudaban un hedor húmedo de siglos, que era la más fiel representación de la maldad y el tiempo, el alma de aquella gigantezca ciudad se materializaba en ese sudor, tan repulsivo y sutil, como inexplicable, por la imposibilidad de poder compararlo con algo conocido, o a través de vacuas metáforas"
O si no: "Tal vez sí había una forma de metaforizar o describir aquella perfidia, ese aroma malévolo, pues podría decirse que toda la sangre derramada por siglos, se había filtrado por las paredes, depurandose así a través de la tierra, para venir a concentrarse allí abajo, mezclandose con el inconsciente colectivo de las peóres conciencias, con esa fuerza psíquica, casi eléctrica, que emana de las mentes, un perfume concentrado, un extrácto con el cual se embadurnarían el mismo satanás, el conde Drácula, o Lucrecia Borgia y Cruella D´evill, para una fiesta de gala"
O si no de esta manera: "Asquerosas y gigantezcas ratas huían ante la visión del fuego de la antorcha, y alguna bandada de murciélagos sobrevoló nuestras cabezas, forzándonos a agacharnos, e inclusive pegar un manotazo a alguno, para evitar ser mordidos, además de tropezar de vez en cuando con cráneos humanos, todo lo cual no hizo más que inspirar, en el ánimo ya crispado de mi amigo, una tupida colección de improperios, por no decir puteadas, ya que al parecer, sus conjuros de guerrero brujo no tenían efécto en esa tumba".
Podría decirlo de ese modo si me pusiera literario, y a pesar de toda esa parafernalia barroca de la que me burlo, no encontraría mejor forma de describir aquel lugar, por donde perseguíamos a Keller y su guardaespaldas, confieso que en algunos momentos creí enloquecer, sobre todo cuando, después de un largo trecho en un tramo del camino, el tunel se bifurcaba, y de no haber sido porque, a lo lejos y a último momento, veíamos la antorcha de nuestros enemigos iluminarse o torcer por una curva, o por la confianza ciega de mi guía, en su razón e intuición, entonces no estaría contandoles esto, pues más que seguro sería yo uno de esos cráneos ahí abajo.
Con el último aliento logramos ver la luz del sol al final del túnel, más o menos a una cuadra de distancia, desesperados corrimos hacia aquel milagro, y para nuestra sorpresa, salimos a un paraje de la costa del río.

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